El elefante blanco

¿Qué hacer con los regalos que a uno no le gustan? Siempre es un dilema tremendo…

9 de Agosto.- Yo tengo un amigo que todas las navidades da en su casa una fiesta llamada del „elefante blanco“ (él lo dice en inglés, que queda más Jane Austen). Consiste la cosa en que uno tiene que llevar a la fiesta el regalo más feo que le hayan hecho durante el curso anterior o, si no, cualquier chisme que ruede por su casa y al que no consiga darle utilidad. Se dejan los « regalos » bien envueltos bajo el árbol de navidad y empieza el juego. Se plantean pruebas y preguntas y quienes las hacen correctamente pueden ir al árbol y elegir un paquete. La gracia del asunto (bien regada con ponche, como está mandado) es morirse de risa al ver lo feo que es « el premio » (siempre bien entendido que lo que es feo para una persona, puede no serlo para otra).

En Linz han jugado su propia versión del White Elephant. La cosa empezó en 1913, cuando Ludwig Hatschek y su mujer Rosa, un matrimonio de millonetis locales, decidió regalarle a la ciudad un templete, sito en un parque, con sus columnitas y su cúpula. Durante 2,7 décadas este templete permaneció vacío, hasta que una persona que le tenía mucho cariño a Linz (hay cariños que matan) decidió hacerle otro regalo a la ciudad para « completar » el templete vacío. Esta persona fue Adolf Hitler. Es bien sabido que Hitler pensaba pasar su jubilación en Linz y que, por eso, no ahorró en esfuerzos para embellecer la ciudad. Muchos de los planes no se llevaron nunca a término (afortunadamente) pero otros, como el puente de los Nibelungos, sí. Por lo menos en parte.

Hitler decidió completar el templete colocando en él una estatua de Afrodita. El original, que era obra de uno de sus artistas favoritos, el escultor Wilhelm Wandschneider, estaba en la cancillería de Berlín (se ha perdido, quizá los soviéticos hicieron sartenes con él, quién sabe). La estatua que, hasta 2008, estuvo en el templete de Linz, es una copia. Entre 1940 y 2008, o sea, 6,8 décadas, la estatua de afrodita contempló el devenir del tiempo. Los críos jugaban a su vera, las parejas de enamorados hacían manitas en el templete cobijados de la llovizna primaveral, los drogadictos se pinchaban sentados en el parque, alguna seöora turca se habrá escandalizado de que los infieles hayan tenido la ocurrencia de poner una estatua de una mujer con las lolas al aire y alguna feminista habrá pensado que la pobre Afrodita es una lamentable cosificación del cuerpo femenino de las que merecerían ser erradicadas para siempre ; quizá algún militante de esos partidos que pasean por el lado salvaje de la vida haya suspirado bajo la estatua de Afrodita echando de menos los tiempos en los que la supremacía de la raza aria parecía un dogma de fe (sea lo que sea la raza aria, que nunca estuvo demasiado claro).

El caso es que, en 2008, unos estudiantes se fijaron en la estatua del templete y se dieron cuenta de que era una obra de arte nazi (a pesar de que no tenía ningún símbolo que pudiera permitir deducirlo). Acongojado, el ayuntamiento de Linz retiró la estatua rapidamente (claro, era una estatua, no un « mueltesito » como tenemos nosotros en el Valle de los Caidos), la metió en un cajón y el cajón en un almacén, a la espera de decidir qué se hacía con ella. Un poco como si se tratase de un trozo de uranio o, mejor, de kriptonita.

La decisión de la municipalidad de Linz suscitó la controversia de siempre. Era justo encerrar una estatua solo porque la había encargado un criminal ? (digamos entonces que habría que embalar y esconder una gran parte de las obras de arte del Vaticano, dado que los papas renacentistas no se distinguieron precisamente por la ejemplaridad de sus costumbres), debería ponerse una placa explicativa ? El abanico de opiniones ha dado para todos los gustos. El museo de la ciudad de Linz, mientras la cosa se resuelve, ha decidido dedicarle a la estatua de Afrodita una exposición, en la cual se ha contextualizado su historia. Según quien ha estado, la verdad es que los lincienses están pasando bastante de la historia de Afrodita. No se sabe si porque les da miedo asomarse al abismo del cual la estatua es un trocito o bien porque, sencillamente, les da igual quién encargara la estatua (la cual, por cierto, entra dentro totalmente del aburrido canon que producen todas las dictaduras). Quizá sea mejor así.

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