Meditación sobre las cenizas 2/2

ParisAyer empezábamos con la historia de los atentados de Madrid, el 11 de Marzo de 2004. Hoy, terminamos con un acto de justicia poética.

¿Por qué se construye una teoría de la conspiración? Amén de por razones prácticas (nada despreciables en este caso que nos ocupa)  una teoría de la conspiración, psicológicamente hablando, no es ni más ni menos que una mentira que tapa un trauma.

El cuaderno azul

Durante todo el año anterior a los atentados del 11 de Marzo, la comidilla que recorrió España desde el Cabo de Gata hasta Finisterre fue el famoso cuaderno azul de Aznar.

En él, parece que el “Querido Líder” apuntaba los pensamientos que, más tarde, se transformaban en decisiones que cambiaban el futuro del país.

Algunas tan inteligentes como, por ejemplo, poner al frente de Caja Madrid a su compañero de pupitre del colegio (un señor que no tenía la más mínima idea de cómo funcionaba el negocio bancario a esa escala y cuya gestión terminó con la toma de control de la entidad –no hace mucho, se llamaba Bankia– por parte del Estado) y a otro compañero de pupitre al frente de la compañía Telefónica, la empresa más grande del país.

Al final de su segundo mandato, Aznar había decidido que, cautivo y desarmado “el ejército rojo” su sucesor en el cargo sería Mariano Rajoy.

Como decía John Lennon, la vida es eso que te pasa mientras tú estás haciendo otros planes.

Los días siguientes a los atentados fueron de una tensión casi insoportable en las alturas del Poder en España.

Quizá la única institución del Estado que quedó a salvo del enorme terremoto que supuso la lucha entre “los dos principales partidos” fue la Corona, la cual aún conservaba ese aura de prestigio intocable que perdería de manera acelerada en años posteriores. Pero del Rey para abajo el terremoto fue colosal y desgarrador.

Como dos lobos que se disputan una presa inerme e insangrentada, el Partido Socialista y el Partido Popular movilizaron a todos sus voceros en los medios de comunicación con dos objetivos: ensordecer las alegaciones del otro bando y dar a sus fieles munición dialéctica.

Cuando se celebraron las elecciones, comicios celebrados tras la jornada de reflexión más tensa que se recordaba hasta entonces, eso que se llama comunmente “el Pueblo” ya había decidido. Jose Luis Rodríguez Zapatero sería el próximo presidente del Gobierno.

La victoria se celebró de acuerdo al estado de ánimo imperante. Para la Historia queda la comparecencia de Zapatero ante sus fieles, alumbrado de manera un tanto siniestra por unos focos que parecían los de una feria de pueblo. El gentío gritándole “no nos falles”.

Les falló, como todo el mundo sabe.

El trauma estaba consumado.

Dos Españas frente a frente

A partir de entonces, el traspaso de los aperos del Poder se efectuó en un clima de enorme tensión. Como era esperable, olvidado todo rastro de civismo o cualquier respeto por la deportividad o la democracia, hubo acusaciones mutuas, a cual más turbia: del lado de los socialistas, que se presentaban a sí mismos como las fuerzas de la luz que estuvieran deshaciendo la tiranía de un brujo oscuro y malvado –lo cual, si bien se mira, y dadas las circunstancias, era un ejercicio de morro sin parangón en la Historia reciente de España- se dijo que los “populares” estaban obstaculizando el proceso con todos los medios a su alcance (es muy probable que no les faltara razón, pero es que a ellos tampoco les asistía la inocencia, precisamente).

Del lado “popular”, se acusaba a Jose Luis Rodríguez Zapatero, bestia negra por excelencia, directamente de “golpista”. Entre los más broncos, hizo fortuna la frase de un diputado conservador que dijo que “Pavía –general golpista del siglo XIX- había entrado a caballo en el Congreso, mientras que Zapatero lo había hecho en tren de cercanías”.

Desde los medios de comunicación afectos al poder declinante –medios, por cierto, a los que Aznar había favorecido como solo saben hacerlo los poderosos que quieren tener contentos a sus portavoces- se empezó a difundir la llamada “teoría de la conspiración”.

