Negros en peligro de extinción

Amarillo y negro
Amarillo y negro, los colores del Imperio (A.V.D.)

26 de Abril.- Una de las peculiaridades de la manera de hablar austriaca a las que el extranjero tarda más en acostumbrarse, es el uso común de referirse a los partidos políticos por los colores que constituyen su “imagen de marca”.

A un oido español, le suena muy duro oir referirse a los socialistas como “los rojos” pero aún más chocante resulta escuchar que los conservadores no son azules como en España, sino que son “negros” (esta asociación color-partido hunde sus raíces en aquellos tiempos en que había emperadores y la bandera de este país era amarilla y negra, como el culete de la abeja Maya). En Austria, los azules son la ultraderecha (por decisión personal, si no recuerdo mal, de Jörg Haider, que decidió que había que cambiar el marrón tradicional –marrón, y no es casualidad, como las camisas del partido nazi– por un azul que sacara al partido aquí llamado “liberal” (amárrame esos pavos) de las cavernas de la marginalidad.

El cambio surtió su efecto y este fin de semana se ha sabido que la ultraderecha está, ahora mismo, en primer lugar de intención de voto. Concretamente, a un punto por delante de los socialistas (bajo mi punto de vista, ese punto pueden ser varios).

Este hecho tiene a todos aquellos que se ocupan de la política austriaca bastante preocupados. La ultraderecha, como en el caso de Francia, ha subido a costa de los votos del Partido Conservador,  cuyas espectativas, entretanto, se están deteriorando rapidamente según pasan las semanas. No hay que ser muy listo para darse cuenta de que, en las próximas elecciones generales, el equilibrio que ha mantenido este país pacífico y gobernable desde el final de la Guerra Mundial (con el breve paréntesis del Haiderismo) puede romperse con consecuencias imprevisibles.

O no tanto. Los politólogos ponen de ejemplo el caso de la Italia de finales del siglo pasado. También Italia era un país cuya alta política estaba fraccionada en un partido socialdemócrata (cuyo último líder reseñable fue Bettino Craxi) y una fuerza demócrata cristiana, cuyo espinazo ideológico era el catolicismo. Quebró la socialdemocracia, la gente le empezó a hacer a la Iglesia el caso que todos sabemos y ¿Qué llegó? Berlusconi, sus liftings y las niñas disfrazadas de monja o de colegiala (según) que se le sentaban en las rodillas al llamado Cavaliere. Beneficioso todo ello para el consumo per cápita de Viagra, pero catastrófico para la salud de la democracia italiana, estaremos todos de acuerdo.

¿Puede la política austriaca estar incubando en su seno un Berlusconi? En otras palabras ¿El sistema político austriaco está tan podrido como para que se pueda instalar en este país el clima de impunidad que convirtió la península itálica en la House of Touch me Rock? O, aún más inquietante, en el caso de que las dos primeras preguntas tuvieran una respuesta afirmativa ¿Están aún a tiempo los políticos “ortodoxos” austriacos de parar la avalancha de un caudillo populista? (la experiencia ha demostrado que este tipo de político suele ser catastrófico a medio y largo plazo, en tanto que imprevisible). Lo cual nos lleva a preguntarnos también ¿Conseguirán los negros salvarse de la extinción?

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Un comentario a Negros en peligro de extinción

  1. Gonzalo dice:

    El uso de las encuestas como vía de movilización tiene su efectividad. Si los partidos tradicionales no tienen más ideas, siempre pueden agitar la bandera del «‘¡que viene la ultraderecha!» para reclamar el voto del miedo. Austria malamente puede aproximarse al escenario de 2000 que conllevó las sanciones de la UE y el bochorno internacional. Y no creo que Strache busque incondicionalmente la Cancillería si sale el más votado (aunque de facto recibiría del Presidente de la República el encargo de formar gobierno), porque en el tejido socio-político austriaco se pueden acaparar parcelas ingentes de poder siendo llave de gobierno, como se ha demostrado durante las dos coaliciones rojinegras consecutivas. Con ese porcentaje de votos, aunque finalmente haya movilización socialdemocráta, se podría permitir el lujo de no tocar metal de gobierno y mandar más que nadie.

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