Hawelka el viejo ha muerto

Cafe Kultur
La cultura del café, fundamental en Viena. El café de Schönbrunn (A.V.D.)

 

30 de Diciembre.- Una de las cosas curiosas de Viena es que, siendo una gran capital, tiene muchos rasgos de pueblo.

Quizá porque, como le pasaba al Madrid de antes de la guerra civil,  no ha alcanzado el tamaño suficiente para sufrir la despersonalización que distingue a las grandes urbes.

Uno de estos rasgos pueblerinos es que hay determinadas personas a las que todo el mundo conoce –y a las que todo el mundo conocería aunque no hubieran salido en la televisión- generalmente porque regentan un negocio de cara al público que, por lo que sea, es punto de encuentro de la población.

Esto es lo que pasaba con el matrimonio Hawelka (Leopold y Josefine) fundadores de la dinastía que ha regentado el conocidísimo café Leopold Hawelka desde 1939. Ayer, a la edad de 100 años (los hizo en abril) murió Hawelka el viejo, que había sobrevivido a Hawelka la vieja, su mujer, seis años (la señora falleció en 2005, a los 91, de una crisis de agotamiento).

Que conste, que los apodos no se los he puesto yo, sino que todo el mundo los conocía por estos nombres por lo menos desde que Georg Danzer los sacó en su canción Jö Schau (en el video, se puede ver a Hawelka y su mujer, por cierto), más conocida por su estribillo que habla de un tipo desnudo en el Café Hawelka “Jö Schau, sowas an, Jesus na, was macht a nacketer im Hawelka” (más o menos, “Mira eso, Jesús, ¿Qué hace un tipo desnudo en el Hawelka?”.

La biografía de Hawelka el viejo o, como le llamarían en muchos sitios de España, “el Tío Hawelka”, es inseparable de la historia de su café.

Nacido en abril de 1911 (era de la quinta de mi abuela María),  hijo de un zapatero, Hawelka se mudó a Viena en 1925, a los catorce años, en donde se colocó de aprendiz de camarero. Poco más tarde, conoció a Josefine Hawelka, que era también del oficio, y se casó con ella en 1936. En ese año arrendaron el Café Alt Wien, en la Bäckerstrasse, hasta que reunieron el dinero suficiente para comprar, en 1939, el actual café Leopold Hawelka.

Anteriormente, el café se llamaba “Chatham” y, a causa de sus reservados, en donde las parejas podían hacer sus cositas discretamente, era conocido por los vieneses como “Je t´aime”.

Cuando los Hawelka abrieron su café corrían malos tiempos. Austria había sido absorbida por Alemania y, en el mismo 1939, estalló la guerra general.  Hawelka el viejo fue llamado a filas, y su santa quedó a cargo del local durante los seis años que duró la contienda.

Leopold tuvo suerte de volver vivo (y entero) del frente y también fue afortunado en otro aspecto: mientras toda la zona en que se hallaba su café había sido fuertemente bombardeada y se encontraba en ruinas, el Hawelka presentaba más o menos el aspecto que tiene en la actualidad (al viejo Hawelka, como a todo buen vienés, le salían ronchas cada vez que alguien le proponía hacer un cambio en su café). Durante la posguerra, el café Hawelka se convirtió en un lugar en donde calentarse y permanecer mucho tiempo a salvo de las inclemencias del tiempo. Y así, pronto, el Hawelka se convirtió en punto de encuentro de artistas e intelectuales (dos clases de personas que, entonces como ahora, andaban siempre necesitados de sitios calientes en donde los precios se adapten a unos ingresos escasos).

La nómina de clientes del Hawelka representa la crema de la intelectualidad vienesa de la segunda mitad del siglo XX. Hundertwasser, Helmut Qualtinger, Falco –al que le encantaba el local-,o el pintor Fuchs.

Tanta felicidad sólo se vio empañada cuando el viejo Hawelka se jubiló y se planteó el siempre espinoso conflicto sucesorio. Como todas las familias reales, la dinastía Hawelka parece ser bastante machista y, si bien hubiera debido ser Herta, la hija, la siguiente propietaria del café, Hawelka el viejo decidió entregarle las riendas del café a su hijo Gunther. Una decisión que estuvo a punto de dividir a la familia.

Hoy, las aguas han vuelto a su cauce más o menos. Herta vendió su parte del negocio familiar y se dedicó a velar por el bienestar de su anciano padre. El siguiente relevo ya está preparado. Gunther quien, en la actualidad, ya tiene setenta y dos añazos, va delegando cada vez más el café en su hijo Amir, un treintagenario al que casi le dio un alipori cuando el Gobierno austriaco prohibió fumar en los locales del tamaño del recogido café Leopold Hawelka.

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