La importancia de llamarse Kevin

Nationalfeiertag
Un chavalín austriaco (A.V.D.)

¿Te llamas Lincoln Johnathan? ¿Tus padres decidieron hacerte la puñeta llamándote Rihana? Cómo nos llamamos, y cómo se llaman las personas resulta una herramienta imprescindible para ubicarlos en un contexto socioeconómico y cultural determinado.

 11 de Enero.-  Hace unos años, en 2009, la socióloga Julia Kube hizo un estudio cuyas conclusiones levantaron mucha polémica. Consultó, mediante una sencilla encuesta por internet, a personal docente y les pidió que le dijeran qué les sugerían determinados nombres con relación a los alumnos que los llevaban.

Resultó que las criaturas que se llamaban Charlotte, Sophie, Alexander o Maximilian, eran percibidas como más inteligentes y amables que aquellas a quienes cuyos padres habían llamado Chantal, Angelina, Kevin o Maurice.

Se criticó que Kube utilizara un método de investigación en apariencia tan poco riguroso como una encuesta online, pero de lo que a nadie le cupo la menor duda fue de que la socióloga había puesto el dedo en una llaga incómoda: el nombre dice muchas cosas no solo de nosotros, sino de nuestros padres.

El nombre de una persona nos sirve para muchas cosas y es una de las herramientas que utilizamos para orientarnos en ese mapa de sobreentendidos que es la sociedad.

Para utilizar ejemplos españoles: si un amigo nos habla de una novia que se llama Jimena, no nos haremos la misma idea de ella que si nuestra hija aparece en casa y nos dice que está enamorada hasta las cachas de un chico que se llame Tyson Alexander.

A la primera, la imaginaremos viviendo en un dúplex de una zona pija. Del segundo temeremos (quizá sin razón) que tenga contactos con un cartel colombiano de importación clandestina de cigarros de la risa.

En Austria, por ejemplo, podemos decir que el número de hombres llamados Adolf disminuyó drásticamente después del fin de la última guerra mundial, al mismo tiempo que cobraban mala fama los bigotitos escuetos; y nombres como Horst, Uta o Gudrun, de rancia raigambre germánica, son considerados como propios de personas nacidas en la década de los treinta. Y no sólo eso,  sino también como propios de una simpatía de sus padres por un determinado ideario poilítico.

La tendencia actual en Austria es a volver a nombres tradicionales, como Maximilian o Alexander para los chicos, o nombres neutros cuando no conservadores, como Anna, Sarah o Marie-theres para las niñas.

Los sociólogos explican esto porque, en tiempos de crisis, la clase media tiene miedo de perder su estatus. Lo cual, traducido a la cuestión que nos ocupa quiere decir que las Jimenas tienen miedo de descender en la escala social hasta convertirse en Jennifers o en Rihannas (sí, ya hay criaturas a las que sus padres han bautizado así) y, en Austria, los Maximilian y los Konstantin tienen miedo de que la fuerza imparable del futuro los convierta en Zacs o, peor para algunos austriacos, en Dragans o en Ahmeds.

En estas condiciones, ponerle nombre a un hijo es una manera de delimitar el territorio, una señal para los otros compañeros de estrato social. Un anclaje, en suma.

Por otro lado, un padre que, como David Beckam, tiene la ocurrencia de ponerle a su hijo un nombre chorra, pongamos Romeo, también dice mucho de lo que piensa que va a ser la vida de su hijo y de lo que su hijo es para él. Porque, ¿Qué pasaría con una persona normal que se viera obligada cada día de su vida a escribir en formularios, solicitudes, currículums, etcétera un nombre ridículo? Al final, su gracia terminaría siendo una carga. Una corriente contra la que nadar.

Está claro que Mr. Beckam y su santa, la impar Victoria, piensan que su hijo no tendrá que buscar jamás trabajo como los demás mortales y que tendrá la vida resuelta, bien por la pasta de sus progenitores o bien porque tendrá la posibilidad de pastar en otros prados que el resto de los que vivimos amenazados por el fantasma de la cola del INEM (o del AMS).

 Por cierto, quien quiera leer el arículo del Standard en el que está inspirado este post, no tiene más que pinchar aquí.

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