!Que te pego, leche!

Alguien dijo de nuestra guerra civil: „se reunieron los íberos y tuvieron un ligero intercambio de impresiones“. Pues no solo los íberos, no solo.

7 de Junio.- Hace unos días terminé de ver la fantástica serie de Nettflixx The Crown, que narra la vida de la reina Isabel II de Inglaterra (o así). Hay un capítulo dedicado a lo que fueron las quisicosas de su coronación y en él se explica una cosa que hoy en día sería inconcebible.

La coronación de la queen más queen con permiso de Freddie Mercury (que también era muy queen) fue la primera transmitida por televisión. Pero hubo una parte de la misma que ni los ingleses ni el resto del mundo pudo ver, sino solo aquellos que estaban presentes en la abadía de güesminsta, y fue el momento en el que, arropado por un coro de Haendel de esos que te hacen querer ser inglés a la voz de ya, un obispo anglicano ungió a la soberana con los santos óleos y la hizo, como a Maria de la O, más que reina, porque la hizo también cabeza de la iglesia anglicana. Y ahí sigue.

Durante el tiempo que duró esto, aquellos que vieron la retransmisión de la bibisí (Andersen) contemplaron una bonita vista de un relicario ¿Y por qué? Pues porque, como decía un personaje de la serie, la monarquía es monarquía porque ha conservado „la magia“ y sin magia, o sea, sin ceguera, no hay un díos que se crea aquello del poder „por la gracia de Dios“ (que maldita la gracia tiene Dios en algunos casos, al darle poder a según qué cenutrios, por cierto).

Lo cierto, señora, es que, desde que a mediados del siglo pasado los políticos empezaron a convertirse en carne de los masa media, han perdido mucho como personas humanas. El rey al que las cursis llaman „emérito“ fue fotografiado como su madre, Maria de las Mercedes, le puso en este mundo asoléandose los pendientes reales en la cubierta del Fortuna -las fotos no se publicaron en España, por cierto- y gracias al poder de la tecnología nos enteramos de que el futuro rey de Inglaterra, que será Carlos II -qué mal fario, my god– estaba muriéndose de ganas de contenerle a su amada las hemorragias mensuales. Por no hablar más que de reyes.

A pesar de todo, los políticos siguen intentando mantener una fachada que les emparente con los antiguos próceres decimonónicos y sus floridas esgrimas dialécticas -aunque en el siglo XIX, particularmente en España, los políticos se las tenían tiesas los unos con los otros; en sede parlamentaria (otra cursilada) se escuchó a un diputado del siglo equis palito equis llamarle a otro compañero de oficio, que no de partido, „follamadres“ de donde se sospecha que pudo venir el „motherf*cker“ americano que tantos y tantos tonadilleros entonan desde Güisconsin a Niuyor, pasando por Palos de la Frontera.

La tensión que provocan los rifirrafes de la cosa pública suele ir por dentro, aunque a veces, como sucedió el otro día en la cancillería del Gobierno austriaco, a veces sale para afuera y los políticos se lían a guantazos los unos con los otros de manera que terminan recordando a esos púgiles que pueblan los parlamentos orientales.

Pues señor: resulta que el Partido Socialista de Innsbruck organizó entre sus miembros (y miembras) un referendum en el que preguntaron qué actitud prefería la feligresía que mantuvieran con la ultraderecha. En Viena, en donde una de las posibilidades que se barajan de cara al frío y al crujir de dientes que producirán sin duda los resultados de las próximas elecciones, pensaron que una consulta de estas características podría enrarecer las relaciones entre un SPÖ que no las tiene todas consigo y un FPÖ que ya le ayuda en algunas circunscripciones austriacas.

Se envió a los del referendum un pliego de instrucciones al respecto, parece ser que sin consultar en la cancillería. No sentó esto bien en la segunda magistratura más alta del país. Se convocó una reunión en donde dos fogosos socialistas se pusieron a demostrar con los hechos que la izquierda aplaude el contraste de pareceres. Vamos, los contrastaron tanto que parece ser que se remontaron en el árbol genealógico de las madres respectivas. Se debió de acusar a las progenitoras (las pobres, qué culpa tendrían) de ejercer una profesión para cuyo ejercicio era menester que llevasen las bragas muy límpias.

El socialista más partidario de la contención en lo que a las elecciones con el FPÖ se refiere, fue zarandeado por un partidario de mandar a la ultraderecha a freir espárragos. El „Kernista“ cayó al suelo y hubo de ser ayudado por otros correligionarios a recobrar la verticalidad. Vergüenza general. Qué nos está pasando.

Por suerte, no había cámaras, y el incidente solo trascendió porque uno de los que lo presenciaron habló con un amigo el cual, a su vez, lo contó a un periodista de Die Presse (ya se sabe „pues sé de muy buena tinta que…“). Para los demás, sin embargo, se conservó la magia. Obiwan que no ve, Obiwan que no siente. Alabado sea Dios.


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