La ley del deseo

¿La política debe seguir a la ley o al revés? El Ministro del Interior austriaco tiene una opinión al respecto que no le ha gustado a casi nadie.

27 de Enero.- El viernes, como es tradicional -no todas las tradiciones son buenas- se celebró en Viena el llamado Akademikerball, antiguamente conocido como baile de los Burschenschafter por los grupos, de ideología ultraconservadora, que lo organiza(ba)n.

En contraste con otras ocasiones parecidas, se puede decir que los asistentes al baile, entre los que se encontró, como siempre, el señor vicecanciller, Strache, con su santa, „la señá“ Felipa, la edición 2019 transcurrió sin mayores incidentes.

Los invitados al baile, el cual, a juzgar por las imagenes y las fotos que han trascendido, debió de ser, también como también es tradicional, un auténtico tostón, se vieron las caras y charlaron de sus racismos, sus xenofobias, de su Putin y de su Orban y de sus cosas. Fuera, en la calle, desafiando al frío pelón que hacía en Viena, unas dosmil personas se manifestaron en contra de lo que el baile, a su juicio, representa.

De otros años (vamos, y de todos los días) ya pueden figurarse mis lectores lo que yo pienso de los asistentes al baile en cuestión y de la ideología que profesan.

Por no hacer el tema más largo de lo que ellos se merecen, diré que los pobres tienen la desgracia de no entender hacia dónde va el mundo.

Es por esto que las personas que sí creemos saberlo debemos llevar a cabo una sana labor de pedagogía, y enseñarles que ser extranjero, mujer, tener la piel más oscura o más clara o, simplemente, ser pobre, que es un poco en lo que se pueden resumir todos los motivos de discriminación, no es ninguna cosa ni mala ni buena por sí misma y que, por lo tanto, cualquier diferencia de trato es, no solo injusta, sino además muy desagradable y de muy mala educación.

Supongo que mis lectores, que son buenos entendedores, comprenderán los artículos de este blog como un intento de contribuir en la medida de mis posibilidades a esa labor pedagógica, que uno no se resigna a creer que esté condenada al fracaso.

En el último artículo de Viena Directo, hacía yo cábalas a propósito de las causas de que el Ministro del Interior austriaco, Sr. Kickl, se pase los días y las noches como los malos de las películas de espías, con un gatazo blanco en el regazo, maquinando travesuras.

No se sabe si Kickl fue al Akademikerball o no, o si estaría ocupado, por ejemplo, en pasatiempos que cuadren con su carácter, como por ejemplo rascando placas de metal o pizarras con un tenedo (sólo de pensarlo, qué dentera). Si fue, es muy posible que encontrara muchos temas de conversación con los asistentes y, si no fue, es probable que le echaran de menos.

En estos días se habla mucho del Ministro del Interior y no han sido pocas las voces que han pedido su dimisión.

Sin duda es Kickl el miembro del Gobierno que, dado su perfil, más roces ha provocado entre el ejecutivo austriaco y el resto de las instancias del Estado, obligando al Sr. Bundespresi a intervenir repetidamente, en su faceta arbitral, para llamarle la atención sin nombrarle (VdB es más diplomático que el Papa Paco) o para terciar en polémicas más o menos azuzadas por el Ministro.

La última se produjo el martes pasado. Kickl acudió a la ORF, que es un sitio al que, por cierto, los miembros de su partido no acuden con demasiado gusto, al programa Report, en donde se le hizo una entrevista.

En dicha entrevista, Kickl, sin levantar la voz en lo más mínimo, volvió a hacer que subiera el precio del pan. La que ha levantado más polvareda ha sido una afirmación que hizo Kickl que a muchos les recordó a tiempos en los que funcionaba por el mundo un señor con bigotito nacido en las cercanías de Linz. Y es que de malpensados está el mundo lleno.

A una pregunta relativa a la Convención Europea de los Derechos Humanos, dijo Kickl que a él le parecía válido el principio de que „era la ley la que tenía que seguir el paso que marcaba la política y no al revés“. La afirmación causó la lógica perplejidad en quien le estaba entrevistando y más en muchos telespectadores que interpretaron la afirmación de Kickl como una negación del Estado de Derecho y del Imperio de la Ley. Principios ambos sobre los cuales se basa el ordenamiento jurídico de las democracias europeas.

Ni que decir tiene que la dictadura nacionalsocialista (o la franquista, que también) decían basarse en estos mismos principios pero en la práctica, cuando la ley representaba un obstáculo para la política (por ejemplo, a la hora de implantar discriminaciones injustas, como la que afligía a las personas de otras razas, visiones políticas o gustos sexuales) nadie tenía ningún reparo en cepillarse la ley vigente y crear una ad hoc que se adaptase a la ideología.

El mismo Kickl, ya el martes, notó que había hablado de más. Lo que se llama hacer un Britney (ups, I did it again) y trató de recular, diciendo que a él el Imperio de la Ley le parecía una cosa maravillosa y que él no tenía nada en contra del Estado de Derecho, pero a pesar de sus protestas de inocencia (de nuevo: la mujer del César no solo tiene que ser honrada, sino parecerlo) lo cierto es que incluso el Presidente, Sr. Van der Bellen, tuvo que intervenir de nuevo para recordarle los „consensos básicos“ en los que se basa la República austriaca y la democracia (frágil siempre, no solo aquí, sino en todas partes). Otras voces, como la presidenta de los jueces austriacos afearon a Kickl su concepción de las cosas y le recordaron que era la ley quien tenía que ponerle freno a la política y que la Convención de los Derechos Humanos era uno de los fundamentos del Estado de Derecho austriaco y que, quien ponía esa Convención en entredicho, ponía también en entredicho la misma validez del Estado de Derecho.

Por último, quinientos intelectuales (cuyos nombres le provocarán a Kickl una reacción alérgica) encabezados por la premio Nobel Elfriede Jelinek han firmado una carta pública en la que piden la dimisión de Kickl.

Ni que decir tiene que el Ministro, hasta el momento, no parece muy inclinado a hacerles caso.

No sé por qué, se veía venir.

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