A jugar

En estos días, la campaña electoral a las elecciones europeas empieza a calentar motores en Austria. Los primeros que han empezado, los partidos del Gobierno.

27 de Abril.- En Austria no hay jornada de reflexión. O sea, que la ley, como suele decirse, „no contempla“ que, escuchados los mensajes de los políticos, vista su incansable actividad de apretar manos, besar niños, subirse a vehículos o predecir la ruina del país si gana el contrario o la felicidad sin trabas si los hados les bendicen, haya un día de pausa durante el cual el sufrido ciudadano tenga tiempo de pensarse a quién va a otorgar su confianza.

Podría objetarse que, claro, votando sin pensar, así les salen los gobiernos, hechos un churro, pero también parece bastante evidente que en España, reflexionando (o diciendo que lo hacemos) no nos salen los Gobiernos mucho mejores. O sea, que la clave no debe de estar ahí.

En el mes de mayo serán las elecciones al Parlamento Europeo y todo el mundo siente que, esta vez, no son las elecciones para la eurocámara el trámite algo grisáceo que han sido otras veces. Una regla fundamental a la hora de interpretar los resultados de las elecciones europeas suele ser que la gente no vota pensando en Estrasburgo o Bruselas, sino que siempre decide su voto (tras la oportuna jornada de profunda reflexión) en clave local. Y la verdad es que, en la mayor parte de Europa, está la clave local muy revuelta, particularmente a causa de los populismos de extrema derecha, unas fuerzas que, en general, le tienen poco aprecio a las instituciones europeas y que llevan desde hace mucho tiempo intentando cargarse la Unión nuestra desde dentro (con la aquiescencia y algo más, por cierto, de aquellas fuerzas a las que la Unión les viene mal).

Generalmente, las fuerzas de la ultraderecha europea lanzan denuestos contra la Unión que nos ampara y protege desde la oposición. Sin embargo, Austria, para esto, es un caso excepcional, ya que la ultraderecha hace campaña desde las instituciones. En estos días han empezado a verse los carteles del partido derécher, en los que aparece el número uno de sus listas, Harald Vilimsky (ese hombre que puede enorgullecerse -o así- de haber sido el límite ideológico que el presidente VdB marcó para autorizar la coalición que nos gobierna actualmente; o sea, que la condición sine qua non fue que si Vilimsky asomaba la faz, el Sr. Presidente no firmaba).

Naturalmente, hacer campaña desde la oposición no es lo mismo que hacerla desde el Gobierno. Elegir los temas que se tocan es delicado y el FPÖ ha decidido, esta vez, ir a lo seguro, convirtiendo en el espinazo de su campaña un tema, dentro de los suyos habituales, con un perfil relativamente bajo: los refugiados. Hace muchos meses que los refugiados procedentes de Oriente Medio han dejado de aparecer un día sí y otro también en las portadas de los informativos pero supongo que la ultraderecha ha tenido miedo de tocar otras cuestiones que pudieran salpicarle de cara a la política doméstica.

En cualquier caso, dado el salero y, sobre todo, la eficacia extrema, que se gastan los técnicos de marketing del partido derécher, se las han apañado para montar un spot de campaña con el que pueden estar seguros de que van a tocarle las campanillas a su parroquia.

También se ha presentado la campaña del cabeza de lista del Partido Popular, Ottmar Karas.

Karas es perro viejo en esto de las campañas y también es perro viejo en el tema del europarlamento y esta veteranía ha sido la baza que sus responsables de campaña han elegido para intentar vender a un caballero cuyo discurso, sin presentar los niveles de bajón que dan otros líderes conservadores „preKurz“, tampoco es que sea una cosa que haga dar saltos de alegría.

Vamos, que las fans no le van a lanzar a Ottmar Karas la ropa interior cuando esté en los mítines.

Karas intenta puntuar ofreciendo „profesionalidad“, que es precisamente lo que parece no estar de moda últimamente entre el electorado, ávido de emociones fuertes.

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