Marzo de 1938: terror y seducción (5)

La cuenta atrás ha empezado. Austria, como país independiente tiene los días contados. El canciller trata frenéticamente de evitarlo.

La primera parte de esta historia, está aquí. La segunda, que mola todavía más, aquí. La tercera, que ya es el despiporre aquí, y casi alcanzarás la cumbre del éxtasis si lees la cuarta, que está aquí. Con la de hoy, quedan todavía dos, que serán el frenesí.

9 de Marzo.- Los noticiarios de la época muestran a Schussnigg (lo mismo que habían mostrado a Dollfuss) intentando aparentar una cierta formalidad, muy centroeuropea, al lado de un Mussolini cuyos gestos (ahora que lo pienso) recuerdan muchísimo a las caras de alucinado que Donald Trump pone hoy ante las cámaras (mutatis mutandis, claro).

La razón de este coqueteo con el vecino del sur era clara: Mussolini, al contrario que Hitler, era (por razones estratégicas principalmente, porque no le hacía ninguna gracia tener a Hitler pared con pared) un firme partidario de una Austria independiente y, por lo tanto, un valedor mucho más firme ante la voracidad territorial del Führer que los lejanos y flemáticos británicos.

Sin embargo, los fascistas italianos también eran un poco patazas y en octubre de 1935, un poquito más de un año después de que Dollfuss fuera facturado al otro barrio (véase capítulo anterior), emprendieron una guerra colonial que les granjeó la repulsa internacional: la campaña de Abisinia, la actual etiopía.

¿Qué se le había perdido a los italianos en Abisinia? La única justificación plausible que puede ocurrirsenos es que Mussolini quería un imperio colonial (una especie de trasunto italiano de la teoría alemana del „espacio vital“) de manera que puso un dedo en el mapa y atacó al primer país que se le ocurrió.

Y se preguntarán mis lectores ¿Qué tiene que ver esto con la anexión de Austria? Pues mucho. Como hubiera sucedido hoy, la liga de las naciones (antecedente de las Naciones Unidas) puso el grito en el cielo y condenó enérgicamente la invasión italiana de Etiopía. El único que no la condenó -para „acongoje“ de Schusnigg, suponemos- fue Hitler. Con lo cual, Mussolini se vio en la obligación (a la fuerza ahorcan) de devolver el favor y alinearse ideológicamente con el Führer. De esta manera, el pobre canciller austriaco perdió un valedor.

Había nacido „el eje“ (en realidad, la expresión „el eje“ es incompleta. Musolinni empezó a hablar en sus discursos de la vertical que unía Roma con Berlín y los periodistas le copiaron la expresión y empezaron a referirse a „el eje“).

El canciller austriaco supo que ahora la única posibilidad que le quedaba de evitar lo peor era intentar mejorar sus relaciones con Hitler. Pocos meses más tarde de que los italianos pusieran pie en Abisinia Schussnigg y Hitler cerraron el llamado „Acuerdo de Julio“ (de 1936).

Fue el principio del fin.

Apretadísimo por las circunstancias, el canciller austriaco, a cambio de tener la fiesta en paz, fue obligado a amnistiar a todos los encarcelados por el golpe de Julio de 1934 y a legalizar de facto el nacionalsocialismo en Austria. También tuvo que tragar con incluir en el Gobierno en puestos claves del Estado austriaco a destacados nazis, de cuya actividad tendrá noticia el lector probablemente mañana.

Quédese mientras tanto con estos nombres: Edmund Glaise-Horstenau fue nombrado por el Presidente de la República (Miklas), a „sugerencia“ de Schussnigg, „Ministro para Asuntos Nacionales“, Guido Schmidt fue secretario de Estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores y Seyß-Inquart (uno de los peores nazis, hasta el punto de que fue condenado en Nuremberg a muerte y ejecutado en 1946) fue admitido en el Consejo de Estado, una especie de pseudopoder legislativo del austrofascismo. Fue como si a Schussnigg le hubieran colocado micrófonos en el despacho.

No podía hacer ningún movimiento sin que se supiese en Berlín. Para Schussnigg y para cualquiera que tuviera ojos en la cara, estaba claro que Austria, como país independiente, tenía las horas contadas.

Quizá alguno de mis lectores se esté preguntando en estos momentos por qué, si todo estaba tan a huevo, Hitler no hizo antes el movimiento maestro. Pues pura y simplemente porque no se fiaba de Mussolinni.

En 1937 empezó a trazar planes para anexionarse Austria y Checoslovaquia y sus planes (secretos y bastante comedidos aún) le llevaron a indicar que Austria y Checoslovaquia cambiarían de manos para 1943 como máximo. Aunque no la descartaba, sabía que una invasión militar quizá podría desatar otra guerra europea, y no se sentía preparado todavía para eso. Por otro lado, confiaba en que teniendo a destacados nazis colocados en lugares tan importantes del Estado austriaco, quizá conseguirían ellos tomar el poder y forzar una anexión a Alemania, evitándole así el tener que aparecer, de cara a las democracias europeas, como un invasor. No porque les tuviera especial respeto a las democracias europeas, sino porque tenía (todavía) miedo de su reacción. Con este objetivo, Hitler, bajo cuerda, dio medios y fondos a los nazis austriacos, los cuales jugarían un papel fundamental en los acontecimientos que estamos narrando.

Schussnigg, mientras tanto, se movía frenéticamente para escaparse de la trampa que Hitler le había tendido y trataba de recabar por todos los medios la ayuda inglesa. Pero los ingleses estaban todavía en lo del „apaciguamiento“ y solo daban buenas palabras, y ningún hecho.

Schussnigg sabía que, como veremos mañana, la suerte de Austria estaba echada.

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