El 20% que mira y calla (porque no le queda otra)

Alte Donau en Viena18 de Agosto.- El bloguero ha pasado un fin de semana perfecto. El tiempo ha sido hermoso, y ha hecho (y podido hacer) lo que más le gusta. Deporte, pasear, hacer fotos…La culminación ha sido esta tarde: a última hora, en un lugar recoleto de la Donauinsel, se ha empelotado y, con las bolas “al vent” ha visto cómo el disco del sol se escondía detrás de los árboles lenta, parsimoniosamente.

Cuando empieza a refrescar, le entra hambre. Termina en Favoriten, barrio proletario de esta capital. El plan original es ir a Tichy (heladería famosa por provocar choques hiperglucémicos en los incautos) pero, ya de camino, el bloguero piensa que le apetece algo salado. Favoritenstrasse, bulliciosa, está llena de tiendas que ofrecen guarrerías (Kebabs y cosas semejantes) pero, ya puestos a castigarse el cuerpo, el bloguero se decide por un clásico: menú whoper del Burger King.

El paisaje humano

El local, por dentro, está limpio, pero el bloguero y su compañía deciden sentarse fuera (la compañía fuma) y la terraza del Burger King está hecha una pocilga. El bloguero y su acompañante apartan la porquería y se comen sus hamburguesas (sin patatas fritas, con ensalada) en un relativo silencio y el bloguero se pone, según su costumbre e inveterado pasatiempo, a observar a la ciudadanía.

En la mesa de al lado de donde él come están sentadas dos mujeres (ambas más jóvenes que él, o sea sobre los treinta). El tetamen de las dos (las carnes en general) desborda sendas camisetas de tirantes. Ambas, madres recientes. Ambas, con sendos críos de pecho. Ambas, con sendos cigarrillos encendidos y ambas parapetadas detrás de sendas montañas de desperdicios procedentes de una merendola que acaba de terminar. A poca distancia, el hijo mayorcito de una de ellas (cuatro, cinco años) orejas de soplillo, mirada pícara, juega muy cerca de donde el bloguero come y le sonríe.

La zona de fricción

Favoritenstrasse hierve de gente y muy poca de esa gente nació en Austria. Piensa el bloguero que no es raro que aquí triunfe la ultraderecha porque el distrito de Favoriten debe de ser una zona de fricción entre la clase más humilde de la sociedad autóctona y lo más pujante del gentío de importación. Sin querer, se le va el pensamiento a la candidata de los verdes, tan guapa, tan alta, tan lista, tan rica y tan feliz. Para ella, los extranjeros, estos extranjeros que ahora desfilan delante de las pupilas del bloguero, deben de ser unas criaturas extrañas, como la fauna de la amazonia o las extrañas formas animales del subcontinente australiano. Quizá, piensa el bloguero, sea la única manera de hablar de la pobreza (material y espiritual) cuando uno no la experimenta en su vida diaria, dotándola de un cierto aire romántico. Indiscutiblemente, desde un piso de doscientoscincuenta metros cuadrados es mucho más fácil ser progresista y fomentar el consumo de carne para atajar el cambio climático.

El bloguero sigue observando a la gente y escuchándola. Los que no hablan en turco o en su idioma balcánico correspondiente, se expresan en un alemán fuertemente especiado en el que una de cada tres palabras es un “ja?” interrogativo, machacón y molestísimo, pariente lejano de ese “¿Verdad?” con el que salpican su conversación algunos catalanoparlantes. Es fácil predecir el futuro de muchas de las personas que pasan ante sus ojos y también es fácil saber lo que fueron antes. Ellos suelen cuidarse, dentro de ese amor por la higiene que tienen todos los presidiarios hasta que, como decía un amigo mío, “tienen el huerto cavao”.

En ellas, el ciclo es parecido, hasta que alcanzan “la edad de los leggins” como dice el bloguero. O sea, ese momento en el que a una mujer le da igual salir a la calle como si se acabara de levantar de dormir la siesta. Se casan, tienen el primer niño y se pierden para siempre.

El bloguero piensa que es muy poco probable que la mayoría de estas personas salga alguna vez del estado en que se encuentran. La mayoría porque no perciben que exista la posibilidad de hacerlo (igual que todos, para defendernos, pensamos que la vida que llevamos es la mejor que podríamos llevar o que no está a nuestro alcance cambiar las circunstancias inamovibles que nos atan a nuestra existencia diaria) y los más inquietos, porque no tardarían en encontrarse de manos a boca con las paredes de su cárcel. El sistema educativo austriaco está concebido de tal manera que es prácticamente imposible sobrepasar el nivel educativo de los padres. O sea, que solo los hijos de padres universitarios tienen probabilidades de llegar a su vez a ser universitarios ellos mismos. Y, con ello, a acceder a una dieta razonable o a unos hábitos culturales que los alejen del embrutecimiento.

El bloguero suspira, mordisqueando su hamburguesa y piensa en algo que leyó el otro día: el 20% de los vieneses (él entre ellos) no tiene derecho a voto por no tener la nacionalidad austriaca. Y piensa que es injusto el pagar impuestos como todo el mundo y no poder decidir qué se hace con esos impuestos. Y piensa que, si desaparecieran de su vista todas las personas que se encuentran en ese momento por la calle y no pueden votar, se quedaría solo con su hamburguesa. Y lo encuentra… (dejamos aquí un espacio para que el amable lector ponga el adjetivo que encuentre más a propósito)

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4 Responses to El 20% que mira y calla (porque no le queda otra)

  1. victoria dice:

    Triste, injusto, decepcionante…y real como la vida misma.

  2. Martín González dice:

    Duro, esclarecedor, lógico y, efectivamente, real como la vida misma. Sic transit

  3. franciscojcabezas dice:

    …horriblemente ensordecedor.
    besos

  4. Javi dice:

    Quizas en Viena las cosas funcionen. Pero viniendo de la piel de toro no encuentro la relacion entre que yo vote a un partido signifique que yo tome decisiones sobre donde van mis impuestos.

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