Perpetuum mobile

Alto contraste
A.V.D.

En el siglo XIX, la humanidad veía su futuro como un mundo salido de la imaginación de Julio Verne. La ciencia nos haría a todos felices. Cada avance científico parecía confirmar que el mundo perfecto estaba a la vuelta de la esquina. El mito que rige el mundo de hoy es el del crecimiento sostenido. Y, por lo que parece, no es más sensato que las fantasías del escritor francés.

Querida Ainara (*):uno de los mitos en los que vive nuestra civilización es el del progreso contínuo. Resulta sorprendente ver como, por ejemplo, a la hora de hacer aportaciones a ese nuevo género literario llamado “pronósticos sobre el comportamiento de la crisis” uno de los parámetros que se utiliza es el de “previsiones de crecimiento”.

Es fácil escuchar o leer tontadas como esta: “El llamado milagro alemán se desinfla. Este año, la economía teutona crecerá solo un uno por ciento”. Ese mito, el del crecimiento anual consante, caerá –vamos, ya ha caido- como cayó ese otro mito decimonónico de que, el progreso constante de la ciencia, terminaría por llevar a que las máquinas lo hiciesen todo y que los hombres estuviéramos todo el santo día a la sombra de los pinos tomando daikiris.

Pero la Humanidad no aprende, Ainara. Y es que ¿No ha sido acaso esa insensatez del crecimiento contínuo la que nos ha llevado donde estamos? Los ejecutivos de Lehman Brothers o de Fanny Mae (por cierto, vaya nombre para un banco) necesitaban justificar que habían trabajado más que el año anterior para que sus jefes les pagaran el correspondiente bonus, y así poder irse de vacaciones a las Maldivas. Por eso, cuando los pagadores buenos empezaron a escasear, dieron en conceder hipotecas a personas que –ellos lo sabían- no tenían donde caerse muertas. Y las llamaron –a las hipotecas- con un venenoso eufemismo: subprime (más o menos, las que están por debajo de la mejor clase) y luego, las trocearon y se las revendieron los unos a los otros, en un peloteo contínuo de un lado a otro del Atlántico. Cada año, esas montañas de basura financiera, esas torres de dinero aquejadas por la aluminosis, engordaban las estadísticas de crecimiento, y nos hacían vivir en la felicidad ficticia de pensar que éramos más ricos.

Del mismo modo, el deshielo de los polos, provocado por nuestro consumo irresponsable de los recursos, también está provocando (de una manera perversa) que las compañías petrolíferas puedan decir cada año que han crecido un poquito más, a costa de explotar pozos nuevos en las áreas que lo blanco ha dejado descubiertas.

El mito del crecimiento perpétuo, como la zanahoria delante de la estólida cabeza de los asnos, sostiene nuestro mundo. Al fin y al cabo, si sólo cambiáramos de teléfono móvil cuando el terminal viejo dejase de funcionar ¿De qué vivirían las compañías telefoneras? Sin embargo, el crecimiento contínuo se cae por su peso porque los recursos no son eternos y, algún día, por mucho que los procesos de obtención de energía se hagan cada vez más eficientes, tendremos que parar. Yo soy de la opinión de que ese momento está muy próximo, que la humanidad se encuentra frente a un punto de inflexión tan brutal como fue la primera guerra mundial, que terminó con más de un siglo de paz europea durante el cual el mundo parecía un mecanismo de relojería inmutable y eternamente estable.

Esta vez, el cambio será a escala global. Para bien o para mal. Para bien, si decidimos concentrar los recursos en aquellos campos que beneficien al común de los mortales. Para mal, si el proceso de cambio de paradigma no se lleva a cabo o se realiza de una manera caótica y cortoplacista.

De tu generación como máximo, Ainara, será la elección.

(*) Ainara es la sobrina del autor

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Un comentario a Perpetuum mobile

  1. Señor Negro dice:

    Totalmente de acuerdo. Algunas predicciones ya afirman que dentro de tan sólo 20 años sufriremos una grave escasez de petróleo a nivel mundial. Y si no lo recuerdo mal, ahora mismo los combustibles fósiles representan un 60% del consumo mundial de energía. Nos estamos acercando a un precipicio y la mayoría ejercemos de avestruces, prefiriendo que la fiesta continúe…

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