Ernst Strasser y los lobbystas granujas

Soldados
Algunos indicios anuncian el fin del sistema. Soldados de la Monarquía posando para una foto de grupo (A.V.D.)

Si la semana pasada la vida procesal vienesa garantizaba emociones fuertes gracias al juicio contra Estíbaliz C., ayer empezó un proceso con no menos morbo: el exministro del interior austrico Ernst Strasser (reciclado en ex eurodiputado) se sienta en el banquillo acusado de haber intentado vender su voto en el parlamento europeo por cienmil machacantes.

Su defensa es tirando a rarita, pero quién sabe: igual tiene suerte.

27 de Noviembre.- Las lavadoras, según dicta la experiencia del sufrido amo de casa, se estropean por los depósitos de cal que terminan volviéndolas inútiles.

Del mismo modo, los sistemas políticos se van a la porra porque, en sus arterias, se van asentando burócratas, los cuales terminan por dar al traste con su eficacia.

Los ejemplos son múltiples y el observador perspicaz puede encontrarlos en todos los momentos de la Historia. Cerca del momento en que un sistema político hace chimpún, siempre es detectable la existencia de una casta (cuanto más endogámica peor) de personas que, como viven del statu quo, trabajan para su perpetuación. La Alemania comunista es un ejemplo claro; los últimos años del reinado del emperador Francisco José, otro. Lo peor de todo esto es que muchos indicios hacen pensar que, con la Unión Europea, esté sucediendo lo mismo.

La semana pasada, los tribunales vienes hirvieron de flashes por la presencia en sus salas de Estíbaliz C., una desequilibrada que fue juzgada por haberse cepillado a dos de sus parejas sentimentales.

Esta semana, sin embargo, se está desarrollando otro juicio que no le va a la zaga en morbo (por lo menos en Austria).

Se juzga a Ernst Strasser (ÖVP) exministro del interior de EPR (Esta Pequeña República) y exparlamentario europeo. El tribunal intenta dilucidar (aunque la verdad, está ya muy dilucidada) qué responsabilidad le toca a Herr Strasser en un asunto feo feo feo y sucio sucio sucio, en el que, si se confirman las sospechas, cayó por bobo y, sobre todo, por codicioso.

En 2010, un grupo de periodistas ingleses adscrito al The Sunday Times contactó con sesenta eurodiputados haciéndose pasar por representantes de una gran corporación. Les ofrecieron pagarles a cambio de cambiar el sentido de su voto en referencia a unas directivas que regularían el sector financiero europeo y la protección a los accionistas. Sólo respondieron tres: Adrian Severin (del Partido Socialista Rumano), Zoran Thaler (de la Socialdemocracia eslovena) y nuestro amigo, Ernst Strasser, del Partido Popular austriaco.

Pasada la fase que podríamos llamar “de captación”, los periodistas acordaron encuentros con los eurodiputados en cuestión. Con Strasser, seis, en concreto. Le explicaron que pertenecían a una gran empresa americana y que, a cambio de “sus servicios”, le ofrecían un “sueldo” anual de 100.000 euros. Mientras lo hacían, una de las personas, llamadas “lobbystas” (por pertenecer a un lobby o grupo de presión) estaba grabando a Strasser con una cámara oculta.

Strasser, en ese macarrónico inglés centroeuropeo que tan entrañable nos resulta a los que, de vez en cuando, hemos tenido que padecerlo, se mostraba totalmente favorable al trato y, cuando escuchó lo de los cienmil machacantes, se le alegraron obviamente las pajarillas. Tan contento se puso que, tras los primeros encuentros, se dedicó a instruir a sus subordinados para que reunieran información sobre otros dos colegas austriacos (Sr. Othmar Karas y Sra. Hella Ranner) al objeto de poder (siempre presuntamente) presionarles para que cambiaran el sentido de su voto de acuerdo con los deseos de sus pagadores. No lo consiguió, por cierto.

En 2011, el equipo de The Sunday Times divulgó las imágenes y estalló, obviamente, el escándalo. Strasser se defendió (y se defiende) de dos maneras: una, diciendo que, a pesar de lo que dicen las imágenes publicadas, él ni recibió dinero (hubiera estado bueno) ni hizo nada de lo que le pedían sus pagadores y dos, que prolongó los encuentros hasta seis (pudo haber un séptimo, pero los periodistas pensaron que ya tenían bastante para sus fines) al objeto de desenmascarar a los tunantes. Porque ya se sabe que él es una persona de acrisolada honradez (en fin). En resumen, Strasser dice ser víctima de una treta del servicio secreto (!) que pretende eliminarle.

En el caso de que el tribunal vienés que le juzga no se creyera estas excusas, Herr Strasser podría ser condenado a pasar entre uno y diez años de prisión por haber aceptado sobornos.

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