Consumo responsable

VAn der BaellenVdB tiene Alzhéimer. O cáncer. O Alzhéimer y cáncer ¿Usted lo cree? Hay mucha gente que sí.

29 de Noviembre.- Alexander Van der Bellen tiene Alzheimer, o cáncer. O Alzheimer y cáncer. Es además un bolchevique que, no contento con ello, es pronazi y, al mismo tiempo, simpatizante del islamismo radical. Incluso, su nacionalidad no es austriaca, como se ha dicho, así que no podría presentarse a la presidencia austriaca ¿Sorprendido? Por suerte ¿Verdad? Porque todo lo anterior es radicalmente falso. Mucha gente, sin embargo, cree todo lo anterior a pies juntillas.

El diccionario de la Universidad de Oxford ha decidido que la palabra del año es “Postverdad” (Post-truth, en inglés). La postverdad es un concepto escurridizo, de indudables resonancias Orwellianas, que se ha puesto de moda a partir de la victoria de Ronald McDonald Trump, el nuevo presidente de los Estados Unidos, y definiría aquellas narrativas que corren por la del campo de atención de la sociedad que son mentiras, pero que una mayoría da por buenas.

Lo que diferencia a la postverdad de los bulos tradicionales es que, antiguamente (o sea, hasta antes de ayer) los bulos tenían vedada la entrada a aquellas zonas del discurso social que hubiéramos podido calificar de “respetables” o que se veían a sí mismas como tales, por ejemplo, las campañas electorales. Sin embargo, debido a la fuerza multiplicadora de las redes, hemos llegado a la situación en que los bulos, la postverdad, marcan la agenda y ante su éxito, fulminante como el de una metástasis cancerosa, las personas con dos dedos de frente se sienten impotentes.

¿Por qué hay muchos austriacos que creen a pies juntillas que Alexander Van der Bellen tiene cáncer o padece Alzheimer o es simpatizante del islamismo radical? ¿Por qué se dejarían matar antes de admitir que, en Austria, hay personas que cuidan ancianos que, como es notorio, profesan la religión musulmana? En primer lugar, porque lo quieren creer. O sea, que están deseando creer que sea verdad. Y es un mecanismo perfectamente normal de la especie humana que se ha visto potenciado por la aparición de las redes sociales.

Inconscientemente, como hacemos en la vida, en internet todos tendemos a rechazar en nuestro muro (de Féisbul) aquellas opiniones de nuestras amistades que van en contra de lo que nosotros pensamos.

Los católicos practicantes, tenderán a querer ver solo los postings de la gente que piense que las relaciones prematrimoniales son una aberración y la masturbación un genocidio de masas, y enmudecerán a aquellos primos de Tomelloso que en estos días se deshagan en alabanzas hacia Fidel Castro . Lo mismo a la inversa. Si entre sus amistades cuentan (en todas las familias hay ovejas negras) con el típico cuñao los primos de Tomelloso, fieles votantes de Izquierda Unida, y que le hacen oídos sordos a las nefastas consecuencias de la variante caribeña del fascismo, enmudecerán sus loas a la bandera española y sus denuestos contra el pobre de Fernando Trueba (decíamos ayer).

Y esto, repito, lo hacemos todos, porque todos tendemos a pensar, inconscientemente, que las personas que nos rodean tienen la misma opinión que nosotros sobre las cosas y nuestro cerebro lucha a neurona partida por borrar todas las impresiones que pudieran sacarnos de ese error.

En segundo lugar, la postverdad se aprovecha de que lo que yo llamo “el efecto Sánex”, por una historia familiar que viene bien también para ilustrar la influencia de las informaciones falsas en la agenda política austriaca. Cuando yo era un chaval, mi abuela María, entonces ya octogenaria, vivía con nosotros. Era una señora increíblemente pudorosa, sobre todo para los estándares actuales, y tenía una aversión enorme, producto de una educación religiosa férrea, por todo lo relacionado con el cuerpo. Por aquella época, había un anuncio de la marca de geles Sánex que mostraba a una mujer embarazada de perfil frotándose la barriga con ternura utilizando el mencionado gel. Este:

Cada vez que la película salía por la televisión, mi abuela se ponía muy nerviosa y se tapaba los ojos, porque para ella, todo lo que pasaba en televisión era verdad y era en directo, y le parecía inconcebible que una señora embarazada anduviera en pelota por ahí exhibiéndose a todas horas del día y que no le importase que ella, una señora extremeña octogenaria, la estuviera viendo.

Lo que le pasaba a mi abuela era que nadie la había educado para consumir televisión y que no era capaz de filtrar el contenido que consumía. De la misma manera, una parte nada despreciable de los electores austriacos que se van a acercar a las urnas el día 4, han sido bombardeados durante meses con noticias falsas que ellos eran incapaces de filtrar porque nadie les ha enseñado (aunque parezca mentira) a enfrentarse a las noticias que leen en internet con un mínimo espíritu crítico (y el espíritu crítico consiste, sobre todo, en poner en duda lo que uno lee). Así, lo mismo que se tragan sin rechistar que una tarta que lleva Nutella y crema de cacahuete es sana porque lo dice Facebook, se tragan sin rechistar todas las atrocidades que mentes interesadas fabrican para ellos. Es la post-verdad. Bienvenidos al siglo XXI.

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