Pasar por el aro

pintura del museo de la ciudad de VienaLa onda expansiva del escándalo Weinstein también ha llegado a Austria. No a todo el mundo le ha sentado bien.

30 de Octubre.- Hoy, para empezar, me gustaría que mis lectores retrocedieran en el tiempo y se vieran a sí mismos(as) cuando tenían catorce años. Imaginen que les hubieran invitado a una fiesta y que sus padres de ustedes les hubieran dejado ir solos a esa fiesta. Y que en esa fiesta solo hubiera adultos (ya la situación es un poco rarilla ¿Verdad?) y que mis lectores, chicos y chicas de catorce años, hartos de escuchar conversaciones de adultos, que si una piedra en la vesícula, que si mira yo, que me operé del quiste y que qué dolor de muelas ¿Y del de oidos? !Qué me dices! Ese sí que es malo, pues no te cuento lo que es un cólico al riñón pues harto de todas estas cosas, ustedes deciden irse a una de las habitaciones de la casa, se tumban en una cama y se ponen a ver, qué sé yo, los Osos Gummy o Hannah Montana, o alguna película „de la saga Crepúsculo“ (qué hortera es la palabra „saga“ en este contexto). En fin, que entre pitos y flautas, oscurece fuera y ustedes, niños de catorce años, venga a ver la tele, y a esto que se hace el silencio porque todos los invitados se han ido y entonces llega un señor, que les dobla la edad.

El señor está bastante trompa y se tumba al lado de ustedes y, acto seguido de tumbarse, les mete a ustedes mano.

Borracho como una cuba, el metemanos se duerme, ustedes se zafan del peso que les pesa y se marchan a su casa. Naturalmente, no le cuentan nada a sus padres.

Pasan treinta años y ustedes deciden contar la historia. Salen del infierno que les ha reconcomido el alma durante tres décadas y explican, a quien quiera escucharles, que fueron víctima de abusos sexuales cuando tenían catorce años. El abusador es, entre tanto, un personaje conocidísimo que gana un pastizal haciendo de Presidente de los Estados Unidos en un culebrón con ínfulas (House of Cards), trabajo que le permite pagar a un tipo que es un zorrete. El zorrete le dice al tipo que los tiene de corbata, pensando en todos los subscriptores de Netflix que van a dejar de pagar su cuota:

-¿Tú quieres salir de esta? Pues vas a tener que pagar un precio. Te vamos a sacar del armario.

-¿Es necesario?

-Lo es. Pero vas a quedar como Teresa de Calcuta.

-¿De feo?

-No, de bueno. Tú déjame a mí.

Esto es lo que le ha pasado a Kevin Spacey. Hoy le ha denunciado un chaval (hoy un señor de mi edad) por haberle metido mano en plena pubertad. El publicista de Spacey ha elaborado un comunicado en el que, maquiavélicamente, ha sacado un partidazo de esta noticia, que hubiera hundido la carrera de otro cualquiera y ha blandido la varita mágica, la carta comodín: señora, soy gay y voy a vivirlo „honestamente“ (antes se decía honradamente). El niño de catorce años que tuvo que sacarse de encima al borracho sobón ha quedado como un aprensivo en tanto que el borrachuzo menorero ha quedado, como le prometió su publicista, como Teresa de Calcuta.

(Por lo menos, de momento, que así empezó también lo de Bill Cosby y mira).

Desde que el hijo de Mia Farrow echó a Weinstein a los pies de los caballos hemos descubierto que el mundo del espectáculo es Sodoma y Gomera (juntas) aunque probablemente el mundo del espectáculo no sea muy distinto del mundo de los fabricantes de paraguas o del mundo de la literatura o del mundo del atletismo de alta competición -que ahí sí que han cocido habas, particularmente en el negociado de artes marciales-.

Esta polémica también ha llegado a Austria, naturalmente. En un conocido medio, varias mujeres conocidas han explicado sus experiencias con tipos de los que tienen la lengua y la mano larga. Algunas tan conocidas como la jefa de informativos de Puls 4, Corinna Milborn, la cual, hace unos meses sostuvo una agria polémica con Felix Baumgartner, ese hombre que cada vez que habla sube el precio del pan hasta la estratosfera.

A tan sentidas declaraciones ha respondido otra actriz conocida, Nina Proll, que trabaja en la versión austriaca de Mujeres Desesperadas (bueno, o así) la cual ha dicho que a ella, en veinte años de carrera, nunca le han hecho proposiciones deshonestas y que, en cualquier caso, a ella los acercamientos de un hombre con intención sexual le parecen básicamente agradables („porque le hacen sentir a una que está en el mercado“) le ha hecho falta decir. También ha dicho que a ella no le parece que, al contrario de lo que sugieren las confesiones, revelaciones, etcétera de estos días sea necesario pasar por la posición horizontal para llegar a algo en la vida y que le parecía que muchas de las que ahora confesaban estaban „mendigando“ una especie de compensación por haber sacrificado una carrera prometedora en el altar de la honestidad (con el significado de la palabra que viene en el diccionario).

De estas palabras se deduce que Nina Proll es una muchacha a la que le gusta ir contra corriente. No se sabe de mujeres con algún peso público que hayan apoyado sus afirmaciones. Quien sí lo ha hecho, ha sido Felix Baumgartner, conocido por…En fin, para qué decir por lo que es conocido si todo el mundo lo sabe.

Con apoyos así, quien necesita enemigos, habrá dicho Nina Proll. Y no le habrá faltado razón.

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