Un enigma, a pesar de todo

Nada mejor para ocultar un secreto, lo decía Azaña, creo, que escribir un libro. Nada mejor para camuflar un enigma, que colocarlo bien a la vista del público.

25 de Febrero.- Este mes de octubre hará 11 años que escribo Viena Directo. Al principio, el primer año más o menos, la frecuencia era de unas tres entradas por semana. Pasados dos años, se hizo diaria la cosa. También el blog ha ido evolucionando. Como al principio, mis herramientas para aprehender la realidad austriaca eran más bien limitadas (incapacidad idiomática, mayormente) los temas del blog respondían más o menos a mis intereses. A partir de cierto momento, sin embargo, como pueden mis lectores comprobar todos los días, me ciño a la actualidad austriaca como un interesado y atento observador.

Dados estos antecedentes, se puede decir que ha pasado mucha agua bajo los puentes de Viena Directo y que uno ha visto de todo. Figuras políticas que hoy eran las que partían el bacalao, mañana eran tragadas por la tierra mañana o pasado mañana; gentes que salían en los periódicos todos los días (¿Qué fue de Stefan Petzner?), hoy son personas anónimas (o casi anónimas).

Escribir un blog durante tantos años, como llevar un diario íntimo (esto, al fin y al cabo, es un diario que pueden leer varios miles de personas todos los días) es, ante todo, una gran lección de humildad, que se parece a veces al sonrojo que uno puede sentir cuando ve fotos suyas de hace dos décadas y puede comprobar lo que la moda hacía que uno llevara o llevase (tengo que decir que, de vez en cuando, echo un vistazo a los artículos viejos, por ejemplo, de febrero de 2008) y tengo que decir que la mayoría se conservan razonablemente frescos. Otros, no.

Por ejemplo, cuando Sebastian Kurz empezó a despuntar en el panorama político austriaco („despuntar“ qué verbo más señorita pepis, aunque peor sería „descollar“). Bueno: cuando empezó a llamar la atención, la verdad es que no fui el único que cometió el error de juzgar mal al chico. Y digo bien, el chico, porque cuando le hicieron Secretario de Estado, Sebastian Kurz era un poco como esos niños Disney que escriben su autobiotrafía con veinte años (!Su autobiografía! Como si se fueran a morir al día siguiente). Kurz venía de las juventudes del Partido Popular austriaco, había empezado la Universidad (la dejó, o sea que tiene la Matura como máxima titulación académica, título que, si Sebastian Kurz fuera una persona que viviera en un mundo normal, le daría para ser administrativo y no de los más listos, o sea, ese chico para todo que en todas las oficinas). Después de la Secretería de Estado (secretaria, coche oficial, a los 25), Sebastian Kurz fue Ministro de Exteriores y, ahí sigue, llevando, si la memoria no me falla, la embajada austriaca ante la OSCE.

Desde el principio, estaba claro que alguien había visto que Sebastian Kurz, el hijo de una maestra y de un ingeniero de los de la clase baja del escalafón de los ingenieros (algún día habrá que hablar de esto también) tenía madera para algo, y se había propuesto convertirlo en la Gran Esperanza de la derecha austriaca (La pregunta que surge es, naturalmente ¿Por qué él?). A partir de que ese ojo que todo lo ve se fijó en él, Sebastian Kurz ha sido como esos actores que eligen sumamente bien sus proyectos y parecen tocados por la mano de Dios para no hacer malas películas.

Donde Sebastian Kurz está, uno puede estar seguro de escuchar, en ese inglés suyo un tanto lleno de tropezones, palabras que, sin duda, alguien le escribe -yo creo que debe de tener un buen equipo de spin doctors- pero que le escribe alguien con mucho tino y él las va diciendo cada vez con más seguridad, como si fuera un cantante que, instintivamente, sabe qué es lo que le va y qué es lo que no.

Con sabiduría, quienes llevan a Sebastian Kurz, quienes han creado al personaje Sebastian Kurz, saben que puede (y debe) ser un poquito populista, pero no estridente, saben también que deben manejar los tiempos que, si Sebastian Kurz quiere llegar a algo (y alguien, entre bastidores, está muy interesado en que Sebastian Kurz llegue a algo) no puede tener prisa, no se le puede notar el hambre de poder. Sabe (saben) que Sebastian Kurz solo podrá alcanzar su zenit (¿El canciller más joven de Europa?) cuando las cosas estén maduras.

Y pueden empezar a estarlo.

Hoy se ha publicado en Austria una encuesta, con un Universo de 700 encuestados elegidos por su representatividad en el censo electoral austriaco, que dice que, en este momento, si Sebastian Kurz estuviera al frente del Partido Popular austriaco (para otros efectos y como formación política, un caballo moribundo) ese Partido Popular austriaco le arrebataría el primer puesto a la ultraderecha y la mandaría al tercer lugar de las encuestas (Trump, repetimos, está haciendo muchísimo al respecto, y eso que su presidencia no ha hecho más que empezar).

Y mientras tanto, Sebastian Kurz, sigue siendo un enigma ¿Quién es, de verdad? No se sabe ¿Quién le ha elegido, precisamente a él? Una incógnita aún más profunda. Quizá se despeje con el tiempo.

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Un comentario a Un enigma, a pesar de todo

  1. Antonio Alemán Curià dice:

    Vaya con el Kurz! Por primera vez hablabas de uno (él) y lo identifiqué en mi mente, me alegro de ya empezar a identificar todo este meollo. En fin, preferiría un giro a la izquierda pero si este señor (ito) desbancaría a las rubias, digo, a los ultras, pues venga, que venga…
    Muy bueno y corroboro que he leído ya de tus años atrás y siguen frescos. 🙂

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