Buenos días, guapa

Hablaremos hoy de una vienesa que fue famosa en un país lejano del suyo, en una época muy lejana (afortunadamente) de la nuestra.

19 de Abril.- Una de las cosas que llama la atención de los países del este (incluida Alemania del Este) es que uno de los perversos daños colaterales de haber vivido bajo draconianas dictaduras comunistas es que, una vez cayeron los odiados, envejecidos e ineficientes „polits burós“ la moral pública dio un viraje radical hacia posiciones que, en la mayoría de los casos rozan (o caen en) el ultraconservadurismo. Acostumbrados a vivir bajo la autoridad invasora de un sistema totalitario, muchas personas que viven en esos países han cambiado a Marx por el sacerdote de la religión que les pilla más cerca (las diferentes ramas del cristianismo ortodoxo) de manera que lo que, en la mayoría de los países de la Europa occidental ha quedado ya superado hace años, está siendo reimplantado en esos países (para espanto de las personas normales).

Yo, de coña, hablo de „los de la cofradía de la familia tradicional“ por la homofobia y el machismo rancio que se respira en esos lugares en donde hombres y mujeres han vuelto a ser confinados en los papeles que los clérigos han pensado para ellos. Ellas, a ponerse monas, a pescar un marido, a tener muchos niños y a tener la casa como los chorros del oro. Ellos, a ser machotes, a no tener sentimientos. Todos, a rezar mucho.

No siempre fue así, sin embargo.

Uno de los pocos resquicios de libertad que tenían los países del Este era la igualdad (por lo menos ante la ley y en el mundo laboral) de la que gozaban las mujeres con respecto a los hombres. Al igual que en Cuba, en donde estuve hace alguos años, aquellos estados por lo demás execrables se ufanaban de afirmar que hombres y mujeres hacían los mismos trabajos en fábricas y talleres, en cuarteles y en farmacias. Esto también traía como consecuencia que las mujeres estaban muchísimo más liberadas que sus compañeras occidentales (podría decirse que estaban liberadas „por cojones“, pero bueno).

Una vienesa fue, por cierto, notario de este estado de cosas a través de un libro que fue un auténtico éxito de ventas en la antigua República Democrática Alemana (que de Democrática tenía poco, las cosas como son) y que en estos días se publica en español (de hecho, yo he sabido de su existencia porque El País se hizo eco de la noticia).

Firmaba como Maxi Wander, aunque, en 1933, cuando nació en el distrito vienés de Hernals, en una familia trabajadora, le pusieron Elfriede. Elfriede Brunner. En la dura posguerra mundial, Elfriede Brunner fue la primera de su familia que consiguió estudiar y hacer la matura, sin embargo, cuando tenía 17 años, las estrecheces que conlleva el ser pobre la obligaron a interrumpir los estudios. Sin un título académico, se ganaba la vida de secretaria, fotógrafa, periodista o de lo que fuera saliendo. En 1958, cuando tenía veinticinco años, se casó con Fred Wander, un judío que había escapado por los pelos de la cámara de gas (su familia pereció en Auschwitz Birkenau) y que, después de muchas vicisitudes, se había afiliado al partido comunista.

Fieles practicantes de la religión marxista y deseosos de vivir el socialismo real en vivo, el matrimonio Wander hizo el camino inverso al que querían hacer muchos y se entregaron a una especie de reclusión voluntaria en las fronteras del telón de acero y del plan quinquenal y se marcharon a vivir a un suburbio de Berlín. Allí, se dedicaron los dos a lo que sabían hacer: o sea, a fabricar guiones y libros que, necesariamente, debían encajar en la ortodoxia comunista.

La obra fundamental de Maxi Wander, y la que motiva su modesta porción de gloria, se llama Guten Morgen, du Schöne (llamada en español „Buenos días, guapa“) y en ella Maxi se dedicó a entrevistar a mujeres de la DDR de diferentes procedencias y estratos sociales y a preguntarles por sus experiencias, sus anhelos, su visión del amor y del sexo y otras cosas.

Maxi Wander grabó todas las entrevistas, pero la magia de su libro es que no constituye una mera transcripción, sino que Wander intentó que todos los perfiles fueran retratos de las interesadas.

En el año 1976, cuando tenía cuarenta y tres años, Maxi Wander enfermó de cáncer y murió rápidamente, apenas un año después. En Alemania, quizá porque representaba un soplo de libertad, se la sigue recordando con cariño.

Articulo publicado en Historias de la Historia. Guarda el enlace permanente.

2 Responses to Buenos días, guapa

  1. Imma dice:

    Hola Paco. Muy buena tu descripción de los roles tradicionales de hombres y mujeres en las regiones orientales de Europa. Gracias aclararme un poco las cosas. ¡Resulta que el pintoresco pueblecito al que he ido a parar se encuentra en Europa del Este! ; )

  2. Imma dice:

    Hola Paco. Muy buena tu descripción de los “nuevos” roles tradicionales de hombres y mujeres en las regiones orientales de Europa. Gracias aclararme un poco las cosas. ¡Resulta que el pintoresco pueblecito al que he ido a parar se encuentra en Europa del Este! ; )

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Follow Me