Según esta teoría, la cual ha tenido a lo largo de los años diferentes formas, los atentados del 11 de Marzo de 2004 fueron el resultado de una decisión de “las cloacas del Estado” (fuerzas convenientemente ocultas y que, por lo tanto, escapan a todo control) para, por inducción, acción u omisión –las opiniones son diversas- en un primer momento, “derribar” al gobierno del Partido Popular y, después, con una eficacia quizá digna de mejor causa, “ocultar” las pruebas del compló.

A favor de la difusión de la Teoría de la Conspiración han jugado varios factores: de un lado, la soberbia herida de una parte nada despreciable de las élites del conservadurismo español. De Aznar, para abajo.

De otro, el puro y simple interés empresarial. Y aquí menciono algo que se olvida frecuentemente: hay mucha gente que ha ganado mucho, pero que mucho dinero con el 11-M. Tertulianos, radiofonistas, escritores de panfletos, articulistas de todo pelaje (tanto a favor, ojo, como en contra) y directores de medios de comunicación que han vendido meras elucubraciones como verdades absolutas y “periodismo de investigación”.

Por no hablar de otro factor al que yo creo que tampoco se le da la importancia suficiente: llevados por un alto concepto de sí mismos, a muchos les resultó completamente increible que unos personajes marginales, pobres diablos a sus ojos, hubieran podido llevar a cabo los atentados de Atocha.

El caso es que todo indica que lo hicieron.

Por último, es evidente que la psicología del ser humano está construida de manera que, por suerte o por desgracia, estamos más inclinados a creer una mentira bien aliñada que la prosaica verdad.

Todos los que alguna vez en nuestra vida le hemos contado un cuento a alguien lo sabemos y, naturalmente, nos aprovechamos de ello.

La metralla invisible

El daño que la difusión de las más abracadabrantes teorías sobre el 11-M ha producido ha sido formidable. Catastrófico.

Los inconscientes –o interesados, o las dos cosas a la vez- que acuñaron términos como “la trama mediática”, que se dedicaron a envenenar las ondas con historias relativas a mochilas o que introdujeron a sabiendas en sus pajas mentales a instituciones vitales para la seguridad nacional como la Policía, la Guardia Civil o el Servicio Secreto, minaron la credibilidad pilares fundamentales del Estado y fueron los responsables de la creación de un clima de duda sobre las Instituciones que ha resultado fundamental actual degeneración institucional que hoy padece España.

Asimismo, el 11-M fue la primera paletada (y no la menor) del foso que hoy separa, desgraciadamente, a dos partes del país. Un foso que impide que Socialistas y Populares (o, lo que es lo mismo, el centro-izquierda y el centro-derecha) hagan el más mínimo esfuerzo para acercar posturas en asuntos que a todos nos afectan. Una colaboración que hubiese sido vital en asuntos que hubieran exigido claramente (y que, de hecho, siguen exigiéndo urgentemente) un pacto de Estado. Como la educación, la innovación (I+D) o las medidas necesarias para la creación de empleo y la resolución –de una vez por todas- de la crisis económica.

Pero sin duda lo más doloroso fue que, el clima de enfrentamiento a colmillo retorcido entre los dos grandes partidos también terminó dividiendo a quienes más sufrieron con el 11-M: las víctimas. El Partido Popular cortejó a unas, que se resistieron al cortejo del Partido Socialista y se integraron en la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT); el Partido Socialista enarboló la bandera de los que no comulgaban con esta asociación e hicieron una figura mediática de Pilar Manjón, una señora que perdió a su hijo en los atentados de Atocha y que, debido a los ataques que recibía desde el otro bando, azuzados desde púlpitos radiofónicos irresponsables, estuvo amenazada de muerte y tuvo que vivir mucho tiempo con escolta.

)

Ayer, por primera vez, se reunieron para celebrar un funeral conjunto todas las víctimas, y este hecho son los brotes verdes de esperanza a los que me refería al principio.

Ni Jose María Aznar ni Jose Luis Rodríguez Zapatero asistieron a él. No estaban invitados.

Parece ser que fue un error. Yo, prefiero pensar que fue una especie de justicia poética.

 

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2 Responses to Meditación sobre las cenizas 2/2

  1. victoria dice:

    Me ha gustado mucho como has tratado el tema, Paco. Has dado caña a todo el mundo, y has intentado ser objetivo, algo que casi siempre suele ser difícil de conseguir. Un auténtico lujo leerte. Sigue así.

  2. El herpato dice:

    Me ha encantado. No se puede expresar mejor. Muchas gracias!!!

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