Las cartitas de Amparo, la bruja

munchen 27-29102006 217
En tiempos de crisis, el buitre que no corre, vuela (A.V.D.)

 

14 de Marzo.- Querida Ainara: el viernes pasado, como todos los días, estuve hablando por teléfono con tu abuela. Estas conversaciones, junto con la lectura atenta de la prensa, y alguna que otra excursión por la (infame) televisión del país en que nací, me sirven de ancla al día a día de España.

La otra tarde, me contaba tu abuela que, cuando se aburre, le gusta ver a una vidente de esas que tienen su chiringuito en los canales de la TDT. Yo ya conocía el sistema de cuando vivía en España. Una señora echa las cartas y va dando paso a llamadas de atribulados clientes a los que les carga casi dos euros (300 pesetazas de entonces) por cada minuto de consulta.

La novedad es que, ahora, como escasean los ingresos en la mayoría de los hogares aquejados de preocupación, al lado de la tocada por la gracia divina hay una tiparraca que anima a llamar a los indecisos, al grito de “vamos, llamadla, que está sola ¿No veis que no hay nadie? Vais a entrar inmediatamente” (aclaro que, el tiempo de espera, también se cobra a dos euros el minuto, aunque uno esté escuchando música de ascensor).

Pues bien: llama una señora a la vidente (pongamos que la bruja se llama Amparo):

Mira Amparo, que te llamo porque tengo problemas…-baja algo la voz- económicos.

Contesta la vidente con muchísima frescura (pero, a la vez, con conmiseración):

Ay, reina, así estamos todas. Vamos a ver qué te dicen las cartitas. Cuando corte, piensa en tu problema. Hala, ya.

Cambio de plano. La vidente despliega los arcanos del tarot sobre un tapete verde.

¿Cómo te llamas, cariño?

Pepi.

Mira, Pepi, mi amor, las cartitas le están diciendo a Amparo que tú tienes problemas de dinero pero que, de momento, vas pudiendo pagar. Que te tienes que animar, ¿Eh, cariño?

Ay, Amparo, pero es que estoy ya desesperadísima.

Pero, Pepi, tesoro, yo aquí veo que tú vas haciendo frente a tus deudas y que no estás tan mal.

Pero, Amparo, si cobro cuatrocientos euros al mes ¿Cómo voy a tener para pagar? –ante esta afirmación, Amparo no movió ni una ceja y siguió recomendándole a la pobre de solemnidad que le pusiera buena cara a los churrascos tormentosos.

Haciendo cuentas, tu abuela y yo calculamos que, entre el cuarto de hora de espera y el vistazo que Amparo le había echado a los arcanos, la pobre señora se había gastado unos cuarenta euros para una pregunta que yo, Ainara, podría haberle resuelto en minutos dos (y gratis) ¡Cuarenta eurazos! Nada menos que el diez por ciento de sus ingresos mensuales.

Amparo, por supuesto, ufana.

Como internet es así, el mismo día había yo recibido sendas ofertas en las que otros dos “Amparos” se ofrecían a remediar todas mis cuitas económicas mediante negocios millonarios, facilísimos, que no iban a representar para mí más riesgo que el de luxarme la falange de un dedo cuando apretase la tecla correspondiente del ordenador.

Últimamente, es la moda.

Agotado el exhausto mercado interior, los comerciales a comisión miserable se han lanzado a hincarle el diente a los que le damos a la tecla desde otros países.

Cuento los casos por si sirven de escarmiento para otros: un timador profesional, armado con la jerga cansina que utilizan las teletiendas para cazar incautos, intentaba venderme un software para fabricar libros electrónicos que cualquiera puede descargarse gratis.

Otro, me proponía contar con mi propio número con prefijo español (!) para que mis amistades me pudieran llamar a razón de 35 euros al mes.

Al primero, le contesté explicándole, lo más educadamente que supe, lo que pensaba de las personas que se aprovechan de la crisis para chuparles la sangre a los necesitados.

El segundo aún no ha recibido respuesta –ni creo que la reciba- pero habría que explicarle las ventajas de internet para según qué comunicaciones.

Moraleja: en los tiempos de crisis, Ainara, florece la picaresca. Parece como si la mitad del mundo estuviera intentando por todos los medios timar a la otra mitad. Sólo las personas que, durante los tiempos de bonanza, se han molestado en formarse y en aprender lo necesario para que no les den gato por liebre, están protegidos de los listos y las listas (por no llamarles cabrones y cabronas) que, como hienas, se lanzan a aprovecharse de la necesidad y la ingenuidad ajenas.

Aprende, Ainara. Aprende todo lo que puedas. Para ponerselo difícil a quienes te quieran engañar.

Besos de tu tío

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Un comentario a Las cartitas de Amparo, la bruja

  1. amelche. dice:

    Que no, Paco, que no. Que la señora no piensa pagar la factura del teléfono y por eso, mientras le cortan o no el suministro, aprovecha para llamar a la bruja Amparo.

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