El primer día de trabajo de una maestra

Desde hoy, el Ministerio de Educación austriaco tiene una nueva empleada. Su contratación es sintomática de los tiempos que corren.

20 de Diciembre.- Ayer, por uno de esos caprichos de los algoritmos, me llegó a Feisbul mi primer anuncio xenófobo (¿En qué se basó Feisbul para ponérmelo? Pues no lo sabré nunca).

Las elecciones europeas se aproximan y, allá en el este, ya hay gente que se ha puesto a la tarea.

El anuncio en cuestión estaba bastante bien hecho, y era del tipo inconfundible de aquellos con los que la ultraderecha austriaca, en sus tiempos más broncos, nos castigaba. Salía un señor feo con gafas, de esos a los que se les seca la saliva en la comisura de los labios, que es una cosa que siempre da mucho asco. En blanco y negro (el señor, no la saliva reseca). En esto que ponía un subtítulo „Fulano de tal quiere que venga más inmigración“ (el del vídeo suponía que conocíamos todos a Fulano de tal). En color, salían imágenes de manifestaciones, cubos de basura llenos, personas morenitas de piel manifestándose y luego un mapa que mostraba Europa y África. Europa estaba en amarillo y África en rojo. Y un texto: desde el año 2015 han llegado a Europa no sé cuántos chorrocientosmiles de inmigrantes y luego, dramáticamente decía „en África hay millones esperando“. Y luego, pues eso, a derribar a la burocracia de Bruselas y tal y cual.

Propaganda preparada para seres unineuronales, vaya.

Naturalmente, denuncié el vídeo, y luego le pregunte a Marquitos Montaña de Azúcar qué había hecho yo para merecer ver aquella cosa y entonces Marquitos me contestó que yo lo estaba viendo porque una organización de nombre impronunciable con sede en Hungría (glubs) había pagado para que vieran aquel vídeo todas las personas mayores de treinta años que hubieran visitado Austria en el último año.

Más madera.

Lo cuento, porque si a mí me ha pasado, es probable que también a algunos de mis lectores les hayan afligido con esta propaganda infecta fabricada en el antiguo bloque comunista. Denunciar no vale de nada, claro, porque Feisbul es una empresa que, como todas las empresas lo que pretende es maximizar su beneficio, pero oye, quién sabe.

Pero hoy yo no quería hablar solo de esto.

Resulta que hace unos meses, una señora llamada Wisinger, levantó cierto revuelo con un libro (que se levantara cierto revuelto con un libro es una gran noticia para aquellos que escribimos, si bien se mira, porque significa que aún quedan lectores con capacidad de formar revuelo).

Frau Wisinger era, hasta hoy, maestra en un colegio del barrio vienés de Favoriten, que pasa por ser uno de los más humildes de esta capital que para otras cosas no lo es nada (económicamente hablando) y en donde están más mezcladas las nacionalidades.

En su libro, frau Wisinger, que se declaraba progresista y de izquierdas, explicaba lo duro que era ser maestra en un barrio en el que la mayoría de los chiquillos no tienen el alemán como lengua materna y sobre todo le echaba la culpa de su desesperación laboral no a los móviles ni a que los chavales tengan hoy el seso sorbido por las consolas, sino a que la mayoría de sus pupilos, y las madres de sus pupilos, y los padres de sus pupilos (y pupilas) eran foráneos de religión mahometana.

A frau Wisinger le parecía que la religión mahometana y la cultura que, según parece, es el correlato imprescindible de esa religión, era la culpable de muchas de las cosas malas que pasaban en la escuela donde ella trabajaba. Si los chiquillos no le hacían los deberes, era porque naturalmente sus padres les habían dicho que Alá como Rocío Jurado (o sea, lo más grande) y que Mahoma era su profeta y que, claro, así las cosas, para qué estudiar cómo se hace una regla de tres.

Si ella trataba de enseñar, trabajosamente, pongamos que las preposiciones, las alumnas le hacían una pedorreta porque claro, según frau Wisinger, les decían desde pequeñas que las iban a casar con un primo de Turquía en cuanto alcanzaran la edad núbil, y que claro, las chiquillas estaban pensando en la boda y no en lo que tenían que pensar.

El libro de frau Wisinger, el cual se adaptaba tan bien a la imagen embrutecida y bestial que se quiere dar de los extranjeros (mahometanos o no) en ciertos ambientes, proporcionó diez minutos de munición al debate político del que se alimenta el populismo. Luego, frau Wisinger cayó en el olvido. No para todo el mundo, por cierto.

Los partidos populistas sustituyen el mensaje con el tirón mediático. O lo que es lo mismo, las ideas, la razón, con el sentimiento. El sentimiento es una cosa de consumo rápido, al alcance de cualquier cansavacas; en cambio que alguien comprenda ideas que no ha tenido él mismo, como bien sabe frau Wisinger, exige un cierto esfuerzo, tiempo, tesón. Vamos, labor de pedagogía.

Hoy, en una rueda de prensa, frau Wisinger y el ministro de Educación Austriaco han anunciado la incorporación de la primera al ministerio, en calidad de solucionadora de conflictos y problemas interculturales (!) lo cual es, dadas las posiciones de partida de Frau Wisinger, como si a un hincha del Real Madrid le pusieran a „solucionar“ los conflictos entre las aficiones blancas y blaugranas.

Naturalmente, sale mucho más barato contratar a Frau Wisinger y darle un despacho y una secretaria que hacer cosas que de verdad mejoren el clima en las aulas de los colegios públicos (en Favoriten o en cualquier otro sitio). Por ejemplo reducir el número de alumnos por docente, o destinar presupuesto a la formación de esos docentes en relaciones interculturales, o implementar clases de refuerzo de alemán, o tratar en fin de introducir en las escuelas un clima cosmopolita de verdad, en el que todas las culturas (y en Viena son muchas, incluida la hispanoamericana) confluyan en pie de igualdad y enriquezcan a los críos para hacerles en el futuro personas más tolerantes que, en cuanto vean en Facebook un video racista, sepan a qué atenerse.

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Un comentario a El primer día de trabajo de una maestra

  1. Anselmo dice:

    Independientemente de que la postura de la señora Wisinger pueda ser cuestionable, es un hecho que la cultura a la que pertenece un individuo condiciona su capacidad para asimilar determinados conocimientos provenientes de otra cultura.

    Spengler(La Decadencia de Occidente) ilustra lo anteriormente expresado con múltiples ejemplos entre los que figuran la dificultad de los matemáticos clásicos para asimilar el concepto hindú del número «0», el arabico de las variables algebraicas, o las nociones elementales de alquimia, la disciplina antecesora de la química.

    A esta barrera que podríamos denominarcultural-civilizaciónal, hay que añadirle otra barrera que podríamos llamar cultural-social, al proceder estos niños de familias humildes con niveles educativos muy bajos. Y todo ello sin contar naturalmente con el idioma.

    Todo lo dicho se combina para hurtar a estos niños su posibilidad de integración plena en la sociedad austriaca, condenandolos a integrar en el futuro o bien la reserva de mano de obra barata para trabajos de baja cualificación, o bien a constituir una casta hereditaria marginal cuyas fuentes de ingresos serán las subvenciones y los negocios turbios.

    Los bienintencionados intentos de la señora Wisinger, por luchar en pro de la integración de sus alumnos en la sociedad austriaca, poco pueden hacer frente al obtuso propósito neoesclavista que los ha traído a Austria, cuya esencia reside en convertirlos tanto a ellos como a sus descendientes en ciudadanos de tercera, o en algo mejor aún para sus explotadores; en auténticos parias.

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