Contigo en la distancia

Antes, emigrar era irse quedando aislado. Sin embargo, ahora los emigrantes tenemos todo un futuro de ventaja.

30 de Abril.- Emigrar antes, era irse quedando poco a poco aislado del país de nacimiento.

Pongamos que a un caballero nacido en la bonita población de Cabezas de Bonilla le daba por no enterarse de que, en España, se estaba viviendo en los sesenta un milagro económico y se encabezonaba en morirse de hambre. Pues bien : dicho caballero liaba el petate y, con un par de mudas y un rosario hecho con los dientes de marfil de su novia, se marchaba pongamos por caso a Düsseldorf, en donde las pasaba canutas, en un entorno más lujoso que el de su pueblo natal, eso sí.

Si dicho caballero se hacía al país y aprendía alemán, y conocía a una Hannelore, y se quedaba con ella y procreaban y eso, la imagen de España se le iba haciendo cada día más confusa y un día se daba cuenta de que para lo único que le valía era para tener nostalgia y para fundar en Düsseldorf una Casa de España en donde se bailaran danzas regionales de vez en cuando. Si al caballero de Cabezas le daba por volver de vacaciones a su país, se sorprendía por sentirse un extraterrestre, por que la gente le tratase de tú (¿Nos conocemos ?) y porque, en general, le pareciese que la gente (particularmente el artisteo) fuera vestido de gente de mal vivir.

(Yo no soy de Cabezas de Bonilla, pero como llevo un porrón de tiempo viviendo en Austria, estoy empezando a quedarme ajeno a este resurgimiento del chandal de táctel como prenda glamurosa ; en los dosmil, cuando yo vivía allá abajo, los llevaban mayormente los toxicómanos de la drogaína).

Hoy en día, en cambio, el celtíbero que no habita en el solar patrio puede tener una idea bastante aproximada (más precisa, incluso) de lo que sucede en España (o en su país de procedencia) que aquellos de sus paisanos que no gozan del beneficio de la distancia. La distancia es la madre de la perspectiva.

Tengo que confesar que llevo unos días (bueno, desde el domingo) contemplando con cierto regocijo la reacción de los medios progresitas españoles con relación a la entrada en el Parlamento de un partido de extrema derecha (han sido varios los austriacos que, al preguntarme, se han echado las manos a la cabeza al respecto). También contemplo con regocijo la reacción de los miembros del propio partido, en los cuales, a pesar de una cierta bravuconería que es marca de la casa, se nota la perplejidad del crío al que le han regalado un chisme para reyes y no sabe bien cómo usarlo (es que el estrellato, a diferencia de lo que sucedió aquí con el FPÖ, les ha llegado demasiado rápido, hay que comprenderles).

La primera reacción, sobre cuya eficacia soy excéptico, es la misma que tuvieron y tienen aquí los medios progresistas, los cuales aplican aquí y allí unos medios, a mi juicio, absolutamente inútiles para luchar contra el mensaje ultraderechista. Unos medios que, es más, resultan abiertamente contraproducentes, porque alimentan la espiral barbaridad-reacción-barbaridad de la que se alimenta la eficacísima estrategia de comunicación del enemigo. Y es que, como aprendimos todos en la escuela, el ser humano como especie es un bicho que se debate entre la razón y el sentimiento. O sea, entre el clasicismo y el romanticismo. De ahí, no nos saques.

Los medios progresistas piensan que se puede combatir a la ultraderecha tratando de que sus votantes entren en razón, o sea, apelando a su materia gris, cuando el voto ultraderechista nace del dolor sordo e irremediable de sentirse ajeno a un mundo que cambia aceleradamente y que está dejando fuera a demasiada gente (alguna de la gente que se está quedando fuera, como los maltratadores de mujeres, se lo merecen por hijos de puta, pero esto es otro cantar). O sea, de las vísceras.

También ha sido indiscutiblemente idéntica la fragmentación del espectro conservador. Coincidiendo con el auge de la ultraderecha austriaca, el conservadurismo tradicional, de raíz católica, se fue desmigajando al extenderse entre sus adeptos (cosa desastrosa) la impresión de ser una ideología en liquidación, passée. Para el conservadurismo español es previsible una travesía del desierto como la del ÖVP y una sucesión de personajes tan insípidos como los Pröll o los Spindelegger, que acudían a los informativos a vender cosas que ya eran antiguas en 1972. El logro de Kurz, lo mismo que el de otros conservadores españoles que vendrán, ha sido convertir el maletín de herramientas de la ultraderecha en algo de apariencia moderna, disfrazado de tecnocracia. Un algo para lo que no se necesita excesiva capacidad razonadora y que, por lo mismo, convive con el populismo ultraderechista sin demasiadas fricciones.

Antiguamente, emigrar era quedarse fuera. Ahora emigrar es tener todo un futuro de ventaja.

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Un comentario a Contigo en la distancia

  1. Anselmo dice:

    La realidad austriaca y la española no me parecen homologables, por muchos factores históricos, sociales y culturales.

    No hay que confundir extrema derecha con ultraderecha. La ultraderecha tiene una fuerte componente de redención social y además es antiparlamentaria(Falange, España 2000 ;sector izquierdista del nazis o pero con su componente racista prácticamente nula) y VOX no tiene ninguno de estos dos atributos y es incluso liberal. Esta última característica, manifestada en su propuesta de «mochila austriaca» y en la demolición del sistema de pensiones, puede haber tenido mucho que ver con sus poco afortunados resultados electorales.

    En mi opinión la extrema derecha y la ultraderecha españolas sólo tendrían una oportunidad de prosperar en caso de aumento de la inmigración ilegal, de aumento de las campañas tipo LGTB y, sobre todo, recrudecimiento del golpismo separatista.

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