Negocios en Austria: qué tal señor Puchades, muy bien señor Schmidt

una muñeca vestida de gitanaEn estos tiempos de crisis, Austria representa para los españoles una gran oportunidad. Sin embargo, es conveniente tener en cuenta algunas cosas a la hora de hacer negocios con los aborígenes. En este post, algunos consejillos.

 13 de Mayo.- Seamos realistas. La relación comercial entre Austria y España, quitando el sabroso sector de las frutas y verduras, es tirando a escasita. Sin embargo,  por lo mismo, Austria representa una gran oportunidad comercial. En muchos sectores, se trata de un mercado prácticamente virgen que pide, eso sí, que los empresarios españoles se adapten un pelín –tampoco mucho- a la idiosicrasia local (por cierto, se escribe idiosincraSia, con S de Sevilla, de Salsa y de Salmonete: cada vez que veo escrito idiosincraCia, como Democracia, me salen ronchas). Perdón por el desahogo. Sigo.

A mi entender, estas adaptaciones se centran, principalmente, en dos campos: el del protocolo y el puramente mercantil.

La puntualidad: un aspecto fundamental

En cuanto al protocolo, del que nos ocuparemos hoy, las diferencias empiezan incluso antes de que comience la reunión, continúan en el mismo saludo y siguen todo recto en la manera de comportarse o de vestirse.

¿Por qué antes de que empiece la reunión? Pues lo aclaro ipsofactamente: los austriacos son muy amantes, pero mucho mucho mucho, de la puntualidad. Tanto es así que aquí, en Austria, ser puntual consiste en llegar cinco minutos antes de la hora convenida (por lo menos).

Con esta puntualidad, se está mandando un mensaje: por un lado, que estamos muy interesados en que la relación comercial se establezca; por otro, que tenemos en alta estima el tiempo de la(s) persona(s) que nos van a recibir y tercero y no menos importante, que somos personas trabajadoras y fiables, las cuales, como dice el refrán austriaco, madrugan para recoger el oro que las mañanas traen en la boca. Y es que en este país madrugar tiene una prensa buenísima.

Así pues, queridos empresarios españoles, emprendedores de la piel de toro o asentados allende sus fronteras: por el amor de Dios, si les dicen a las ocho de la mañana –que puede ser que se lo digan- “presentensén” a las ocho menos cinco –y si es a menos diez, better what better, o sea, mejor que mejor-.

Saludos y despedidas

Capítulo saludos y despedidas. Las reglas no se diferencian demasiado de las que son de aplicación en cualquier otra situación laboral, pongamos una entrevista de trabajo. El español tiene que tener siempre muy presente que los contrarios son muchísimo, pero muchísimo más ceremoniosos que los españoles. Esto significa, por ejemplo que, sin ser pedante, tendrá que procurar extremar la nota en la educación. Si le reciben varias personas, como suele ser corriente, tras el saludo general dará la mano –siempre dará la mano– a todas las personas con las que se vaya a reunir. El procedimiento estándar es estrechar la mano contundentemente (tratando de que ninguna persona sufra lesiones de metacarpo, eso sí) y de manera rápida –piensen mis lectores en un taconazo militar para medir el tiempo-, también hay que procurar mirar a los ojos de la persona a la que se estrecha la mano y tratar de sonreir agradablemente, o sea, sin poner cara de panoli.

El contacto físico

Los españoles solemos ser bastante efusivos, por lo cual quizá sea conveniente advertir que, fuera del apretón (de manos), están mal vistos otros contactos físicos. Así, aún en sectores económicos que podríamos llamar “faldicortos” (modas, discotecas de traza ibicenca, etcétera) los palmeos a que los españoles somos tan propensos cuando se trata de conversaciones en las que media la testosterona o los consabidos besos a las señoras quedan prohibidos (le pueden mirar a uno bastante raro).

Durante la conversación, se tratará asimismo de regular el volumen de la voz hacia, aproximadamente, la mitad del tono estándar español.

Al celtíbero medio, la manera de comportarse de los aborígenes puede parecerle algo apagada, pero mejor pasar por soso que por animal, digo yo.

Más: es importantérrimo también respetar el turno de palabra. Los españoles, incluso los más educados, tendemos a interrumpir al interlocutor para decirle tal o cual cosa, rebatirle argumentos o aclarar determinados extremos de la conversación. Esta particularidad nuestra se debe, aparte de a nuestro consabido gracejo (alegría de todos los turistas que disfrutan de nuestro sol) a que el español, como idioma latino que es, tiene una estructura gramatical de orden de la frase que permite decir tres palabras (sujeto, verbo, algún complemento) y dejar sitio para que el interlocutor meta su cuña publicitaria. En alemán, desgraciadamente, no es así. Una frase no se termina hasta que el verbo aparece y el verbo (que en la Biblia fue, según San Juan, el principio) en alemán siempre está al final (a tomar por saco del sujeto del cual dice cosas).

Como consejo general, evite las expresiones demasiado contundentes. Por ejemplo, si habla la lengua de Andy Borg, no dude en tirar de Konjuktiv a troche y moche (sollte, musste, hätte) si no, pues al condicional o al subjuntivo (deberíamos, quizá sería conveniente, etc).

Adiós con el corazón, que con la Seele no puedo

Para terminar por hoy: despedidas. Después de dar las gracias por el tiempo que le han concedido (aunque le hayan dicho que nones en sus pretensi(ones) económicas) deberá estrechar la mano a todas y cada una de las personas que le han recibido, desearles que pasen la porción de día que tengan más cerca en el tiempo de la mejor manera posible (Schönen Tag noch, Schönen Abend, Schönes Wochenende, etcétera). Si se concierta un encuentro posterior, dirá usted que lo espera con impaciencia y que “se froya” sobre ello –a pesar de que sus interlocutores le hayan parecido callos malayos o quizá por eso-; seguirá sonriendo todo lo que pueda y, con la satisfacción del deber cumplido, se marchará con la música a otra parte.

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