Elias Canetti: Viena es la clave (2)

Canetti vivió en Viena, creció como escritor y consolidó la que sería su identidad. Los que le persiguieron entonces, hoy están olvidados.

13 de Octubre.- la década de los años veinte, en Viena, fue de todo menos tranquila. A los vieneses de aquella época, se les hubiera podido aplicar lo que, con frecuencia, se dice de los catalanes, o sea, que se debaten entre el Seny, el sentido común, y la Rauxa, o sea, una borrachera durante la cual se les pone un velo delante de los ojos y no paran mientes en lo que dicen y hacen.

A Canetti, durante aquel periodo de entreguerras, le tocó presenciar la Rauxa de los austriacos, y sacar conclusiones, como luego veremos.

Durante estos primeros años de formación, apoyado por la fiel Veza, con la que, e todas formas, nunca tuvo una relación matrimonial muy convencional, Canetti se dedicaba a trazar planes para grandes obras (las realizaría años después) y a formarse, sobre todo en lo referente a los aspectos de la investigación filosófica. Como muchos jóvenes letraheridos de la época, Canetti fue asiduo de las lecciones del volcánico Karl Kraus, una de las mentes más brillantes de aquella Viena, la de entresiglo, en la que había mentes brillantes para exportar. Literariamente hablando, Karl Kraus lo mismo planchaba un huevo que freía una corbata. O sea, que era un hombre completísimo, periodista, novelista, satírico, ensayista. Canetti, como muchos jóvenes de su época, estaba a sus pies.

Los ecos de la Revolución Rusa se extendían por una Europa a la que aún le estaba costando acostumbrarse a que el siglo XX había llegado para quedarse.

Esta complicada adolescencia del mundo moderno se complicó en Austria con una crisis agudísima de valores, la que propició la caida del imperio, y que terminaría derivando en un desprestigio del ideal de la democracia que creció como un árbol maligno en el corazón mismo del jardín de la intelectualidad europea. Allí, dio dos clases de frutos que la Historia ha revelado igual de catastróficos para la idea del hombre libre y crítico: de un lado, el fascismo, de otro, el bolchevismo.

Canetti lo observó todo y reparó en que, en el siglo XX, la Historia iba a estar modelada por una fuerza a la que, en su opinión, los sabios del momento, como Freud o Le Bon no habían prestado una atención suficiente: la Masa (no: el increible Hulk no: el grupo de personas enardecido).

En 1927 sucedió en Viena un hecho que me atrevería que fue crucial en el deseo de Canetti de entender el funcionamiento de la Masa como fuerza imparable: debido a los disturbios desencadenados por un fallo judicial (nunca mejor dicho lo de fallo) de un caso de asesinato en el que estaban implicados pistoleros protofascistas y socialistas, las turbas vienesas (la Masa) asaltaron el Palacio de Justicia de Viena y provocaron un incendio que lo dejó reducido a cenizas (particularmente lo que más ardía, o sea, los expedientes de las causas criminales).

Los disturbios subsiguientes, que duraron varios días, fueron observados por Canetti como atónito espectador y fueron el germen de su Opus Magna: Masa y Poder.

Canetti era un hombre sin duda complejo, pero curioso y conforme crecía como escritor, su círculo de amistades se fue ampliando, aunque dominaban en él los intelectuales de izquierdas. Entre 1927 y 1928 se enamoró de la poeta Ibby Gordon, y siguiéndola, se fue a Berlín (sin Veza, su mujer) durante un verano durante el cual tuvo ocasión de comprobar que Viena, en comparación con la efervescencia del Berlín de la República de Weimar era un panteón.

En Berlín conoció a los mayores intelectuales de la época, como Berthold Brecht y bebió insaciablemente de todo lo que quisieron enseñarle. El contraste entre Berlín y Viena le llevó a escribir más tarde su novela Die Blendung. Al volver a Viena trabó relación con Fritz Wotruba (sí: el autor, entre otras, de la fantástica Wotruba Kirche, que es una de las cumbres de la arquitectura moderna del siglo XX y que es un edificio que uno no se cansa de mirar y de visitar) y empezó a dar lecturas de sus obras que empezaron a hacerle más y más conocido, aunque siempre en círculos escogidos y minoritarios.

A finales de los años treinta, sin embargo, la situación en Centroeuropa se complicaba más y más para los judíos y los proyectos literarios de Canetti se vieron forzosamente complicados por otras prioridades más importantes, como la de sobrevivir, por ejemplo. En un mapa de Europa que se complicaba cada día más, la ambigua situación legal de Elias Canetti y de su mujer Veza, a quienes la caida del imperio otomano había dejado en la situación de ser apátridas, no mejoraba demasiado las cosas. Aparte de ser judíos, los Canetti no se adaptaban demasiado a las convenciones de un matrimonio burgués tradicional, y ya se sabe que en los tiempos en que el mal se levanta y sale a pasear, lo que no es convencional siempre es sospechoso (bueno, en épocas más benignas también: lo que no es convencional siempre es sospechoso). En las navidades del año treinta y ocho, los Canetti consiguieron salir de Austria, por Francia y se establecieron en Inglaterra. No volvieron a vivir nunca en Viena. De todas maneras, para lo bueno y para lo malo, la ciudad ya nunca volvió a ser lo que había sido durante los confusos años veinte.

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