El nombre de la cosa

Si la refundación propuesta por Sebastian Kurz se pasa de frenada, puede haber algún que otro problema. Por ejemplo, de nombres.

16 de Mayo.- Durante muchos años, uno de los dolores de cabeza con el que tuvieron que luchar los programadores de las teles privadas españolas fue que, por defecto, el canal que se sintonizaba en la posición número uno en todos los receptores era La Primera, de Televisión Española. El canal público, o sea.

Si al encender la televisión el primer canal que salía era la emisora estatal, era más que probable que el público se quedara mirando el canal que salía y no se lanzara a la siempre azarosa inspección de las otras emisoras.

Ya lo decía un profesor mío de gratísimo recuerdo: “el hombre es un animal vago por naturaleza”.

El mismo problema puede tener el Partido Popular austriaco si a la junta electoral le da por ponerse pejigueras (con perdón).

Como ya saben mis lectores, porque se lo conté el otro día, una de las condiciones que Sebastian Kurz ha puesto para hacerse cargo del marronazo que supone “refundar” el ÖVP es la de prescindir precisamente de la marca ÖVP, con todo el lastre de connotaciones viejunas que acarrea y presentarse con su propia marca, que sería/será ”“Liste Sebastian Kurz- Die neue Volkspartei” (evitemos el culto a la personalidad, si eso, que en ese negociado ya están Erdogan y Kim Jong Il –o como se llame ahora-). En fin.

Sucede que, según la ley electoral austriaca, los partidos que se presentan a las elecciones ven impreso su nombre en las papeletas electorales según la representación que obtuvieron en los anteriores comicios. De manera que, el primero, en estas elecciones próximas será el SPÖ y el segundo, si no hubiera cambio de marca sería el ÖVP. Bien. Dado que Kurz quiere cambiar el nombre legal del partido, está por verse que la junta electoral austriaca le deje ir en segundo lugar en las papeletas, porque la pretensión de Kurz, destinada, según él, a fundar “un nuevo movimiento” puede verse desde la junta electoral como que el ÖVP ha cerrado el chiringuito y todos sus miembros han pasado a formar parte de un nuevo partido, que se llamaría el Partido de Sebastian Kurz. Con lo cual, la famosa nueva lista iría a parar al final de la papeleta y a los estrategas electorales del (nuevo-viejo) ÖVP les puede pasar lo mismo que a los programadores de las teles privadas, que tengan que luchar contra la tiranía del orden.

Para evitarlo, el ÖVP podría alegar precedentes. Por ejemplo que, en 1994, el SPÖ también cambió su nombre, de Partido Socialista de Austria a Partido Socialdemócrata de Austria y, en principio, no pasó nada (claro está que las siglas siguieron siendo las mismas). En el ÖVP también hay cambios sutiles según la circunscripción electoral, pero en todos ellos se conserva la marca ÖVP y el cambio va después, en la coletilla.

Cuantos más cambios, claro está, más complicado. La cosa se agrava porque al ser Austria una República Federal, hay nueve juntas electorales (una por Land) y todas gozan de autonomía de decisión. Por lo cual, en el peor de los casos, podría suceder que en Baja Austria la junta considerase que Kurz es el ÖVP y permitiera que su nombre se imprimiese en segundo lugar pero que en Vorarlberg, pongamos por caso, decidieran que es un partido nuevo.

Los expertos creen que es poco probable que esto último suceda. Al fin y al cabo, el partido es aquel cuyos estatutos están depositados en el Ministerio del Interior austriaco y eso, hasta ahora, no ha cambiado ni es previsible que vaya a cambiar. Creen que la junta electoral austriaca (o, con más propiedad, las juntas electorales austriacas) distinguirá el partido de la marca.

¿Distinguirá el público también? Lo sabremos el próximo día 8 de Octubre (o el 15).

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