La odisea de las obras de arte vienesas durante la II Guerra Mundial (3)

Hipopótamo egipcio
Una de las obras del KHM de Viena (A.V.D.)

Nuestra historia entra en una fase decisiva. Las obras de arte de los museos vieneses, además de otras colecciones, corren el peligro de ser eliminadas para siempre.

9 de Marzo.- A partir de 1938, con la anexión, los nazis habían dividido Austria en unas unidades administrativas llamadas Gaus. Al frente de cada una de ellas pusieron a un Gauleiter. El de Viena, Baldur von Schirach, se hizo famoso (particularmente por los juicios de Nuremberg) pero los otros eran de la misma pasta que él. El que a nosotros nos interesa particularmente para la historia que estamos contando se llamó Adolf Eigruber y era el Gauleiter de la región de Oberdonau en donde estaba incluida la actual Salzburgo.

En los momentos finales de la guerra, el bicho de Eigruber está decidido a hacer volar por los aires las obras de arte almacenadas en las minas de sal.  O, lo que es lo mismo: “a evitar que los tesoros artísticos caigan en las manos de la judeidad internacional”. Para ello, ha colocado en las galerías ocho grandes cajas de madera con la leyenda “Cuidado, mármol, no golpear”. Dentro de cada caja hay una bomba americana sin explotar con quinientos kilos de explosivos.

A pesar de que esta acción debe ser secreta, por suerte, pronto transciende. Nuestro viejo amigo, el Doctor Pöchmuller se entera el día 13 de abril de 1945, por mediación de un tal Dr. Hummel. Hummel le dice también que Hitler ha ordenado que se cierren con explosivos las entradas a la mina de sal que sirve de almacén de obras de arte, pero no la destrucción de las obras de arte mismas. Eigruber quiere pasarse estas órdenes de Hitler por el forro de la gorra de plato. Pöchmuller siente desaparecer el suelo bajo sus pies y decide informar al personal encargado de la custodia de las obras de arte. Todos, se deciden a salvar las obras de arte.

Pöchmuller, junto con otros implicados en la cuestión (por ejemplo, el director del Kunsthistorisches Museum de Viena) se deciden a derogar la resolución de Eigruber. Intentan conseguirlo de manera “legal”, en plena confusión de directrices cruzadas, deciden actuar de acuerdo con las órdenes de Hitler y volar los accesos a la mina de sal para taponar las entradas,para evitar que los hombres de Eigruber puedan cumplir la orden de eliminación total de las obras de arte. Cuando Eigruber se entera, empieza una diabólica contra el tiempo: el jerarca nazi manda a su propio comando hacia Altaussee para asegurarse de que sus órdenes se cumplen. Los hombres de Eigruber son enviados a guardar las ocho cajas de explosivo. De conseguirlo, la tarea de salvar las obras de arte se hubiera hecho imposible.

Y en este momento, entra en juego una circunstancia que el malvado Eigruber no había previsto. Los mineros de sal, agotados, hambrientos, deciden ver lo que contienen las misteriosas cajas rotuladas como mármol. Indignados, encuentran el explosivo y pronto atan cabos.

La noticia de que los hombres de Eigruber están a punto de llegar corre como la pólvora. La dirección de la mina decide apartar a los trabajadores del peligro. Se desata la confusión. En medio de ella, el director de la mina, Högler, y los trabajadores, acuerdan evitar la voladura de las galerías con todos los medios a su alcance.

¿Cómo lo consiguieron? Lo veremos mañana en el apasionante cuarto y último capítulo de esta historia.

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