La lección del hombre que no tenía calzoncillos

El vellocino en calzoncillos
A.V.D.

 

Hay pocas cosas en la vida que sean verdades incontrovertibles, verdades a las que siempre te puedas agarrar en cualquier circunstancia, buena o mala. Hoy, hablaremos de una de esas.

14 de Noviembre.- Querida Ainara (*): quizá algún día tengas, como yo, la sensación de que esta vida es como una fiesta.

Abres los ojos en medio de un salón lleno de gente. Tú sonríes, con tu copa en la mano, e intentas tratar a los invitados lo mejor posible. Unos vienen, otros van. Unos se quedan contigo todo el rato. Otros, te tiran la copa encima y se marchan. Hay invitados con los que no hay manera de hablar de otra cosa que no sea del tiempo. Hay otros, en cambio, a los que les contarías tu vida entera con pelos y señales. Esas cosas que sólo se pueden decir en una habitación a oscuras, cuando uno se hace la ilusión de que está hablando consigo mismo.

Hay invitados de la fiesta de los que uno huye, e invitados que pasan de ti y a los que, por lo mismo, extrañamente, no te cansarías de escuchar. Hay pausas durante las cuales te quedas pensativo y, sin saber por qué, echas de menos a alguien, solo para darte cuenta de que ya no está. Y, de pronto, esa persona ausente te viene a la memoria por un detalle tonto, quizá el menos importante, quizá el más simbólico.

Hoy, pensando en lo que te escribiría, en uno de esos cortocircuitos mentales, me he acordado de una persona que me acompañó durante unos años. Apenas puedo recordar su cara, pero sí que tenía por costumbre no usar calzoncillos.

Una pequeñez como otra cualquiera.

Esta persona y yo tuvimos una amistad que se basaba en que yo admiraba su inteligencia (o lo que a mí me parecía que era inteligencia) y él se dejaba admirar (la verdad es que, con el tiempo, he llegado a la conclusión de que eramos amigos también porque yo era una de las pocas personas de nuestro entorno capaces de llevar con paciencia su temperamento, que era a veces muy frontero con la mala educación).

Un día, me acordaré siempre, subiendo al metro en Sol (la estación de Madrid con el nombre más bonito) este hombre al que conocí me preguntó:

-Si pudieras, qué pedirías ¿Inteligencia o belleza?

Sin dudarlo, contesté lo que aún hoy contestaría una y mil veces: inteligencia.

Me sucede, Ainara, que tengo por norma buscar a mis amigos entre gente que yo considero que es mejor que yo.

Por si se me pega algo, mayormente.

Y no concibo más placer que el de quedarme callado (yo, que hablo tanto) escuchando a mis amigos mientras hablan de cosas que yo no dominaré jamás. Cuanto más ajeno me sea el tema, muchísimo mejor. De coches, que para mí son un misterio, de ingenierías, de complicados programas informáticos, de hechos históricos con los que ellos están familiarizados, de montañas que yo nunca escalaré porque me da miedo la altura.

Este amigo mío, sin embargo, debía de sentirse sobrado de perspicacia porque afirmó sin dudar que, de poder, él pediría belleza.

En mi opinión, Ainara, la inteligencia es mucho más importante que cualquier otra cosa. Incluido el dinero. Es más: te diría que la mayoría de las personas que he conocido que tenían una cuenta corriente jugosa eran, por lo general, y aunque suene contradictorio, personas poco inteligentes, porque son incapaces de llevar una vida medianamente agradable ni hacérsela llevar a las personas que tienen alrededor. Por no hablar de que, por lo general, tienen una conversación desesperante.

La inteligencia, además, es la fuerza que nos decanta y nos une. Tu pareja será, normalmente, de parecida inteligencia a la tuya. Lo contrario sería una tortura a medio plazo para la parte más favorecida y la pareja se rompería. Lo mismo sucederá con tus amigos. En esos días, Ainara, en que me siento pequeño, en que me parece que no aprendo todo lo que debería, que no aprovecho al máximo lo que Dios me ha dado, me consuela ponderar la calidad de las personas que, con su amistad, traen a mi vida la reflexión inteligente, una visión de las cosas más aguda que la mía.

Procura rodearte siempre de gente lista, que no te importe reconocer en los demás cabezas mejores que la tuya. Sólo la inteligencia hace que la vida merezca la pena vivirse, ser gustada, apreciada en todos sus matices.

Para ser feliz, ten siempre presente esta receta: procura aprender de gente mejor que tú.

Besos de tu tío,

 (*) Ainara es la sobrina del autor

 

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6 Responses to La lección del hombre que no tenía calzoncillos

  1. v dice:

    Y la bondad, ¿qué?

  2. Berto dice:

    A tu tío se le olvidó decir «contrátalas».

    PD: Paco, la culpa es tuya de que salga esto en el facebook y lo pueda leer desde el «aifón» en cualquier sitio…

  3. Bad Vöslauer dice:

    De todo se aprende y todo se pega menos la hermosura, que dicen los dichos castizos. La belleza es pasajera y la inteligencia permanece, habría que preguntarle por qué elegiría belleza, no hay peor cosa que ver alguien atractivo y que según dice hola ya sabes que es la última palabra que intercambiarías con el/ella.Te veo convertido en una nueva estrella mediática, has considerado la posibilidad de contratar a un Media Manager??. Ya ha empezado la época del punsch y el Christmarkt en la Rathausplatz??.Grüßen.

    • Paco Bernal dice:

      Hola Bad Vöslauer! ESte fin de semana empieza el punsch y los mercadillos. El abeto de la plaza ya está puesto. En cuanto a los medios, es una cosa que pasará. El Media Manager se quedará sin trabajo en cuanto pase el sarampión de los camareros austriacos 🙂

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