Secretos del corazón

Alguien me ha escrito abriéndome su corazón. En pago, yo le abro el mío en este post y le cuento un secretillo.

12 de Abril.- Hace mucho tiempo, cuando yo era un universitario que no sabía de la misa la mitad (quiero decir, cuando sabía de la misa todavía menos que ahora) un actor relativamente famoso vino a darnos una clase magistral. Yo militaba entonces en las filas del ejército de Talía hermosa milicia en donde uno aprende de todo y casi todo bueno. Fue un momento muy interesante porque no es que aquel hombre nos enseñara mucho de teatro, sino que, quizá sin saberlo, nos enseñó mucho de nosotros mismos.

Yo, por ejemplo, quedé bastante tocado, porque me hizo ver que una cosa que yo había pensado siempre de mí mismo no era exacta. Hasta aquella tarde, yo me había tenido a mí mismo por un hombre tímido, cuando lo que sucede, en realidad, es que soy una persona reservada, a la que no le gusta ser el centro de atención.

Puede parecer una confesión extraña, un tributo a la falsa modestia, sobre todo viniendo de una persona que lleva más de una década escribiendo un blog en el que habla muchas veces de sí mismo (por ejemplo hoy). Sin embargo, aunque a mí me costó en un primer momento admitirlo, al final no tuve más remedio que reconocer que es así.

Aquí, entre nosotros, confieso que a mí lo que más me gusta es mirary escuchar. Mirar, para contarlo después, vale. Pero mirar. Y me gusta preguntar. Para contar después lo que me responden, también, pero sobre todo para sentir el placer de la curiosidad mía satisfecha.

Si alguien me observa, por ejemplo, en una reunión de amigos, se dará cuenta de que yo paro de hablar en cuanto la conversación general se pone en marcha. Llegado ese momento, yo me retiro del juego y escucho, que es lo que más me gusta. Como paso por ser alguien hablador, hay veces que alguien se da cuenta y me pregunta qué hago tan callado, y entonces yo siempre respondo lo mismo: „No, no estoy callado, estoy aprendiendo“. A mí no hay cosa que más me guste que aprender cosas que no sabía. Soy un yonki de esa sensación de sorpresa, de maravilla, de descubrimiento, que se da cuando uno completa con una pieza la imagen general de un tema del que no sabía bastante.

Este post va por alguien que me ha escrito contándome que está pasando por un momento difícil, que no sabe por dónde tirar, que se le hace muy cuesta arriba el carácter de los austriacos y el país, y el idioma, y mil cosas. Que no sabe si le merece la pena el esfuerzo que dedica todos los días a integrarse.

Para mí es fácil contestar a esas preguntas, porque yo estoy firmemente convencido de que sí merece la pena. Siempre. Aunque a veces se pase mal, aunque a veces uno se harte de luchar con obstáculos y aunque uno piense a veces si no estaría mejor en su casita. En su zona de confort.

Hombre, la mala noticia es que esa zona de confort no existe la mayoría de las veces (o no existe de la forma idealizada en la que nosotros nos la imaginamos. La buena es que estar fuera de la zona de confort ofrece muchas oportunidades de aprender cosas que uno no sabía antes y, por lo tanto, muchas oportunidades de pasarlo genial aprendiendo.

Ser extranjero, ser emigrante, no es un problema. Como pasa con muchas otras cosas de la vida, lo problemático es lo que uno hace con la experiencia. Y, por la propia mía lo digo, la emigración es una mina. Una mina de oro de hallazgos insospechados. Sobre todo a propósito de uno mismo, como a mí me pasó en la clase de teatro de la que hablaba más arriba.

Por ejemplo: sin haber sido emigrante es muy poco probable que yo hubiera sido fotógrafo. Yo siempre digo que empecé a hacer fotos para ilustrar los artículos del blog, pero también es muy probable que empezase porque un emigrante está condenado, sobre todo al principio, a observar lo que pasa sin poder participar. Como no se puede hablar, pues algo hay que hacer y, además, el hecho de que la gente tienda a olvidarse de la existencia de alguien que en una reunión no dice ni Pamplona es una fortuna impagable para un fotógraof. Lo más parecido a ser invisible a lo queuno puede aspirar. Y aunque parezca mentira, a mí me hubiera encantado ser invisible.

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