La mano negra

El Ministerio del Interior austriaco tiene un ligero problema con la libertad de prensa. Solo le gusta que sean libres los medios que hablan bien de él. « Asín » cualquiera.

25 de Septiembre.- En el transcurso de las negociaciones que culminaron con la formación del Gobierno austriaco actual, una de las condiciones que la ultraderecha puso para coaligarse con la derecha fue la de nombrar como Ministro del Interior a uno de los suyos.

Era natural : quizá como ningún otro el Ministerio del Interior permite tener en la mano los resortes del Estado. No solo los evidentes, sino también los menos públicos. Tener acceso a la información de lo que pasa y poder reaccionar.

El Ministro del Interior elegido por la ultraderecha fue Herbert Kickl, el que pasa por ser, junto con Harald Vilimsky, uno de los cerebros grises detrás de la estrategia de Strache y, en todo caso, uno de los elementos del partido que más ha coqueteado con las zonas menos confesables y más oscuras de ese magma ya de por sí oscuro que, durante la larga travesía del desierto post-Haider, formó el núcleo duro del FPÖ.

Dicho magma, aunque espurgado de los elementos menos presentables (los famosos « casos aislados » de criptonazismo que a cada poco saltan a los medios) sigue estando ahí, presente, imposible de ignorar.

Desde su nombramiento, Kickl se ha metido en suficientes avisperos, algunos de los cuales han estado incluso a punto de causar su dimisión. El más ruidoso (Kickl es un hombre que tira a discreto, pero el ruido es casi imposible de separar de su actuación) ha sido el registro que las fuerzas de seguridad realizaron nada más y nada menos que en la sede de los servicios secretos austriacos. Estos hechos y la evidente cercanía del FPÖ a la mayor amenaza a la que la Unión Europea se enfrenta en estos momentos, o sea, la turbia guerra sucia llevada a cabo por Rusia desde las cloacas de internet, han causado un destrozo, a corto plazo irreparable, en la reputación internacional de Austria, hasta el punto de que hay países de la Unión que han dejado de compartir información con los servicios secretos austriacos (punto de importancia transcendental, por ejemplo, a la hora de prevenir atentados islamistas).

Naturalmente, los medios críticos con la actuación de Kickl (básicamente el Standard, el Falter y el Kurier) se han hecho eco de todas estas cosas y han sometido al ministro a un duro (y sanísimo, por otra parte) marcaje.

Sucede que, por ideología, por ADN político y por tantas otras cosas, ni Herbert Kickl, ni el FPÖ ni, en general, la gente de su configuración mental, se lleva bien con la crítica. Hoy se ha filtrado una circular del Ministerio del Interior austriaco que conmina a sus efectivos a extremar su racionamiento informativo con los medios « críticos » o sea, aquellos que, según el Ministerio, no ofrezcan una «información imparcial » o « neutra » de lo que sucede. El racionamiento debe llegar hasta lo « legalmente posible » e incluiría no conceder entrevistas, reportajes o “caramelos” (Zuckerln) como “exclusivas”. En cambio, según esta nueva estrategia, el Ministerio del Interior austriaco va a portarse bien, informativamente hablando, con los medios conservadores y con aquellos que den de la actuación de las fuerzas de seguridad una imagen positiva. Por ejemplo, la cadena ATV, que tiene un programa en el que se explican –convenientemente guionizadas- las tareas diarias de la policía de Viena.

En lo tocante a la información, el « Kicklministerio », en su circular, deroga otra disposición del 2014. En ella, se indicaba que, salvo que fuera estrictamente necesario para la comprensión de una noticia determinada, los funcionarios, al objeto de evitar el racismo y la discriminación, no debían dar detalles a propósito de la raza, la religión, el régimen de permanencia en Austria o la nacionalidad de los sospechosos de los delitos. A partir de este momento, por el contrario, se pide expresamente a los funcionarios que den información de todas estas cosas (al objeto, naturalmente, de el personal se dé cuenta de que somos nosotros, los extranjeros, los que « semos peligrosos »).

Como suele suceder, la otra parte de la coalición, con el canciller cortico a la cabeza, se ha mesado los cabellos con la mano derecha para, con la mano izquierda, tratar de sugerir que lo de Kickl pasa en las mejores familias. Y no. No pasa. Solo en Hungría. Y en Polonia. Y en Rusia. Y en sitios así. Sitios en los que da miedo.

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