Wiener Opernball, un año más

OpernballEn Austria hay un jueves en el año que reluce más que el sol, y es el último de Carnaval ¿Y por qué? Pues porque se celebra -oh, pareado- el Opernball.

4 de Febrero.- Mientras escribo estas líneas, los bailarines de la Ópera de Viena -la cual, también, alberga la compañía de ballet clásico más prestigiosa del país- ejecutan la coreografía de la apertura del Opernball. Será el último de Desirée Treichl-Sturgh.

Ahora mismo, son las 22:28, aparece Plácido Domingo y dirige a la orquesta en la abertura de Il Barbiere di Seviglia, de Rossini.

Por cierto, quisiera decir aquí, que el incombustible tenor madrileño goza de una fama inmejorable entre sus compañeros de trabajo -yo he hablado del tema con alguno que otro- y todos se hacen lenguas de lo majo, sencillo y -sobre todo- de lo profesional que es. Un poco como Julián Gayarre, apodado el Ruiseñor de El Roncal, de cuya humildad han llegado los testimonios hasta hoy.

El salón de baile más hermoso del mundo, la Ópera Estatal de Viena, estará engalanado por sexagésima vez y, para los que visitamos con gusto el coliseo junto a la Ringstrasse, los viejos dorados, las butacas crujientes, los palcos de terciopelo tieso y algo áspero, serán de nuevo el recuerdo, algo melancólico, de tantas tardes agradables.

Y es un encanto ver al maestro domingo cantando -no ya, es cierto, con la poderosa voz de su juventud, pero con gran sabiduría- fragmentos de La Viuda Alegre, entre ellos el famoso „Lippen Schweigen“ (que era, por cierto, una de las músicas favoritas del tito Adolfo).

El baile de la Ópera estatal es, junto con el Neujahrskonzert, el acontecimiento anual más importante no solo en lo que se refiere a la publicidad con la que este país se vende a sí mismo fuera de sus fronteras sino, además, el acontecimiento televisivo más importante, en el que la ORF, como diría Jose Luis Moreno, „se viste de gala“ (otra de esas frases que habría que tirar al baúl de los recuerdos para siempre).

La ORF es una cadena de televisión de presupuesto relativamente modesto y por eso tiene unos hábitos ahorradores que resultan, no solo entrañables, sino también supercuriosos, sobre todo si, como pasa con uno (y espero que con los lectores de Viena Directo) se es un curioso de las cosas que pasan en este país y de las cosas que han pasado.

El otro día, para calentar el ambiente, el tercer canal de la ORF puso el baile de la ópera de !1973! Un frikismo exquisito.

Fue una experiencia interesantísima, porque el programa se puso en la tele „zum trockenen Stangl“ (o sea, a palo seco) con los comentarios de la época y, señora, cómo ha cambiado la tele desde entonces.

En primer lugar, uno se daba cuenta de lo que ha progresado la ciencia de la iluminación televisiva. Para que las cámaras de 1973 vieran todo lo que tenían que ver, los iluminadores de entonces tenían que inundar literalmente de luz la ópera y los palcos, de manera que aquello, más que una ópera, parecía un quirófano en donde no había sombras y en donde todo el mundo -sin maquillar- aparecía lívido. Hoy en día, las cámaras son muchísimo mejores, y se necesita mucha menos luz para hacer lo mismo que entonces, con la diferencia de que, ahora, se pueden obtener agradables tonos pastel. También se pueden hacer cosas que, entonces eran una utopía. Por ejemplo colocar cámars robotizadas en el techo de la ópera para ver la perspectiva cenital de las parejas bailando el vals.

También están las steady cams, que permiten que el espectador, en su casa, pueda tener una perspectiva en movimiento de lo que está pasando (las steady cams, por cierto, no se inventaron hasta cuatro años más tarde, cuando Stanley Kubrick las desarrolló para rodar „The shinning“).

Pero aquel baile de la ópera de principios de los setenta también fue una lección de humildad. Porque, de aquellas gentes que, en aquella época eran famosas y merecieron el honor de ser entrevistadas por un moderador sumamente envarado y ultracorrecto (a su lado, el algo envarado Alfons Haider es una especie de periodista antisistema), el cual, el presentador de entonces, hacía un poco el papel del „hombre de mundo“, solo es conocido hoy en día Franz Beckenbauer el, entonces, jugador de fútbol.

Otra cosa que llamaba la atención, aparte de que todo el mundo fumaba como chimeneas, eran los dientes de todo el mundo. Nos hemos acostumbrado a que todo el mundo que sale por la tele tiene unos dientes perfectos. Sin embargo, en 1973 todo el mundo tenía los dientes hechos polvo, torcidos, de diferentes tamaños…En fin.

Y luego !Qué despacio hablaba todo el mundo! Estábamos, claro, en aquellos momentos en que, aún, lo que era de mala educación era destacar por lo que fuera. Los invitados al plató de la ORF del Opernball 1973 trataban, en lo posible, de pasar lo más desapercibidos posible y por lo mismo, trataban de ser buenecitos, no hablar demasiado alto. Beckenbauer, en particular, tenía cara de estar en el dentista. Las gotas de sudor le resbalaban en por la punta de la nariz que casi daba apuro verle.

Pero lo más chulo de aquella retransmisión del baile de la ópera fue que, de pronto, en la tele apareció un oficial de las SS de las películas de nazis disfrazado de mujer. Una especie de Sigfrido con un vestido escotado y falda de vuelo, como la de Marilyn Monroe en La Tentación Vive Arriba.

Joé, qué modernos eran en Austria, pensé yo, una drag queen. Pero no !Era una atleta! Claro, en aquellos momentos, no había controles antidoping y las pobres chicas se metían de todo, hasta que tenían unos cuellos de toro y unas manos que podían doblar una moneda de un euro (entonces un schilling) con los pulgares.

En fin, como todos los años, ya se ha pronunciado el comando „Alles Walzer!“. El mundo, como las parejas en la pista de la ópera, gira con dificultad. Que sea así por muchos años.

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Un comentario a Wiener Opernball, un año más

  1. Cristina Peraile dice:

    Buenas noches logístico caballero. Esta entrada me la tenía que leer, por supuesto, el ballet. Te seguire más a menudo para aprender de tu Viena.

    Soy la de Cuenca.

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