Lisztomanía

lisztLas mujeres se lo rifaban, le arrancaban trozos de la ropa, querían tener un hijo suyo ¿Julio Iglesias? ¿Justino Biberio? !No! El austriaco Franz Liszt!

11 de Diciembre.- Hace sesenta años, cuatro (entonces) chavales, hijos de familias proletarias de Liverpool, revolucionaron la entonces conservadurísima y encorsetadísima Austria, al venir a rodar unas cuantas escenas de su película Help! Eran los Beatles (como dice Bruce Springsteen, el mejor mal nombre de grupo de la Historia). Los Beatles desataron la histeria entre las muchachas austriacas en edad de merecer (es presumible también que la desataran entre, por lo menos, un diez por ciento de los muchachos en edad de merecer, pero la época no les permitía demostrarlo). La histeria colectiva se llamó „Beatlemania“. Lo que no mucha gente sabe es que ese nombre Beatlemanía, es solo la adaptación de un término médico (!!!) muy anterior, que tambíen se aplicó a un austriaco: la „Lisztomanía“, por el compositor austriaco Franz Liszt, nacido en la bonita localidad marco-incomparable-de-belleza-sin-igual, de Rading (hoy Austria, entonces Hungría) en el condado de Sopron.

Desde muy pronto fue un pequeño niño prodigio. A los siete años, parece ser que ya escribía música de forma autodidacta. El bueno de Paquito Liszt revolucionó la música de su época, primero, naturalmente, por su innegable calidad como compositor, intérprete, transcriptor y todo lo que se les ocurra a mis lectores, pero también por su singular olfato para la autopromoción (no vamos a hacer chistes sobre el pedazo de narizota con el que la naturaleza le dotó) y su sentido del espectáculo. El joven Liszt era guapo, era esbelto, tenía pinta de estar torturado y sus interpretaciones eran un poco lo que más tarde serían las de Jerry Lee Lewis. O sea, que él, más que tocar el piano, se lo tiraba y, además, se lo tiraba en plan castigador. Sus interpretaciones eran tan bestias que literalmente destrozaba los instrumentos y un ritual después de sus conciertos era, para sus admiradoras, el de recoger las cuerdas de piano que se le rompían (!Toing!) y caían al patio de butacas.

La lisztomanía empezó durante un viaje que el músico hizo a Berlín en la navidad de 1841. Allí, un grupo de treinta estudiantes le dieron una serenata con su pieza „Rheinweinlied“ y a partir de ahí se desató la histeria. Después del concierto de Berlín, que fue el kilómetro cero de la Lisztomanía, la Universidad de Berlín suspendió las clases para que los alumnos pudieran despedirle antes de su marcha de la ciudad.

Los conciertos de Liszt eran legendarios porque, como una buena estrella de rock, sabía llevar al público (particularmente al femenino, el muy pillín) a estados próximos al extasis. Esto, y su reputación de follarín de la pradera hacían que las señoras se lo rifasen y que, como sucedería más tarde, en el siglo XX, con estrellas y actores, le arrancasen trozos de la ropa, botones, le robaran los pañuelos que llevaba cuando salía a escena e, incluso, recogieran las colillas de los puretes que se fumaba y que se las guardasen en el escote (se supone que una vez que las apagaban, claro).

El término Lisztomanía lo inventó el escritor Heinrich Heine y los médicos decían, totalmente en serio, que se trataba de una afección contagiosa que le robaba el entendimiento al público (de nuevo, particularmente al femenino) y galenos hubo que dijeron que había que inmunizar al público.

Si atendemos a la cara de estreñimiento crónico que Liszt tiene en todas las imágenes que quedan de él (la cual, por cierto, se contradice con el hecho de que Liszt fue un hombre bastante querido por sus contemporáneos) quizá podría concluirse que el austro-húngaro no tenía en demasiada estima a la parte de su público a la que se le hacían las crinolinas pepsicola cuando él aparecía. Cuando se hartó de que las señoras, en pleno furor uterino le escribieran pidiéndole mechones de su melena rubia, se compró un perro y le cortaba trozos de pelo al pobre animalito.

El éxito de Liszt, como pasa siempre, tenía sus truquillos. Aparte de que era un hombre innegablemente apuesto, Paquito Liszt fue el primero en salir al escenario solo. Lo normal hasta ese momento era que los músicos salieran acompañados. También, fue el primero en colocar el piano con la tapa abierta, como hace ahora, por ejemplo Lang Lang. Esto permitía que el sonido se proyectase mejor en las salas de conciertos y en los salones, y que cobrase una nueva calidad. También hasta entonces los pianistas se habían colocado detrás del piano, y él fue el primero que puso el piano de perfil (¿Para poder darse un egotrip?). Bueno, el caso es que la gente le veía mejor mientras interpretaba su música, por cierto, sin utilizar partitura. Todo memoria.

La liszomanía, como la Beatlemanía, generó un abundante merchandising en forma de broches, camafeos y demás artículos de recuerdo. Nadie sabe qué hubiera sucedido si Liszt hubiera podido grabar discos.

Lukas-3 1

11/24 Y naturalmente, este año ha sido también un año de muchos modelos y muchas fotos. El retrato sobre estas líneas es el que le hice a Lukas, un chaval austriaco, durante una sesión de preparación para lo que será la web renovada de Foto Bernal Viena, la cual saldrá en 2017 si Dios quiere.Si a ti también te gustaría tener un retrato así, ya sabes 🙂

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Un comentario a Lisztomanía

  1. Luis dice:

    ¡Hola Paco! Mi sobrino Mateo dice que Liszt hizo mucho daño a los pianistas del futuro, que por su culpa ahora tienen todos que tocar sin partitura si quieren que los tomen en serio
    Saludos

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