El miedo al Krampus tiene cura (en serio)

Presencia de satanás
Los Krampus: conocerlos es amarlos (A.V.D.)

 

Si eres de esas personas a las que el Krampus les da miedito, estás de suerte. Según informa Die Presse, la terapeuta austriaca Dra. Hammerer ha encontrado la solución y se ha especializado en ayudar a las personas que no pueden ver a las criaturas demoníacas.

4 de Diciembre.- Cualquier pueblo de Austria. Primeros días de diciembre. Noche cerrada.

Una bulliciosa multitud se agolpa en la calle principal de la localidad. Niños ansiosos, adultos embargados con ese sadismo que a veces nos posee cuando hacemos sufrir a un niño con algo que a nosotros nos parece inofensivo. De pronto, se apagan todas las luces. Suena el O Fortuna de Carmina Burana a todo meter. La única luminosidad proviene de una horripilante procesión de monstruos equipados con antorchas. Una tropa de apariciones infernales. Criaturas peludas con caras cuyas horrorosas facciones acentúan las llamas movedizas. Llevan enormes cencerros a la espalda y van armados con sarmientos con los que azotan, preferentemente, a las mujeres.

Son los Krampus. Los niños se mean por la pata abajo, los adultos se descojonan (con perdón) y tratan de convencerles sin mucho éxito de que los krampus no hacen nada. Tras media hora larga de azotes, rugidos guturales, antorchas y diferentes juegos pirotécnicos, aparece un viejecito de luenga barba blanca el cual, ayudado por unos angelicos (generalmente niñas impúberes disfrazadas para la ocasión) an sometiendo a los krampus y los pasean, ya “desactivados” como si dijéramos, llevándolos por una cadena. Son los ángeles que acompañan al Nikolaus (o sea, a San Nicolás de Mira, vencedor de las potencias del averno).

El peligro de que el pueblo sea tomado por las fuerzas de la oscuridad ha sido conjurado.

Generalmente, a los adultos se les pasa el canguelo cuando cumplen los diez o doce años. Sin embargo, hay personas que no son capaces de olvidarse del macabro trauma de ver a los trasgos zurrándoles en el culete y, cuando llegan estas fechas, lo pasan fatal. ¿Lo pasan? No: lo pasaban. Porque los aquejados (generalmente aquejadas) de la fobia al Krampus, pueden acudir a un grupo de terapia que, en la bonita localidad alpina de Salzburgo la terapeuta Andrea Hammerer y sobre el cual informa el diario austriaco standard.

Las víctimas de esta fobia sufren de lo que se llama en alemán Erwartungsangst (algo así como miedo a la expectativa) que se puede traducir en un terror irracional a encontrarse con una tropa de krampus recorriendo las calles de su localidad. Las afectadas acumulan víveres en casa y procuran no abandonar su domicilio por no encontrarse, siquiera casualmente, con una procesión de los trasgos demoniacos. El pensamiento de que, al final, San Nicolás y sus ángeles siempre vencen, les chupa un pie a estas almas cándidas; las cuales experimentan ataques de ansiedad que tienen su raíz en el trauma sufrido en la infancia.

Contrastes
Parecen inofensivos, pero no: dos mozalbetes pensando en los traseros femeninos que van a azotar (A.V.D.)

Frau Hammerer, la terapeuta, les enseña técnicas para vencer la ansiedad que, a las fóbicas, les produce el solo pensamiento de hallarse en las cercanías de los seres surgidos del averno. Entre ellas, respirar hondo y contar hasta diez cuando se presenten los pensamientos desagradables. Y, si no hay más remedio que ir con la familia a una de estas bonitas tradiciones que hunden sus raíces en la noche de los tiempos, procurar contenerse, no gritar histéricamente (pues está comprobado que esta actitud excita, en nueve de cada diez casos, a los mozalbetes que se esconden tras el rostro de la bestia), lo mejor es tratar de conservar la calma y procurar, si se puede, asistir a celebraciones de este tipo que estén organizadas algo más civilizadamente. Esto es, en donde reine (cosa difícil en Austria, por cierto) la ley seca y en donde se sepa que se pega lo menos posible para que la tradición no pierda ese sano talante rural del que tanto se sabe en los pueblos de España. Ese que lleva a apedrear a los forasteros que le tiran los tejos a una chica del pueblo o a arrojar al pilón de la plaza al incauto urbanita que se toma un par de copas en la tasca municipal.

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