Cristales rotos

En la noche del 9 al 10 de noviembre se cumplen 79 años de los hechos más demoníacos que ha vivido la ciudad de Viena.

8 de Noviembre.- Al pensar en los hechos históricos, a veces tendemos a pensar que, para las personas que los vivieron fueron también un día su actualidad, como lo son hoy para nosotros la presidencia de Donald Duck, digooo Trump, o los preocupantes acontecimientos de Cataluña.

Al examinar los hechos históricos, nosotros siempre jugamos con una ventaja que, de puro sabida, normalmente pasamos por alto: nosotros siempre sabemos lo que pasó después. Ante nosotros se desarrolla siempre el arco completo de los sucesos, somos perfectamente conscientes de las consecuencias y, aunque el filósofo decía que no nos bañaremos dos veces en el mismo río, también es cierto que si quisiéramos, podríamos aprender de los hechos que vivieron nuestros abuelos tratando de no caer dos veces en el mismo error.

El año que viene se cumplirán diez años del colapso de Lehman Brothers y de la llamada crisis de las hipotecas basura. Fue el principio del fin del mundo del siglo XX, como la crisis del veintinueve terminó con los últimos vestigios del mundo del siglo XIX que habían perdurado después de la primera guerra mundial.

En aquellos días, ya estaba claro para quien se hubiera preocupado un poco de aprender historia que la crisis económica avivaría los fantasmas que viven en el corazón del hombre desde que el mundo es mundo y que suele estar larvados cuando la barriga está llena y hay una estabilidad económica.

El auge que vivimos de los nacionalismos y de su hermano inseparable, el racismo (porque en todo nacionalismo está siempre la semilla más o menos disimulada del racismo) no se puede comprender si no se piensa en las fuerzas económicas desatadas que salvajes, con la fuerza de una catástrofe natural más grande que nosotros, los indivíduos y que los instrumentos, los gobiernos, que nos hemos dado para regir nuestra convivencia, han golpeado el mundo desde que, en 2008, la gallina de los huevos de oro pasó a mejor vida.

También en Noviembre, el día 10, se cumple todos los años el aniversario de un hecho que fue provocado, sin duda, por las fuerzas económicas salvajes desatadas, las cuales rompieron el candado que cerraba la jaula en donde, demoníaca, dormía la bestia.

La noche del diez de noviembre de 1938, la turba, excitada por la propaganda y por el nacionalismo, instigada por un gobierno criminal, mostró su peor cara.

Aquellos acontecimientos, que se desarrollaron por todo lo que, entonces, era territorio alemán, pasaron a la historia como el Progromo de noviembre o la noche de los cristales rotos.

Tendemos a pensar que aquellos seres que hicieron daño creyéndose los dueños de la vida de sus convecinos habían sido, antes de convertirse en monstruos, personas como nosotros. Se nos olvida, tendemos a olvidar, que esas personas no se sentían malas de ninguna forma, que habían empezado quizá dejando de ir a comprarle al tendero judío, o que habían dejado de ir a ver una película porque en ella salía una actriz que tenía un apellido hebreo, o que no querían que sus hijos se sentaran en la escuela junto con un niño que no era „ario“ (lo mismo que hoy hay mala gente que no quieren que su hijo se siente en la escuela con un crío que se llame García y mala gente que no quieren que su hijo se siente en la escuela con un niño que se llame Puig, porque si algo ha demostrado la mala gente es que la hay para todos los gustos y casi ninguno piensa que lo es).

En Viena, aquellos hombres y mujeres, con la colaboración inestimable del poder, dejaron un rastro de devastación (eso significa la palabra rusa de la que deriva el término pogromo) que aún hoy se recuerda y que, al contrario de lo que la gente piensa, no fue el principio de la deshumanización, sino que fue el culmen, la última gota que colmó el vaso. En Viena, treinta personas murieron aquella noche, 7800 fueron encarceladas y cuatromil fueron enviadas directamente a campos de concentración.

Muchos miles, en los días que siguieron tuvieron que dejar su patria, sus casas, sus escuelas, las calles en donde habían jugado y, lo más importante, su paz, y aprendieron lo que significaba tener miedo de gente de la que, hasta aquel momento, habían creido que eran seres humanos. Alrededor de ellos se instaló un silencio hosco, primo hermano de la muerte, del que muchos no consiguieron salir. Nunca.

Cada época es un enigma que se plantea a los que la viven. Esperemos que nosotros sepamos resolver también el nuestro de la mejor manera posible.

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