Guaperismos

Con ocasión de la victoria de Kurz, el Falter, semanario vienés, publicó una portada que no ha gustado a todo el mundo.

20 de octubre.- Un amigo mío cuenta que una vez, durante el reinado de Juan Pablo dos palitos, fue a Roma de turismo con su novia y se acercó, como hemos hecho todos, a San Pedro del Vaticano. Era un día en el que el papa, entonces aún un cincuentón atlético que sonreía a diestro y siniestro, y aún no aquel pobre anciano obviamente demente de sus últimos años, concedía la acostumbrada audiencia pública.

Por una de esas casualidades de la vida, a mi amigo lo sentaron en un lugar en el que podía ver no solo la ceremonia y al pontífice, sino también observar las reacciones del público, compuesto en su mayoría por señoras mayores con mantilla y religiosas de diferentes edades y nacionalidades. Terminada la ceremonia, que fue por cierto, eterna, el representante de Dios en el planeta saludó y bendijo al público asistente y, entre él, a las monjitas, las cuales prorrumpieron en gritos histéricos que escandalizaron mucho a la novia de mi amigo, porque le parecieron de una obvia naturaleza sexual y porque se dio cuenta de que, a pesar de ser esta naturaleza sexual evidentísima y totalmente idéntica al revuelo que hubiera supuesto la aparición en escena de un ídolo de adolescentes, salvo ella (que es persona, aclaro, de un juicio muy recto) todo el mundo actuaba como si no fuera capaz de trazar el obvio paralelismo.

Esto que mis lectores acaban de presenciar es un caso extremo de lo que en psicología se llama “efecto halo” el cual consiste en la traslación de determinadas cualidades morales a aquellas personas que nos resultan atractivas, aunque no tengamos información suficiente para saber si esas cualidades son auténticas o no. Desde el advenimiento de la cultura de masas, la publicidad lo utiliza con profusión, principalmente a la hora de convencernos de que compremos determinados productos, a fuerza de poner cerca de ellos a atletas, modelos, actores de físico nuclear.

Este mecanismo de la psique humana también ha sido utilizado, naturalmente, para vender cosas más peligrosas que botes de Colón. No se pueden entender los fascismos, tanto el soviético, como el nazi, sin este culto al cuerpo y la belleza física, esa machacona insistencia en la salud. De manera que toda la imaginería de la Rusia comunista y de la Alemania nazi está poblada de sigfridos de músculos art decó y dianas de pechos redonditos y pugnaces que desafían la ley de la gravedad, demostrando con ello la superioridad de las glándulas de la raza aria (la España franquista no produjo una imaginería semejante porque el hambre que se pasaba, obviamente, hacía que la sufrida mata de nuestro pueblo solo produjese gente bajita y más bien renegrida).

Cuando, a principios de los ochenta, resucitó en Austria la ideología “derécher”, una de las cosas de las que se valió Jörg Haider para vender su producto fue convertirse él mismo en un hombre anuncio, haciéndose fotografiar constantemente sin camiseta, practicando deportes en los que podía llevar el torso desnudo. No había inventado nada nuevo. Ya en los años veinte, Benito Musolini ya copiaba las poses de un forzudo del cine mudo, “Maciste” (en italiano se pronuncia “Machiste”) y uno de sus pasatiempos predilectos era pasearse a caballo sin camiseta por la playa de Ostia (en una de esas, por cierto, conoció a Clara Petacci, la más fija de sus innumerables amantes). Volviendo a los ochenta, Haider, en parte por afición y en parte por táctica política, se rodeó de una corte de hombres jóvenes y guapos (por ejemplo, el que fue su ministro de economía Karl Heinz Grasser, que no perdía ocasión de enseñar unos abdominales esculpidos en horas interminables de gimnasio) y en aquella época, algún columnista tan ingenioso como rebosante de mala leche, acuñó el término “Feschismus” (Fesch significa guapo en alemán) como obvio juego de palabras entre Faschismus y Feschismus. La ocurrencia hizo fortuna y la posterior trayectoria de los gobiernos de coalición entre el FPÖ de Haider y el ÖVP, que se movieron entre la vaciedad y el escándalo internacional, pareció confirmar que en realidad el “Feschismus” era en realidad solo el envoltorio de un vacío, una burbuja de populismo que se ahogaba en su propia inanidad.

El domingo pasado, Sebastian Kurz ganó las elecciones y el Falter, conocido semanario local vienés, de notorias tendencias izquierdistas, publicó a toda página su foto con el viejo título “Neofeschist”. No ha faltado gente (sobre todo de la acera ideológica de Kurz) que haya puesto el grito en el cielo, considerando que la humorada no tiene maldita la gracia y pidiendo al organismo autorregulador de la prensa austriaca que tome cartas en el asunto, considerando la asociación entre Sebastian Kurz y los viejos “guaperismos” una broma de mal gusto, un corte mal dado al manejar esa cuchilla de afeitar que es el humor cuando se asocia con la información política. O quizá es que la molestia haya venido por algo parecido a lo que le pasó a la novia de mi amigo con las monjitas y el papa, vete a saber.

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Un comentario a Guaperismos

  1. El paralelo que haces de Kurz y el feschistmus es bastante simpático, a mi parecer pones el dedo en la herida ! Este jovén es un producto envuelto con feschistmus y como lo manifiestas vacio por dentro .Ha venido marketeandose ya buen tiempo y lamentablemente Austria actual ya no es la de la época de Bruno Kreisky,el intelecto brilla por su ausencia todo es superfulo y nadie ya lee.

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