La fascinante historia de la familia Coudenhove-Kalergi (2)

30 de Marzo.- El destino tenía preparado un giro aún más sorprendente (si cabe) para la vida de la joven Mitsuko, de su novio, el diplomático austro-húngaro Heinrich Coudenhove-Kalergi y sus dos hijos de corta edad. En Centroeuropa, el padre de Heinrich murió (no he conseguido establecer cómo ¿Quizá de una larga enfermedad? ¿Quién sabe si repentinamente? ¿Murió del disgusto de saber que su hijo no pensaba volver a la casa de sus mayores?). Sea como fuere, lo cierto es que, después del funeral, el clan de los Coudenhove-Kalergi escuchó atónito la lectura del testamento del patriarca. El viejo conde Coudenhove-Kalergi no había dejado la mayor parte de sus bienes, como se suponía, a su hijo mayor, Heinrich, sino “al mayor de los hijos de su hijo” (en aquellos momentos un pequeño mestizo de austriaco y japonesa).

De una manera enormemente melodramática muy propia, si bien se mira, de aquel tiempo y de aquellas circunstancias, el aristócrata había intentado, desde el otro lado de la tumba, llamar a todo el mundo al órden.

La noticia llegó a Tokio varias semanas más tarde. Heinrich, obediente, no vio otra salida que un drástico cambio de vida. El mismo día de la llegada de la noticia de la muerte del patriarca, Mitsuko fue bautizada, confirmada y casada con su hasta entonces amante por el obispo católico de Tokio. Se le conservó su nombre japonés, pero su cambio de identidad se consumó cuando, junto a él, se añadió un muy germánico Maria Thekla. Heinrich abandonó el cuerpo diplomático y aquel Japón en el que había jurado quedarse para siempre, y volvió con su familia a Europa. Sin embargo, antes de abandonar el país del sol naciente, y como si el destino quisiera confirmar el aire fabuloso de toda esta historia, Mitsuko fue recibida por la mismísima emperatriz, la cual le deseó suerte en su nueva vida y le pidió que hiciera honor a su país natal.

La partida, por otra parte, pareció ablandar el corazón del suegro de Heinrich, el cual empezó a mandarle a sus nietos juguetes japoneses, kimonos para las niñas y libros ilustrados. En Europa, Mitsuko tuvo cinco hijos más de Heinrich y trató de hablar con ellos siempre en su lengua materna. Quizá para intentar protegerse de aquella Viena encorsetada que le resultaba ajena y agresiva. Nunca llegó a dominar el alemán y sus “japonesismos” divertían a todo el mundo. Sin embargo, Mitsuko era un producto del viejo Japón feudal. Se la había educado para mantenerse hermosa, para vivir férreamente ceñida a un protocolo que, en Europa, sólo ella conocía. Después de ocho partos, pesaba sólo cuarenta y ocho kilos y conservaba una cintura de avispa que era la envidia de sus contemporáneas. Con sus hijos, mantuvo siempre una actitud distante y, como sucedía en muchas familias de su época, los hizo educar por institutrices y diversa mano de obra mercenaria. Mitsuko, entretanto, se dedicaba a hacer delicadas labores de caligrafía oriental, a practicar el ikebana (arte floral japonés) y a tocar la mandolina. Flor delicada protegida dentro de las paredes de un frágil invernadero.

Sin embargo, en 1904 sucedió lo inesperado. Un golpe que destrozaría la vida de Mitsuko para siempre: Heinrich murió con solo cuarenta y seis años a consecuencia de un infarto. Su viuda tenía 27. Quizá como reacción ante la inseguridad que le provocó la muerte de la única persona en el mundo con la que se entendía, rodeada de personas extrañas que hablaban un idioma que apenas conocía y que tenían la costumbre, para ella obscena, de mostrar sus sentimientos, Mitsuko, antes sumisa y paciente, se transformó en una despótica arpía y empezó a gobernar con mano de hierro las posesiones de los Coudenhove-Kalergi. Temida por sus hijos, por los funcionarios imperiales, por los sirvientes, aprendió a mandar y a hacerse obedecer.

Contra el criterio de la familia, conservó el mando sobre las posesiones de los Coudenhove-Kalergi en Bohemia y organizó la educación de sus hijos, a los que envió a diferentes internados de Viena y al Theresianum, la escuela diplomática de la capital. Pronto todos se separaron de ella y emprendieron diferentes caminos. Sólo su hija Olga permaneció junto a ella y la cuidó hasta el final.

Todos los hijos de Mitsuko fueron personas sobresalientes, pero nos interesa sin duda uno de ellos el cual, quizá por haber conocido los rigores de la férula materna, fue durante toda su vida un infatigable trabajador por la paz.

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