La honra de una mocita

Un crímen acaecido en una barriada popular de Viena trae a los austriacos de cabeza. A sugerencia de una lectora, nos ocupamos de él.

23 de Septiembre.- Cuando yo era pequeño (y no hace tanto) España era la Hungría de hoy, o Polonia.

Era inmediatamente después de la noche larga y roñosa del franquismo. La Iglesia católica aún tenía muchísimo poder y dictaba lo que era decente y lo que no (sexualmente hablando sobre todo) y, como era un país pobre („en vías de desarrollo“ se decía en mis libros de texto) apenas había extranjeros.

Cuando yo era pequeño (y no hace tanto) el objeto de la secular xenofobia y racismo de España eran los gitanos. Uno de los primeros recuerdos que tengo, junto a la confusa memoria del miedo que se extendió por el envenenamiento masivo del aceite de colza, es el de un telediario en el que se explicaba que los payos de un pueblo de España no querían que los niños gitanos fueran al colegio con sus niños. Prefirieron, los muy animales, quemar la escuela. Recuerdo el humo negro saliendo de las ventanas y mi incapacidad de niño para comprender aquello.

De los gitanos, en aquella época, se decían todas las cosas, punto por punto, que se dicen hoy de los refugiados, menos lo de que son terroristas, aunque se los asociaba con el crímen, naturalmente y se daba a entender que eran violentos. Irracionalmente violentos, porque el racismo lo primero que hace es deshumanizar a los que lo sufren a base de quitarles atributos de las personas, como la racionalidad.

También se contemplaba como algo exótico (aunque me temo que el desagrado era solo superficial) el extremo código moral por el que se regían los gitanos, particularmente en lo que se refiere al honor sexual de la mujer. La sociedad gitana era ferozmente machista (de lo que la gente no se daba cuenta entonces, inmersa ella misma en un machismo las más de las veces asqueroso, es de que la sociedad española era muy machista en general) y hoy aún, cuando estamos pasados de copas, los españoles seguimos cantando canciones de aquella época, con letras tan bestias como la que da título a este artículo:

El cristal cuando se empaña

Se limpia y vuelve a brillar

La honra de una mocita

se mancha y no brilla más

Recuerdo que corría el bulo también por ejemplo que a los gitanos el Estado les daba pisos (gratis, como se dice ahora con los refugiados) pero que después de quince días viviendo en ellos preferían volver a sus chabolas, o que tenían las cabras andando por las habitaciones y cagándose por los rincones y que cuando los gitanos abandonaban los pisos y se los daban a los limpísimos payos, estos se echaban las manos a la cabeza y tenían que hacer las casas de nuevo, porque estaban inservibles.

La única enfermedad que los gitanos tenían (lo mismo que la única que tienen los refugiados hoy) es que eran pobres y la miseria creaba un círculo vicioso que les aislaba del resto de la sociedad, y de ahí, para abajo, desgraciadamente. La pobreza es mala, fea y perra. Siempre. Es como un chapapote del que no se puede escapar con las propias fuerzas. El que es pobre tiene otras prioridades que estudiar y aprender o relacionarse con otras personas que pudieran darle otras perspectivas sobre su vida. Los gitanos de entonces y los refugiados de hoy son pobres y la sociedad se dice a sí misma que no merecen ser menos pobres argumentando que no sabrían que hacer con unas condiciones de vida mejores, porque son un poco menos humanos que nosotros (no se dice con esas palabras, claro, pero el fondo es ese, sobre poco más o menos).

Todas estas cosas las pensaba yo mientras, por sugerencia de una lectora, me documentaba para hablar sobre un crímen sucedido en la popular barriada de Favoriten, que es una de las más populares de Viena y en donde viven mezclados „gitanitos“ y „payos“(en versión austriaca, naturalmente).

Una chiquilla afgana de catorce años (la mocita de la canción) fue asesinada por su hermano en el patio interior de la casa en donde vivían. El hermano se entregó poco después. Los antecedentes del asesino hablan de marginalidad, de hurtos pequeños y grandes.

En principio, el asesino habló de un accidente (?!), pero después se ha sabido que la chiquilla estaba literalmente encerrada en casa, al cuidado de una hermana mayor, porque quería hacer la vida que veía en otras muchachas de su edad, y salir con las amigas (es predecible que, también, habría chicos en la pandilla, claro, cosa que el lorquiano afgano veía como una mancha para el honor de la familia).

Montescos y Capuletos, vaya.

La única manera de romper la costra que la pobreza crea alrededor de estas personas y, por lo tanto, la única manera de romper el cilicio que aflige a sus mujeres (pero también a los hombres, porque el machismo es también una lacra que nos mancha a nosotros también) es hacer lo que en España se ha hecho en los últimos treinta años para mejorar en lo posible la vida de las personas de etnia gitana. Sobre todo, recursos, dinero, escuelas, libros.

Los miopes lo ven como un gasto. Los inteligentes, en cambio, lo vemos como una inversión. Y muy productiva, además.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

Un comentario a La honra de una mocita

  1. Ernesto Pastore dice:

    ¿Los antecedentes del asesino hablan de marginalidad, de hurtos pequeños y grandes.?Entonces la justicia austriaca es como la sudamericana. Los criminales siempre tienen frondoso prontuario y siempre están libres, es un misterio. ¿No hay deportación para esa gente díscola? Si todos pudiéramos alegar problemas sociales marginales políticos económicos psicológicos, el mundo estaría habitado solamente por los victoriosos asesinos felices descontentos.

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