La loba

KrampusMarine Le Pen ha perdido (afortunadamente). Hoy pues, hablamos de un tema de actualidad: personas universalmente odiadas (o no).

7 de Mayo.- Resulta incontrovertible, pero no por ello menos misterioso, que existen personas que, hagan lo que hagan, han nacido con un clavel en la salida posterior del tracto digestivo.

O sea que, independientemente de si son buenos o despreciables en su vida privada, caen simpáticos en su vida pública. En Austria, por ejemplo, era así (es así) con el expresidente Fischer. Es aparecer ese hombre en cualquier sitio y que a todo el mundo se le ponga una sonrisa, espejo de la que él lleva siempre, por cierto. En España, podríamos mencionar también a Joan Manuel Serrat, que es un ser humano del que jamás se ha escuchado hablar mal. A nivel mundial, se podría señalar el caso de Tom Hanks, quizá también porque Tom Hanks no ha interpretado nunca ningún personaje malvado (como James Stewart en el siglo pasado, personalidad pública con quien podría compararse a su paisano).

Naturalmente, para que existan estas personas casi universalmente queridas, y a lo mejor por contraste, tiene que haber gentes de esas que, cuanto más piensas en ellas, más quieres a los orcos.

A ver, con el corazón en la mano ¿A quién le cae bien Güili Toledo? (yo creo que ni a su familia) ¿Quién no se siente morir de pereza al pensar en Pérez Reverte y su prosa cipotuda? ¿Quién conseguiría, a base de contener las arcadas, tomarse un café con Marine Le Pen (o con su padre, ese ser) o con Donald Trump? (o peor, con su hija Ivanka, que ha tenido últimamente los santos cojones de publicar un libro en el que se define como “mujer trabajadora y con éxito”, vamos a ver: mujer trabajadora y con éxito es Angelines, la amiga de mi madre, que recién operada de un cáncer de mama y haciendo la radioterapia, cogía y se iba a cortarle el pelo a sus clientas porque tenía que darle de comer a sus hijos; eso sí que es tenerlos bien puestos: lo otro Ivanka, nena, es vivir de la pasta de papá) ¿A quién no le asaltan las ganas de que le hagan una colonoscopia y una gastroscopia –consecutivas- al pensar en veinticuatro horas de convivencia con Cristiano Ronaldo? (o en doce, o en seis, o en media, o en cinco minutos) En Austria ¿Qué persona en su sano juicio elegiría a Strache como su compañero de habitación en un hospital? (o a Gudenus, ese hombre al que el público ve de forma inevitable como a un personaje –malo- de Jarri Póter).

Mencionando a estos “malvados” no quiero decir que, de verdad, sean unas gentes perversas, sino que la mayoría de la gente los ve así. Esta percepción del público, a veces, puede ser terriblemente injusta (lo dice mucho mi madre, esto de “cría fama y échate a dormir”). Yo estoy convencido, por ejemplo, de que S.M. la Reina Letizia merece mucha mejor fama de la que tiene (aunque solo fuera porque es el primer miembro de la familia real, desde hace generaciones, que vocaliza cuando habla y, por lo tanto, se le entiende) y sin embargo, desde que se supo que se casaba, su vida ha tenido que ser un infierno propiciado por la envidia y por esos columnistas mariquitas que escriben “peep toe” cada dos párrafos.

Hace unos días, se entregaron en Austria los Amadeus (venga, va, abundemos: los “oscar” de la música austriaca). Como de costumbre, estuvieron nominados los grandes y los chicos del negocio musical de EPR (aquí, hasta los grandes son chiquitillos, lo cual hace de estos temas un entrañable acto de felación mutua, si se me permite la comparación torrentiana). Naturalmente, apareció Conchita Wurst (por cierto, horrorosamente peinada/o). Conchita Wurst, por representar el sentir del Frente de Liberación de Judea (ala LGTB) goza del respeto casi general de la tribu del artisteo austriaco. Conchita es un poco como Bibiana Fernández en España, que es la mujer que mejor habla del país. Conchita se marcó un speech (jugaba en casa) y luego entregó un Amadeus. Media hora más tarde, en la misma gala (yo la estaba escuchando mientras retocaba fotos) llegaron las nominaciones a mejor músico en la categoría Volksmusik –o sea, esa gente que canta en playback vestida de traje tradicional) y ganó el Pierre Nodoyuna de la música austriaca, o sea, Andreas Gabalier (ver párrafo 3 de este artículo). Gabalier, después del escándalo que se armó hace un par de años cuando dijo (precisamente al recoger un premio Amadeus) que, en Austria, uno si era un varón heterosexual normalmente constituido y sanamente orientado, lo tenía complicado para triunfar en el mundo de la música (aquí lo contamos) (making Friends, vaya) hizo un Duque de Edimburgo y decidió no acudir al acto de ayer.

El presentador leyó, entre un choteo general apenas disimulado, una nota enviada por Gabalier en la que agradecía el premio y aprovechaba para recordarle a los que piensan que la música que él hace es una ñorda pinchada en un palo, que ha hecho más bolos y con más público que todos ellos juntos, que es lo mismo que le dicen las hamburguesas de McDonald´s a las espumas deconstruidas de hígado de foie con frutitas del bosque de Can Roca.

Uno se acordaba de Marifé de Triana cuando cantaba aquello de:

La loba, ese es mi nombre,

No callarse, qué más da

Pero a ver si quien me lo llama

Con la cara levantá

(pues eso)

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