La Europa de las dos calidades

Viena

Una empresa austriaca (entre otras) tiene al premier eslovaco más cabreado que un sioux. Veamos el porqué.

20 de Julio.- Las relaciones entre el este y el oeste de Europa no son ni han sido nunca fáciles. Muchas son las razones ero la principal, en mi opinión, es el dinero.

El occidente europeo es mucho más rico que el oriente. Con todo lo que ello implica. Como tengo escrito muchas veces, la pobreza material conlleva también, de manera casi indefectible, la pobreza espiritual. Al calor (aunque mejor habría que escribir „al frío“) de las duras condiciones materiales en el este ha florecido una invasión cada vez mayor de lo más radical y peor de la religión en la esfera pública y, como sucede por ejemplo en Polonia o ha sucedido antes en Hungría, hemos asistido a la aparición de nacionalismos populistas y de ultraderecha que son, nadie puede dudarlo, bombas de tiempo colocadas en las mismas entrañas de la Unión. Bombas que amenazan un futuro común de paz y democracia en el continente.

Obviamente no todo el mal es culpa de los países del este de Europa. Uno de los pecados originales de la UE (o quizá solo una fotocopia del mismo pecado repetido muchas veces antes) es que su expansión hacia el este, a partir del núcleo original de los doce, estuvo muchas veces guiada por presiones de los grandes grupos empresariales, los cuales veían en aquellos países recién salidos del comunismo mercados llenos de de atractivo. Y ya se sabe cuáles son los atractivos que pueden resultarlo a una organización empresarial: regulaciones laxas, particularmente sociales y laborales, sueldos bajos, consumidores ávidos.

Millones de personas se enfrentan hoy a la cara B o, mejor, a la calidad B, del llamado sueño europeo. Y de eso precisamente, de calidades B, hablaremos hoy.

El presidente de la República de Eslovaquia ha llamado poco menos que al boicot de los productos occidentales de determinadas marcas, entre ellos los de la multinacional de congelados Iglo o la marca de dulces austriaca Manner (la cual fabrica las galletas napolitanas que son el delirio de todas las señoras mayores austriacas).

La razón es que, según el mandatario eslovaco, estas y otras marcas destinan a los mercados del este productos de peor calidad que los que consume la Europa rica.

Las marcas, obviamente, niegan la mayor y solo asumen lo que, por otra parte, permite la legislación comunitaria. Esto es: cambios en las recetas de los productos para adaptarlos al gusto local.

¿Quién tiene razón? Basta con tener dos ojos en la cara y con saber sumar para darse cuenta de que es muy probable que el cabreado político tenga razón en sus protestas. Veamos: en Austria, un sueldo medio ronda los 1500 (doscientos arriba o abajo) en tanto que en Hungría un trabajador se lleva a casa unos cuatrocientos.

Aunque las napolitanas se produjesen en Hungría o Eslovaquia por una fracción de este coste (la diferencia serían los de la mano de obra) es obvio que el resto, o sea, la materia prima, permanece más o menos igual. Por un simple juego de sumas y restas se puede deducir que si Manner vendiese en un país en donde la gente gana 400 al mismo precio que en un país en donde se ganan 1500, quedaría imediatamente fuera de mercado.

Como se le alcanza a cualquiera, ante esta situación Manner tiene dos opciones: una, no vender o vender a pérdidas, para que las señoras mayores eslovacas puedan seguir disfrutando con sus amigas de las galletas a la hora del café.

La otra posibilidad es ajustar los costes a los precios y para conseguirlo una de las posibilidades, quizá la más obvia, es tocar las calidades.

De cualquier modo, las protestas del premier eslovaco delatan una sutilísima nostalgia del plan quinquenal y un no querer entender que, en esta cosa del capitalismo, vales tanto como puedes pagar. En estas ocasiones, yo me acuerdo de una pintada callejera que vi en Cuba. Con el típico fatalismo de aquella hermosa isla alguien había escrito en una pared: „ Hay otras vidas más baratas que esta, pero no son vida“.

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