Vuelan cuchillos en la Ópera Estatal de Viena

Opera Estatal de VienaY alguno, hasta se clava. Que se lo digan si no al director, que se encuentra ante un dilema de proporciones titánicas.

7 de Septiembre.- La Ópera Estatal de Viena es algo más que una institución cultural. Entre otras muchas cosas, es una empresa de un tamaño más que respetable pero, por otra parte, no tan respetable como para que no sea como un pueblo pequeño, con todas las características que la gente le atribuye a un pueblo pequeño las cuales, además, se multiplican por cincuenta si uno tiene en cuenta la fama que de quisquillosos tienen los cantantes de ópera y los bailarines de ballet. Además, es una gran fuente de ingresos para esta pequeña república. De muchas maneras. Creo que es uno de los pocos teatros de su clase que funciona todos los días del año (incluido el 31 de Diciembre, cuando tradicionalmente, se representa El Murciélago para regocijo de aquellos austriacos apegados a las tradiciones y de no pocos japoneses e italianos). A pesar de lo cual, hay literalmente tortas para conseguir entradas.

Así funciona la Ópera Estatal de Viena

La cúspide de esta organización, dependiente del Ministerio de Cultura austriaco es más o menos así: existe un holding del que dependen varios teatros de Viena, como el Burgteather, y también, cómo no, nuestra ópera. Este holding tiene un director y ante él responde la dirección de la Ópera Estatal, que tradicionalmente es algo así como bicéfala. Por un lado, hay un director que se encarga de la gestión y por el otro lado hay un director artístico que suele ser también un director musical. Cuando cesó el anterior director Ioan Holender, también abandonó su cargo el director musical, que era Seiji Ozawa. La Ministra de cultura de entonces, creo que era Claudia Schmidt, encontró pronto a dos sustitutos de talla internacional (no podía ser de otro modo en uno de los teatros punteros del mundo): el frances Dominic Meyer (que habla perfectamente alemán, porque es alsaciano) se encarga de la gestión y, hasta el viernes pasado Franz Welser-Möst, un linzeño, se encargaba de la dirección musical.

Motivos personales

Desde casi el minuto uno después de que se acabara la primera rueda de prensa que dieron juntos el director creativo y el gestor de la Ópera Estatal de Viena tuvieron serias dificultades para estar juntos en la misma habitación sin mentarse a la respectiva progenitora. Igual que el agua y el aceite, los dos no podían ser más distintos. Por simplificar el tema, parece ser que el francés quería que le salieran los números –como todo buen gestor- y, para ello, que vinieran muchos japoneses y se dejasen los cuartos en las taquillas de la Ópera. Todo el mundo sabe que el turista medio –japonés o no- no quiere que le calienten mucho la cabeza. O sea, que va a ver todas las cosas que cantaba Pavarotti en los conciertos, ya al final, o sea, todas las cosas que un ciudadano medio puede cantar en la ducha mientras se enjabona. O sea, aquello de que la mujer es mudable como pluma en el viento o lo de bebamos de los cálices, etc. Repertorio verdiano y puccinesco.

Al que madruga Dios le apoya

Para Franz Welser-Möst, parece ser que esto era adocenar el gusto del personal y parece que presionaba para que la Ópera de Viena afrontase más riesgos artísticos. O sea, el viejo dilema entre Plácido Domingo y Alfredo Kraus o entre Antena 3 y Telecinco o entre Jose Luis Moreno y…Bueno, no: Jose Luis Moreno hace mucho que ha ganado la partida. Ya en abril de este año, el director del holding de los teatros vieneses y el ministro de cultura austriacos intentaron mediar entre los dos señores, sin muchos resultados (en realidad, yo sospecho que todo se ha tratado, en clave operística, de la clásica disputa entre dos machos alfa). Probablemente, pensaba el francés que iba ganándole al austriaco la partida porque, a tiempo para el inicio de la temporada, el director musical se había sumido en un extraño silencio. Sin embargo, lo que sucedía era que el austriaco estaba preparando su venganza la cual, como todo el mundo sabe, es un plato que se come frío. El pasado viernes, día cinco, antes de irse a comer, que ya se sabe que, al que madruga, Dios le apoya, el director musical de la Ópera Estatal de Viena se presentó en el despacho del gestor de la Ópera Estatal de Viena y le anunció que dimitía de todos sus cargos y que ya podía irse buscando a un director de orquesta de talla internacional –como el hijo de mi madre, debió de añadir- para que le dirija las 34 representaciones que tenía en el calendario (entre ellas, dos estrenos: Rigoletto y Elektra). Welser-Möst sabe que el marrón que colocaba en manos de su compañero de bicefalia era mayúsculo. Es más: era y es prácticamente irresoluble. El órdago era de proporciones titánicas porque, naturalmente, no hay tantos directores de la talla de Welser-Möst, que tengan la amplitud de repertorio de Welser-Möst, que lo mismo te plancha un huevo que te fríe una corbata y, además, que estén libres.

A Meyer le quedan dos opciones: una, por decirlo finamente, reclinarse en la mesa de su despacho, bajarse los pantalones y confiar en que Welser-Möst se haya traido la vaselina o dos, darle a Welser-Möst un zas en toda la boca encontrando a un director que le sustituya. No hay términos medios ¿Quién ganará el pulso? Yo, creo que voy con Meyer, fíjese usted.

Bunker

Viena está llena de reminiscencias de la segunda guerra mundial y en nuestro programa de esta semana, Pedro y yo le pasamos revista a alguna de ellas ¿Qué? ¿Que no lo has oido todavía? !Y a qué esperas!

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Un comentario a Vuelan cuchillos en la Ópera Estatal de Viena

  1. Miss Fidget dice:

    Yo también voy con Meyer. Más que nada porque creo que la Staatsoper se merece algo mejor que W-M, y que si éste ha llegado a estar ahí, es en gran parte por ser austriaco.

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