Empieza la era de Sebastian Kurz

Sebastian Kurz, por fin, ha aceptado ser el nuevo jefe de los conservadores austriacos. Una palabra es clave: refundación. No solo del partido, quizá también del país.

14 de Mayo.- Después de la guerra mundial, Gabriele Chanel, conocida por todos como Coco Chanel, purgó su pecado de haber sido complaciente con los ocupadores nazis en un lujoso exilio en Lausanne, en la zona francófona de Suiza. Allí, coincidió con Paul Morand, un escritor que antes de la guerra se había especializado en novelas de viajes. Chanel era una señora muy inteligente (difícil, borde, pero muy inteligente) y Paul Morand era un gran escuchador que, cuando terminaba de conversar con la modista, subía a su habitación y plasmaba en un cuaderno de notas todo lo que la otra le había contado. Años después, se publicaron las notas de Morand en un librito que se llamó (se llama) El Aire de Chanel. En el curso de sus largas conversaciones suizas, Gabriele Chanel le dijo a Paul Morand que, si ella hubiera tenido hijas, hubiera hecho que toda su formación hubiera consistido en la lectura de novelas, porque en las novelas está todo lo que una persona necesita para moverse por la vida.

En relación a la política, el libro de cabecera de toda persona que quiera estar familiarizada con cómo se mueve el poder es „Yo, Claudio“ de Robert Graves. Los albores del Imperio Romano están descritos no solo con una gran precisión, sino con suma perspicacia a propósito de la naturaleza humana y, sobre todo, por cómo funciona el mecanismo de espejos que comunica el „dentro“ del poder con lo que vemos siempre los ciudadanos, o sea ese „fuera“ que los políticos quieren enseñarnos.

Yo, Claudio es una novela sobre Roma, pero sus enseñanzas pueden emplearse para entender cualquier época.

En el transcurso de la acción del libro, podemos asistir a la transformación de la República Romana en una monarquía. Cuando Augusto, el primer emperador, se muere, su hijo adoptivo, Tiberio, está ya preparado para sucederle, pero naturalmente, para que el pueblo no se soliviante, hay que conservar las formas de la República romana y debe ser el Senado el que le ofrezca a Tiberio el puesto no ya de rey, sino de emperador (un título militar que, antes de Augusto, había significado poco menos que „mariscal de campo“). Se celebra pues un debate fingido durante el cual el puesto le es ofrecido a Tiberio, que lo rechaza (no conviene que parezca ávido de poder) pero cuando el Senado, al fin y al cabo el portavoz del pueblo romano, insiste, Tiberio escenifica la aceptación del poder y es, finalmente, coronado.

El viernes, el diario austriaco Die Presse, el boletín oficioso de los conservadores austriacos, llegó a anunciar en su web que Sebastian Kurz había aceptado ser el nuevo jefe del Partido Conservador austriaco. En lugar de eso, Kurz dio una rueda de prensa en la que explicó las razones por las que no quería aceptar la dirección del Partido Conservador austriaco a cualquier precio. Y su precio era, prácticamente, una refundación de los conservadores austriacos, de manera que el líder tuviera las manos libres para decidir cosas tan importantes (y, sobre todo, que se dan tan por supuestas en los otros partidos del espectro parlamentario austriaco) como decidir su equipo o a quién presenta de candidato a determinados puestos.

Naturalmente, debía celebrarse el correspondiente debate fingido, que ha sido hoy. A pesar de que, probablemente, todo estaba decidido de antemano, Kurz ha comparecido ante el „presidium“ del ÖVP y ha expuesto sus razones, se han debatido esas razones durante tres horas y, finalmente, el „presidium“ del Partido Popular austriaco ha votado por unanimidad que Sebastian Kurz, hasta ahora Secretario de Estado de Integración y Ministro de Exteriores austriaco, será su nueva cara visible.
Naturalmente, no hay que engañarse: detrás de Kurz hay un equipo de personas que le han elegido a él como mejor instrumento para „reiniciar“ el conservadurismo austriaco. No sabemos quiénes son (sería interesantísimo saberlo) pero se siente su presencia y está claro que alguien (o „alguienes“) en los pasillos del poder se ha dado cuenta de que la única manera de contener a la ultraderecha y, con ello, librar al país del elemento distorsionador y potencialmente peligroso que constituiría el FPÖ y devolverle en lo posible al equilibrio de la posguerra mundial, es reposicionar la marca conservadora austriaca la cual, privada del sustento electoral que le proporcionaba un electorado venido del catolicismo social de la pre y posguerra mundial, languidecía desde hacía por lo menos diez años.

El ÖVP, bajo Kurz, será modernizado y „tuneado“. Y las condiciones que Kurz (y quien está detrás de él) ha puesto para aceptar el poder, han sido manos libres para esa modernización. Es muy significativo que Sebastian Kurz ha pedido incluso poder prescindir en la comunicación del partido, de la marca ÖVP. A partir de ahora, el partido se llamará „Liste Sebastian Kurz – de neue Volkspartei“. Es previsible que también se arrumben todas las ferrallas ideológicas que conectan al añejo ÖVP con la Iglesia católica y que el partido, gradualmente, utilice la religión solamente como una manera de conectar con la parte más islamófoba del electorado. La que ahora solo podía acudir a la ultraderecha. Kurz ha pedido también (y es llamativo) una cuota de un cincuenta por ciento de mujeres fija en todas las listas electorales, para terminar con la imagen de un partido gobernado por unos señores mayores y aburridos.

Todo apunta a que, bajo Kurz, el Partido Popular austriaco profundizará aún más la deriva que ya ha iniciado (tímidamente) hacia una ultraderecha light que neutralice al FPÖ utilizando sus propias armas.

Hasta aquí, la teoría.

¿Qué significa en la práctica la ascensión de Kurz? En primer lugar, nuevas elecciones. Y los conservadores van a intentar que se celebren cuanto antes, en septiembre mejor que en octubre, porque en el ÖVP no se quiere correr el riesgo de que la carrocería del chico de oro, forzado a ser el vicecanciller de Kern, se roce con las mezquindades de la política diaria.

En la ultraderecha, miran el ascenso de Kurz con la lógica intranquilidad (saben todo lo que yo he escrito en los últimos párrafos y saben también que, frente a la imagen de juventud -y sobre todo, de novedad- de Kurz, Strache no es más que el eterno aspirante al que todo el mundo conoce) y ya han movilizado todas sus baterias en las redes sociales para desacreditarle, pero a ellos también les interesa que haya nuevas elecciones porque están convencidos de que Strache puede estirar todavía unos meses el impulso que le ha dado la imagen de un gobierno Kern-Mitterlehner paralizado por contínuas disputas.

Hay otra razón además, menos evidente, para que el ÖVP quiera que las elecciones se celebren cuanto antes. La convocatoria de nuevas elecciones y la disolución del parlamento paralizaría automaticamente la comisión de investigación parlamentaria, impulsada por los verdes y la ultraderecha, para esclarecer la compra de los aviones de caza Eurofighter durante la etapa de la desastrosa coalición ÖVP-FPÖ. Todo el mundo sospecha que aún hay muchas bombas informativas que podrían explotar y salpicar a políticos conservadores. No a Kurz, claro (era un niño entonces) pero sí a otros que, quizá, pudieran serle útiles en un momento dado.

Kurz le ha pedido a la socialdemocracia una campaña electoral „corta y límpia“. Ya veremos, pero todo indica a que será todo lo contrario.

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2 Responses to Empieza la era de Sebastian Kurz

  1. Jaime dice:

    Austra de nuevo en tiempos de K & K (en este caso Kern y Kurz) 😉

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