Obreritas del amor

Hombre pintando una ventana!Señora! Qué cosas hay que hacer por el sueldo. Un miembro del Gobierno austriaco se acaba de meter en un lío del que ya veremos cómo sale. Pinta mal, de todas formas.

28 de Febrero.- Yo soy un infatigable lector de libros de memorias. De todos, incluso de los más malos, aprende uno cosas que no sabía antes y, aunque no siempre se pueda escarmentar en cabeza ajena, las experiencias de los otros son siempre una suerte de espejo sobre la propia vida, oportunidad que nunca conviene despreciar.

Un libro de memorias muy agradable (aunque el autor, según se conoce, debía de ser un hombre esquinadillo y tal) es el que escribió Adolfo Marsillach. Se llama „Tan lejos, tan cerca“ y es una delicia prácticamente del principio al final.

Marsillach fue, en mi opinión, un actor tirando a correcto. Aunque ser correctillo y aguantar el tipo en una generación de gigantes, como fueron (y son aún) los hermanos Gutierrez Caba, la dinastía de los Merlo, la saga de los Larrañaga, Amparo Rivelles, Fernando Fernán-Gómez o el gran Alfredo Landa, entre otras muchísimas luminarias de esa hornada irrepetible, no deja de ser un gran elogio para un hombre que, de todas formas, sin duda, fue mejor escritor.

Marsillach era, en sus tiempos y en la medida modesta de las posibilidades de aquella España suya, la de los sesenta, un poquito canija en todos los sentidos, un bon vivant. Un golfete que había leido y viajado por Europa un poquillo. Y ya se sabe que gastarse el dinero en copazos, en bien de comer y en chatis complacientes (sobre todo si, como le pasaba a Marsillach, no se era ningún adonis) cuesta sus perricas. Para financiarse su tren de vida, que no debía de ser lujoso, pero sí agradable, don Adolfo se vio obligado en más de una ocasión a hacer películas de consumo, cuando no filmes que chocaban con sus ideales progresistas. En uno de estos, coincidió con un director (creo que era Jose María Forqué) que, el pobre, con tal de comer, agachaba la cabeza y hacía de todo.

Marsillach cuenta en sus memorias que estaba interpretando una escena deleznablemente escrita en una película a mayor gloria del régimen franquista en compañía de un actor igual de expresivo que el teclado del ordenador en el que estoy escribiendo este post. Trataba de salir del paso, pero la cosa no tiraba. En esto que Forqué hizo un receso en el rodaje, se llevó aparte a Marsillach y, después de elogiar sus capacidades actorales, le preguntó qué le sucedía. Marsillach le hizo un breve resumen y entonces Forqué le dio un curso de tres minutos de ética del trabajo.

Vino a decirle que todos, en mayor o menor medida, somos como lo que Mayra Gómez Kemp llamaba en el Un, Dos,Tres, „las obreritas del amor“ y que dichas obreritas no eligen con qué cliente van, sino que „con lo que quieran llamarles se tienen que conformar“, pero que si quieren seguir comiendo, tienen que hacer su trabajo lo mejor que sepan. Todos en nuestro trabajo, vino a decirle, tenemos que hacer cosas que no nos gustan, pero qué remedio. Como somos pobres y tenemos el mal vicio de comer caliente, pues hay que apretar los esfínteres y hacerlo lo mejor que se pueda y con toda la dignidad que se pueda. Si toca un cliente macizorro, con más gusto, si toca con Danny de Vito, pues pensando en Inglaterra. Y que a él también le gustaría haber sido Eisenstein o John Ford (!No te jiba!) pero que si había que hacer „091: Policía al habla“ pues hacía uno de tripas corazón y trataba de hacerla lo mejor posible.

Marsillach contaba que, a la toma siguiente, a pesar de tener el rabo entre las piernas, no le hizo falta el método „Ejtanislaski“ para meterse en situación.

Me ha venido a la memoria está „anérdota“ porque, antes de ponerme a escribir esto, he mirado en el telefonino buscando un tema, y me he encontrado con que, en estos momentos, en el Hofburg (sede temporal del Parlamento de EPR) se está debatiendo la propuesta de ley de los partidos en el Gobierno (cortico+derécher) para tumbar la prohibición de fumar en la hostelería que debía de haber entrado en vigor en Mayo (y que ya no entrará).

El debate está siendo acalorado y, naturalmente, al Gobierno le ha tocado el hueso más duro (sobre todo después de que la iniciativa legislativa Don´t Smoke vaya ya por los 400.000 firmas, algunas de „corticos“ prominentes, por cierto). El jueso que le ha tocado al Gobierno es tener el cuajo de defender que el fumeque (manda cojones) es bueno.

Este Mihura le ha tocado torearlo a la Ministra de Salud Austriaca (!Hay que ver, qué cosas hacemos por el pan de nuestros niños!), la cual ha tenido, en nombre del Gobierno, que tragarse dos batracios:

-El primer batracio ha consistido en tener que admitir en público que los planes que tenía el Gobierno, esto es, tumbar la prohibición pero compensarla con una de fumar por debajo de los dieciocho, es irrealizable técnicamente porque la competencia para establecer tal prohibición solo la tienen los Länder confederados y no el Gobierno de EPR.

-Batracio número dos: defender que la prohibición es buena y, es más, acusar al Gobierno anterior (socialistas pero, implicitamente, corticos) de haber aprobado aposta la prohibición que va a derogarse para meterle palos en las ruedas al Gobierno actual (!!!!!!!). Hay que reconocer que al spin doctor que inventó esta vuelta de tuerca, deberían de ponerle un piso con el cuarto de baño alicatado hasta el techo en la Karntnerstrasse, si es que no se lo han puesto ya.

Literalmente la „menistra“ ha dicho que los socialistas sabían:

-que la ley era tan asquerosa -!Asquerosa! !Grauslich, ha dicho!– que no quisieron que entrase en vigor estando ellos en el Gobierno para que el gentío no se les echase encima.

La austriaca, debe de ser la primera Ministra de Sanidad en la Historia de la Humanidad que se ha debido de ver en un brete semejante. Hoy, a esta „obrerita del amor“ le ha tocado un Danny de Vito (pobre).

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