El moño de la canciller Cervecilla

Este artículo termina en una preguntita que me gustaría que mis lectores se planteasen para luego contestármela. A ver si me hacen el favor.

2 de Junio.- Una de las cosas que más curiosidad me producen es pensar qué se recordará, en el futuro, de la época que me ha tocado vivir.

Todos los seres humanos, en todas las épocas, tienen la suerte de compartir el planeta con seres excepcionales. La nuestra, en ese sentido, es especial, porque mientras que es poco probable que un campesino de Toscana (o uno de las afueras de Roma) tuviese alguna idea de quiénes eran Miguel Angel Buonarotti o el mismo Leonardo (y eso que el de Vinci inventó el tenedor de tres púas, que fue una gran innovación -no es coña-) hoy en día, gracias a los medios de comunicación (y gracias a internet) se hace mucho más probable que todos podamos disfrutar del talento de personas excepcionales que son nuestros contemporáneos.

Estos días, por lo que ahora diré, pienso que una de esas personas que han marcado nuestra época y de las que se hablará, pongamos, en 2119, es Angela Merkel.

Aún sin estar de acuerdo con ella, uno no puede dejar de pensar que, cuando se hable del devenir europeo al final del siglo XX y a principios de este milenio, la gente hablará de ella y dirá „Joé, eso sí que eran políticos“; del mismo modo que se ha levantado toda una épica alrededor de Winston Churchill o, en peor, alrededor de Ronald Reagan o de la nefasta Margaret Thatcher.

Y se preguntarán mis lectores que por qué pienso yo en estos días tanto en Angela Merkel.

Pues yo se lo digo en un periquete: hoy, por ejemplo, mientras aprovechaba el tiempo estupendo que tenemos para dar una vuelta en bicicleta (y para provocar, muy a mi pesar, un pequeño holocausto entomológico) jugaba yo a pensar qué diferencias habría en el trato que recibe la señora Merkel por parte de los medios si, en vez de llamarse Angela Merkel, se hubiera llamado Angelo Merkel.

Pocas, he pensado ¿Y por qué? Porque Angela Merkel, voluntariamente, supongo, ha intentado por todos los medios hacer olvidar que es una mujer, a base de obviar todas las cosas por las que la sociedad machista suele juzgar a las mujeres.

Por ejemplo, renunciando prácticamente al maquillaje. Por ejemplo, vistiendo exactamente como visten los hombres y negándose a ser una percha para poner trapos en ella (triste papel al que ha sido condenada una mujer tan inteligente y tan válida como la reina Letizia, la pobre, que ya es desperdicio). Esto es, utilizando un uniforme (el famoso traje de pantalón y americana, el pantalón generalmente negro y la americana de todos los colores posibles). O sea: a fin de ser considerada „una más“ en un mundo de hombres, y sobre todo (bien triste es) que se la tome en serio, Angela Merkel ha renunciado a ser un ser sexuado. Para ilustrar hasta qué punto esto es así: quizá recuerden mis lectores que hace unos años, Angela Merkel estuvo en el festival de Bayereuth. Para la ocasión, naturalmente, no podía ir vestida como en una cumbre sobre la política agraria común, así que se puso el que debe de ser el único traje de noche que hay en su armario. Un modelo, si no recuerdo mal, lila, tornasolado, con un amplio escote que dejaba al descubierto el principio de sus matronales senos.

La sorpresa pública, casi diría que la incomodidad, fue comparable a ese momento en el que, de adolescentes, caemos en la cuenta de que nuestros padres son personas que han tenido y tienen una actividad sexual.

El asunto duró un par de días. El tiempo que tardó en disiparse el recuerdo de Merkel vestida de señora de sesenta años que va a la ópera, sustituido por la imagen de Merkel vestida (con perdón) de ameba.

Piensen ahora mis lectores en Sebastian Kurz, por ejemplo.

A mí me ha sorprendido mucho siempre que, a pesar de ser muy obvio que Sebastian Kurz comparece en todas las ruedas de prensa rigurosamente maquillado (a veces pintado como una puerta) al objeto de dar en cámara lo mejor posible, ningún medio haya hecho nunca ningún comentario al respecto (bueno, en Austria, eso suele ser normal, otro gallo cantaría, supongo, en España).

La razón práctica es que Sebastian Kurz es bastante pálido de piel (no como Pedro Sánchez, por ejemplo). Si no se maquillara, con los focos, y sobre todo en invierno, tendría cara de cadáver. Y a nadie le hace ilusión votar a un muerto viviente (bueno, menos a Alaska, que tuvo un novio así).

Ahora bien: si se hablase del evidentísimo maquillaje de Sebastian Kurz, es probable que todo el mundo tuviera la percepción de que, por maquillarse, Sebastian Kurz adoptase cierta cualidad „femenina“ o asociada a las mujeres (la esclavitud a propósito de su aspecto) que a su electorado, compuesto principalmente de personas bastante machistas o, por lo menos, con ideas muy claras a propósito de lo esperable „de los chicos“ y „de las chicas“ no le gustaría, poque maquillarse, para la clientela de Kurz, no es cosa de chicos.

Mañana será la investidura del Gobierno de gestión de la canciller Bierlein. Un Gobierno que, como el país estaba pidiendo a gritos, será gris y funcionarial. O sea, que con un poco de suerte, y después de los sustos de estos días, volveremos al típico aburrimiento centroeuropeo. Nada que objetar (mañana nos pondremos a ello). La señora Bierlein (Cervecilla) es una persona, como ya dije estos días, con un curriculum, si no comparable al de Angela Merkel, sí bastante apabullante.

Sin embargo, después del de „tenemos canciller“ el siguiente comentario ha sido el de su aspecto (yo el primero, ojo, y ahí acepto mi culpa) pero, sorprendentemente (o quizá no), muchísimas mujeres han hecho bromas a propósito de los ojos achinados de la canciller Cervecilla. Sí: la señora Bierlein está, por decirlo en dos palabras o-pe-ra-dí-si-ma y es probable que su frondoso moño tenga la misma autenticidad que el bronceado tono que Sebastian Kurz exhibe ante la prensa.

En fin: hoy he escrito este texto principalmente para reflexionar un poco sobre esta cuestión, para conocer la opinión de mis lectores y, sobre todo, para hacer una pregunta que me tiene en un ay ¿Soy yo el único que me fijo en estas cosas y pienso sobre ellas o lo hace más gente pero nadie se atreve a decirlo? Sáquenme mis lectores de este sinvivir, si son tan amables.

Articulo publicado en Política/Economía. Guarda el enlace permanente.

2 Responses to El moño de la canciller Cervecilla

  1. Rosa echezarreta dice:

    Si que nos fijamos,pero no escribimos sobre ello.
    Te fijas ,lo ves piensas y ya.

  2. Anselmo dice:

    No le doy demasiada importancia a la desgarbada estetica de esta mujer.Me resulta de mayor interes sus descabelladas decicisiones politicas y a sus reiterados saluditos masonicos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.