Cómo hacer feliz a un vienés (o vienesa)

Hoy, al hilo de una noticia aparentemente sin importancia, damos la receta infalible para hacer feliz a un vienés (para vienesas también vale).

27 de Febrero.- El segundo marido de Agatha Christie fue un arqueólogo llamado Mallowan (Mr. Christie, como le pasa a Angela Merkel con su primer santo, le dio a Mrs. Agatha el nombre artístico) . Con un poco de chunga, muy inglesa por lo demás, Agatha Christie solía decirle a sus amigas:

-Díiiar, cásate con un arqueólogo. Cuanto más vieja seas, más interesante te encontrará.

Una cosa que es innegable con respecto a los vieneses es que son un poco como los arqueólogos que Agatha Christie les aconsejaba a sus amigas a la hora del té, entre sandwich de pepino (con perdón) y sandwich de pepino. O sea, que las cosas, cuanto más viejas sean, más les gustan.

Si tú quieres hacer feliz a un vienés (o vienesa) llévale a un sitio como el café Hawelka, en donde hasta el dueño (sucesor de Hawelka el viejo), que debe de tener mi edad, piensa y se viste como un señor de ciento cincuenta años, las sillas están todas desvencijadas y las paredes tienen ese tono amarillento que adquirían los pulmones de los albañiles que fumaban Celtas cuando los Celtas podían ir sin filtro.

En un lugar de estos, el vienés-vienés, el vienés de pro, el vienés que lleva la „vienesidad“, como dice una tía mía, „en los genitales“, respirará hondo (toserá, porque en esos sitios aún se fuma mucho) y te dirá:

-¿Ves? Esto es un local. Esto es un sitio con pátina.

Y aunque el camarero (como pasa en el Hawelka, por cierto, con cierta frecuencia) sea un cardo borriquero (en inglés, un „bórriquer card“), o cuando la silla esté coja o haya borrachos echando gargajos, o el mármol de los veladores necesite urgentemente un raspado con una espátula, el vienés se sentirá feliz, por estar en un sitio viejuno, por encontrarse conectado con el pasado (que por definición, para un vienés, siempre es mejor que el anodino presente).

Si el venés (vale para vienesas también) entra en ese trance, empezará a echar pestes:

-!Fíjate, fíjate! -te dirá, mientras señala a una mujer de esas teñidas de rubio, tatuadas y que solo se diferencian de un sargento de la guardia civil en que fuman con la mano izquierda- mira, mira cómo fuma la gente. Yo no entiendo por qué quieren quitar lo de fumar en los bares. Esto son Los Verdes, que son unos modernos (de mierda, no lo dirá, pero lo pensará). Bei uns, ha fumado la gente en los bares de toda la vida de Dios, y nunca ha pasado nada.

(Al lector le advierto desde ya, que le dará lo mismo intentar convencer a su vienés-vienés de que los enfisemas, los carcinomas y los trombos existen; él dirá que son cuentos de viejas).

Naturalmente, los materiales tienen una vida útil, y por mucho que en el Hawelka y en otros lugares se empeñen en conservar la pintoresquísima silla de los años treinta en la que ya hay que sentarse como se sienta uno sobre un objeto venerable, hay momentos en que las reformas, las modernizaciones, esas cosas, son necesarias, de manera que hay dueños de cafés que, haciéndose fuerza, sobreponiéndose a sus „gérmenes“ (y a los gérmenes dejados por generaciones innumerables de clientes) deciden que ha llegado la hora darle una mano de pintura a sus negocios y llevarlos de 1957 hasta el año 2018. Instalando estractores de humo, letrinas en donde no huela a establo, en fin, esas cosas. Esto le pasó hace once años al señor que alquiló el Café Drechsler, famoso en el Naschmarkt.

Él se encontró con un antro (pintoresquísimo, con muchísima pátina, eso sí) y, gracias a los servicios de una firma internacional de interioristas(y a varios kilos de pintura de un discreto color rosado) dejó el Café Drechsler hecho un primor. Lamentablemente, con ello se cargó también toda la pátina, ese encanto viejuno que ponía a mil a la mayoría de su clientela, de manera que, es forzoso reconocerlo, el Drechsler quedó un poco desangelado (como le pasó hace un tiempo también a otro local con solera, el Café Museum, en Karlsplatz: el dueño tiró a la basura -o donó al Museo de la Ciudad- el mobiliario decimonónico, algo siniestro para el gusto actual, y le quedó un café experimental que parece un poco como si a los diseñadores de los clics de Playmobil les encargaran un kit de café vienés).

Hoy se ha sabido que el Café Drechsler va a cerrar sus puertas definitivamente el día 25 del mes que viene, un año antes de cumplir el siglo (fue inaugurado en 1919). Es, quizá, un último gesto de dandismo: morir a los noventa y nueve no está del todo mal.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

Un comentario a Cómo hacer feliz a un vienés (o vienesa)

  1. Luis dice:

    Me siento muy identificado con la vienesidad. Casi todo (y muy especialmente los bares) me gusta más casi siempre como estaba.

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