Simón Wiesenthal (1)

Fue una vida apasionante, con muchos incidentes tan novelescos como escalofriantes, no exenta de polémica, la de Simón Wiesenthal.

19 de Julio.- Probablemente, el día 31 de Diciembre de 1908 los habitantes de la pequeña ciudad ucraniana de Butschatsch no debieron de prestar mucha atención a lo que sucedía en casa de sus vecinos, los Wiesenthal. Ese día nació Simón, el hijo más famoso de la familia, testigo de los momentos más duros del siglo XX y, sin ninguna duda, el más infatigable (y el más famoso) perseguidor de criminales nazis.

En el momento en que Simon Wiesenthal vino al mundo su padre, un mayorista judío de azúcar, oficial del ejército imperial (en aquel momento aquella parte de Ucrania pertenecía al imperio Austro-Húngaro) no sabía que le quedaban escasamente siete años de vida. En 1915 falleció luchando en la más sangrienta guerra que Europa había conocido. Cuando su ciudad pasó a formar parte de Polonia, el propio Simón estuvo a punto de perecer en el primer pogromo de los muchos a los que sobreviviría. Un grupo de cosacos descontrolados estuvo a punto de matar al niño, que apenas contaba con diez años.

Después de pasar el examen de estado, la Matura, Simón Wiesenthal no fue admitido en el instituto politécnico de Lviv, Lemberg en alemán, Leópolis en español, porque en aquellos momentos había una cuota máxima de estudiantes judíos.

Se vio el joven Wiesenthal forzado a emigrar y estudió arquitectura en la Universidad de Praga, en donde terminó la carrera en 1932.

En 1936 ya con Europa hecha un caldero de siniestras fuerzas hirvientes, Simón Wiesenthal se casó con otra judía, llamada Cyla Müller, que era una pariente lejana de Sigmund Freud y abrió en Lemberg un estudio de arquitectura. En el año 1939 soviéticos y nazis se repartieron Polonia. La familia de Cyla Müller cayó en la zona soviética en donde a los judíos, a juzgar por las apariencias, no les iba mejor que en Alemania. Los soviéticos despojaron al suegro de Wiesenthal de todas sus propiedades y le encarcelaron. Finalmente, el señor Müller falleció en prisión de resultas de los malos tratos recibidos.

Wiesenthal se vio obligado a cerrar su estudio de arquitectura, aunque se le permitió seguir trabajando como técnico.

Tras la invasión de la Unión Soviética por parte de la Alemania nazi, la llamada Operación Barba Roja, empezó la limpieza étnica en los territorios ocupados por los nazis. En 1941 Simón Wiesenthal fue detenido por miembros del batallón de la Wehrmacht llamado „Nachtigal“ (ruiseñor, que ya hay que tener cojonovskis para ponerle a tu batallanovski de kriminalovskis semejante nombre). Era una fuerza mixta compuesta por ucranianos simpatizantes con los nazis (que los hubo y los hay a porrillo, porque la mala hierba ya se sabe) y alemanes, que más tarde pasó a la Historia por las matanzas masivas de judíos y la limpieza étnica que junto con otro batallón, el „Roland“, perpetraron en Ucrania.

Para el momento de su detención, Simón Wiesenthal ya trabajaba con las fuerzas de la resistencia. Cuando fue detenido, tuvo tiempo de utilizar sus contactos para salvar la vida de su mujer (gracias a esto, Cyla Müller consiguió sobrevivir al holocausto). Bajo la identidad falsa de Irena Kowalska, la señora Wiesenthal consiguió huir a Varsovia.

Conforme transcurría la guerra, se hacía más y más patente la falta de mano de obra, especialmente femenina, en la retaguardia nazi, de manera que Irina-Cyla fue transportada a la fuerza a Alemania para hacer trabajos forzados y así consiguió pasar la guerra y sobrevivir.

Tras su apresamiento, comenzaron en Lemberg las ejecuciones masivas. En la plaza del mercado de Lemberg (Dios mío, ahora que escribo esto, yo conozco esa plaza porque he estado en ella) empezaron los fusilamientos. Se fusilaba a los hombres junto a cajones de madera, en tandas de diez o de veinte, para que fuera fácil transportar los cadáveres. A las doce de la mañana, sonó la campana de la Iglesia (para el rezo del Ángelus) y el que mandaba a aquellos hijos de puta dijo „Parad, que es la hora de Vísperas“. Diez minutos más de fusilamientos y Simón Wiesenthal, según su propia confesión, hubiera también sucumbido. Le montaron en un camión y le llevaron a un campo de concentración.

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