La serpiente y el conejito

Con un título como el de hoy, habrá algún lector „desahogao“ que piense que este post va de deseo carnal. Pues no, nada de eso. Aunque carne hay una poca.

20 de Febrero.- Una de las cosas más raras (y más asquerosas, ya aviso) que yo he escuchado que alguien hacía por amor a otro ser humano la supe en una cena en casa de una conocida, hace unos años.

Entre los asistentes había un hombre de edad mediana, el cual estaba notoriamente triste. Llegado un momento, la señora de la casa le preguntó qué le sucedía. El doliente aprovechó la oportunidad para desahogarse. Contó que su pareja („parejo“, creo que era, pero no estoy seguro) solo parecía tener interés en una serpiente de respetables proporciones que vivía en un terrario, el cual ocupaba gran parte del espacio disponible del salón de la casa que compartían. No era la bicha el único animalito, por cierto. En aquella santa casa, remedo del arca de Noé, había un perro (grandote supongo, para que llegado el caso pudiera defenderse de la serpiente), un par de tortugas y qué sé yo qué más.

Nuestro hombre se quejaba de que, pongámosle su novio, no le hacía ni puñetero caso, todo el día entretenido con los animalitos, de manera que él sufría intensamente, como es natural (que tu churri, entre ti y una boa constrictor, elija a la boa tiene delito, en esto hay que darle la razón al pobre hombre).

En fin: para hacer el cuento corto: al objeto de restaurar la armonía conyugal, nuestro hombre decidió compartir la afición de su amante por los reptiles. Notado que fue esto por el jeta del novio, le fichó como cuidador de la serpiente, y le instruyó para que alimentase al animalito con ratones cada día a ciertas horas. En el campo común y silvestre, las serpientes comen a sus víctimas vivitas y coleando pero claro, tener en un piso los suficientes ratones como para garantizar el sustento diario de una serpiente de cierto tamaño resulta un tanto problemático, de manera que (aquí viene la parte asquerosa) el dueño de la serpiente compraba en los comercios adecuados cajas llenas de ratones congelados y su novio (el pobre) tenía que cortarlos en trozos para dárselos de comer a la serpiente (una vez que los ratones se descongelaban, claro). Con un poco más, la verdad, Almodóvar hizo La Piel que Habito.

Por cierto, creo recordar que tiempo después me enteré de que el intento de salvar la relación no funcionó. El hombre al que yo conocí terminó poniéndole al jeta la serpiente y las tortugas en la calle.

El otro día me acordaba yo de esta historia (soy un incorregible coleccionista de anécdotas) porque en la desconexión vienesa de la ORF dieron la noticia de un incendio en una casa particular. En el momento del fuego, estaba vacía la vivienda en donde se produjo, salvo por dos animalitos, que tuvieron (atención) que ser reanimados. Exactamente: una serpiente (no venenosa, por lo que se le pudo hacer el boca a boca sin peligro) y un conejo, que también tuvo que ser atendido por una ligera intoxicación por humo (que sí, que no es coña, que reanimaron a la serpiente y el conejo, que parece que hay aparatos a propósito; uno no deja de aprender nunca en esta vida).

Reparé entonces (y también reparó mi amigo Luis Tercero, entre los historiadores famoso en el mundo entero) en la propensión que tienen los aborígenes a tener serpientotas en su casa (por cierto: ya aprovecho por si aalguien se le ocurre alguna vez: en Austria tener serpientes en casa está prohibido). A no ser, claro, que la serpiente del primer caso sea también la serpiente del segundo y entonces nos encontraríamos ante un caso singular de serpiente gafe, pero bueno.

Esta de la serpiente en el salón, escondida, es una imagen muy poderosa ¿No piensan lo mismo mis lectores? Se puede utilizar para hablar de cualquier cosa peligrosa, prohibida, que tengan escondidas las personas. También, por lo menos en España, llamamos culebrones a las series de sopotocientos capítulos en las que se ha especializado el sector audiovisual venezolano (las mexicanas son de más lujo y esplendor). Juntando las dos cosas, por serpientes y culebrones, podríamos decir que el culebrón „neonanzi“ que tiene entretenido a este país en estos últimos meses (ya saben mis lectores, primero el libro de chirigotas nazis de Germania, con su ramificación en la carrera política de Udo Landbauer) ha escrito hoy un nuevo capítulo. Por lo visto, hay un nuevo libro de canciones neonanzis. Según el semanario Falter (en su lucha incansable contra el mal) pertenece a la fraternidad Bruna Sudetia. A la hermandad en cuestión pertenece un político del FPÖ, un tal Herwig Götschober. Götschober es responsable de redes sociales en el gabinete del Ministro Hofer (a este puesto y a otros semejantes, los llamaba una política española „mamandurrias“, por algo sería). En fin, sin ánimo de ofender, Götschöber es también parte de la comisión que organiza el llamado Akademikerball o baile de los Burschenschafter, amena ocasión en la que cada año se reúne lo más granado del „pensamiento alternativo“.

Como en la cabecera de Yo, Claudio, la culebra sigue reptando por el mosaico. Para quien no sepa a lo que me refiero, aquí dejo el vídeo.

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