Un punto a su favor

No hay que tener miedo a reconocerlo. Hay una cosa en la que los austriacos nos ganan por goleada. Quizá en vez de quejarnos, deberíamos aprender.

28 de Noviembre.- Cuando uno lleva tanto tiempo viviendo en un país que no es aquel en el que nació, empieza a ver la propia cultura desde una cierta distancia. Supongo que es mi caso. El proceso se desarrolló de una manera bastante natural quizá porque, como jamás fui chovinista (de entre todas las enfermedades infantiles la más idiota es el nacionalismo), no me costó nada ver desapasionadamente las maneras de ser y reaccionar típicas de los españoles. También supongo que se debió a que, desde el primer día, yo me propuse (y creo que lo he conseguido) echar raíces aquí actuando deliberadamente como si una vuelta a España fuera imposible. Naturalmente no era así, pero supongo que de alguna manera esta idea me ayudó a sobrellevar mejor el trauma y a desarrollar una „identidad austriaca“ que hoy se ha convertido en una parte más de mí.

Como con tantas otras cosas, a lo largo de estos años he aprendido a vivir con el hecho de que mi feliz proceso de adaptación es menos típico de lo que pudiera pensarse. Quizá sea porque a mucha gente le asalta el miedo a la posibiliad de quedar desarraigada, en muchos casos salta un mecanismo que hace que las personas se vuelvan extremadamente protectoras con los rasgos peculiares del sitio en donde nacieron. Esta es la raíz, pienso yo, de esos comentarios a propósito de la falta de humor de los aborígenes o de su falta de empatía o de la nostalgia, a todas luces insensata, que algunas personas desarrollan a propósito de la comida o de los horarios españoles, y que a veces constituyen los impedimentos más contumaces para que puedan disfrutar de las muchísimas cosas fenomenales que ofrece este país.

Como digo una cosa, digo también la otra: es fácil también caer en un síndrome de Estocolmo que lleva a pensar que todo lo austriaco es maravilloso y todo lo español una porquería. Sobre todo si uno, por lo que sea, tiene necesidad de sentirse aceptado.

Toda esta larga introducción ha venido a cuento (espero) porque hoy me he dado cuenta de que hace exactamente un mes que entró en vigor en la región española de Cataluña el famoso artículo 155, medida legal cuyo eco llegó hasta la propia Austria.

Sin entrar a valorar la justicia o la eficacia de la medida (como todos mis lectores son buenos entendedores creo que tienen los elementos suficientes como para hacerse una idea de mi opinión al respecto) me gustaría llamar la atención sobre un aspecto de la reacción de la sociedad española a propósito de todo el tema.

Reacción que, sospecho, forma parte fundamental (y no grata) de nuestro carácter como nación y que, sospecho también, en Austria no se hubiera producido si se hubieran dado en Austria las mismas circunstancias.

Por decirlo con pocas palabras: antes y durante (y me temo mucho que después también, aunque lo peor está aún por llegar) España entera se vio encenagada en un torrente sucio de palabrería tan vacía como inútil.

Durante los quince días previos a la aplicación del famoso artículo, en medio del espacio social español creció una tumefacción de palabras estériles, una bolsa inmensa de pus maloliente que se abonó de manera consciente desde todos los frentes implicados sin excepción y que no contribuyó de ninguna manera a la mejora de la situación antes bien al contrario, lo único que hizo fue enconarlas todavía más, hasta el punto de que hombres públicos de bondad y valor cívico demostrados, como el escritor Antonio Muñoz Molina o el artista Joan Manuel Serrat, se vieron obligados a lidiar con unos calificativos que de ningún modo merecían y que recordaron a los momentos más turbios y más feos de nuestra Historia.

Realizar el experimento es imposible, pero durante ese tiempo yo me preguntaba qué hubiera pasado si en España se hubieran apagado durante quince días Facebook, Twitter y Whatsapp, y se hubieran prohibido esos engendros que la tele española (y las radios) parieron en los años noventa y que suelen llamarse tertulias aunque de tertulias tengan poco, porque para que exista una tertulia tiene que haber antes voluntad de escuchar por ambas partes y la capacidad, aunque sea utópica, de que pueda existir un cambio de opinión por alguna de las partes.

Qué hubiera pasado, me preguntaba yo, si se hubieran dejado nada más que los medios de comunicación „predigitales“ y se hubiera dado a la sociedad española una pausa durante la cual reflexionar con calma y, sobre todo, sin ruido, y sin estar presionado por ese leviatán subnormal y mafioso que es la conciencia colectiva enardecida.

Reparando en todo esto me di cuenta de que los españoles vivimos en una superstición que no aqueja a los austriacos y es la de pensar que dialogamos cuando, en la mayoría de los casos, vivimos sumergidos en un monólogo ombliguero; a esto se añade la propensión, me temo que incurable, que los españoles tenemos para hablar en círculos, por el placer de escucharnos (a nosotros mismos) y sin llegar a ninguna solución (vamos: y sin querer tampoco).

En mi opinión, hablan los austriacos en general mucho menos que los españoles y en la mayoría de los casos huyen de las vueltas innecesarias. Cuando se le coge el truco, la verdad es que es muy de agradecer. Dado lo que se nos viene encima, quizá deberíamos ponernos a aprender un poquito de ellos. No sé. Es una idea.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

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