Los Stones tocan en Zurndorf

Burgenland, Austria. AtardecerMuchas veces, cuando uno vive en un país que no es el suyo, no tiene más remedio que preguntarse „qué hace un chico como tú en un sitio como este“.

1 de Junio.- Cuando uno vive en un país que no es el suyo, en muchas ocasiones no tiene más remedio que preguntarse „qué hace un chico como tú en un sitio como este“.

A mí, por ejemplo, me ha tocado hoy.

Di que, quién sabe si por mi mala cabeza, he terminado hoy en la bonita localidad de Zurndorf (una cosa como Villanueva del Pardillo para mis lectores que estén familiarizados con los alrededores de Madrid).

Bueno, digo Villanueva del Pardillo por conjeturas más que otra cosa, porque la verdad yo, de Zurndorf, antes no sabía nada y después del día de hoy lo único que conozco es una nave industrial que está adosada a un picadero (de caballos, no de lo otro).

Resulta que yo he terminado en Zurndorf, marco incomparable de belleza sin igual (naturalmente) porque a mí y a quien me acompañaba nos había llegado la noticia de que se celebraba en esta bonita localidad una „Fiesta de los Deportes“. La dicha fiesta, como yo ya me olía, ha venido a ser un poco como las fiestas de los bomberos que hay a lo largo y ancho de la geografía de este país que, por primera vez en su historia, tiene una canciller. O sea: que de lo que se trata en estas fiestas es de sacar fondos para todo el resto del año.

La fiesta del deporte de Zurndorf ha comenzado a eso de las ocho y, con puntualidad centroeuropea, allí nos hemos personado mi compañía y yo (y lo de personarse no ha sido fácil, porque la verdad es que el tema de la fiesta estaba más escondido que si se hubiera tratado de una reunión de conspiradores con alguna oligarca rusa en cualquier urbanización de Ibiza). Tan escondida estaba la cosa y tan poca gente había a la puerta, que nos hemos pensado un poco el tema de entrar o no entrar (la nave industrial estaba oscura cual boca de lobo y, a la puerta, había una docena y media de personas que nos han mirado un poco como pensando „estos no son de aquí“).

Sin embargo, nos hemos armado de valor y hemos pagado los siete euros que valía la entrada (la pobre asociación deportiva de Zurndorf necesita estos fondos, y por ese altruismo lo hemos hecho).

Después, dadas las horas (tarde para cenar pero aún pronto para lo que, antiguamente, se llamaba „el resopón“) nos hemos agenciado algo para matar el gusanillo. En la asociación deportiva de Zurndorf, como en las de bomberos (ver párrafos anteriores) están por lo de taponarle las arterias a la gente, de manera que, en plan comida, solo había o bien bocata de asado de cerdo (con ketchup y mostaza) o bien bocata de Leberkässe (con ketchup y, muy bien adivinado, con mostaza) o bien unos bocadillos de queso. Uno, se ha comido el de cerdo asado, servido por un señor al que servir bocadillos de cerdo, por lo visto, le estresaba mucho. Tras esto, ha procedido a ingerir unos vinos (debido a la ingesta, no respondo de la ortografía de este artículo, pero estoy seguro de que mis lectores sabrán perdonarme las eventuales erratas).

Entre vinete y vinete, ha empezado el sarao.

El gancho para que los „zurndorfenses“ y foráneos acudieran a rascarse el bolsillo en pro de la asociación deportiva de la localidad era la actuación de un conjunto musical que hace versiones de los Rolling Stones y este era también nuestro incentivo para ir a un sitio tan relativamente alejado como lo está Zurndorf.

Naturalmente, como pasa con los Stones de verdad, antes han tocado unos teloneros. Dada la afluencia de público y dado el escenario, mi compañía y yo nos temíamos lo peor (y lo „más peor“, también) pero los teloneros, presumiblemente aborígenes de la localidad, nos han sorprendido más que agradablemente.

Dos guitarristas bluseros (o sea, de Blues, no de las blusas) y un batería.

Por cierto parecido físico, podía conjeturarse que los dos guitarristas compartían cierta porción común de material genético.

Uno de ellos, el que cantaba también, debía de ser por las trazas el terror de las nenas de Zurndorf. No solo cantaba como si fuera del sur de los Estados Unidos, sino que también estaba a la vista que la manera en que movía el culillo mientras tocaba la guitarra era del agrado de la parte femenina del público (y, si las estadísticas no fallan, probablemente también de un diez por ciento de la parte masculina).

Para evitar el férrero marcaje de tanta pelandrusca de ambos sexos, el bluesman iba constantemente escoltado por una novia tamaño llavero (aunque bien proporcionadita) que, era obvio, no hubiera tenido nada que temer (nuestro hombre era de esos que prefieren a las mujeres recogidas). Por si acaso, la novia no le dejaba nia a sol ni a sombra ni a penumbra.

En algún momento, han aparecido los invitados (masculinos) a una boda que debía de estarse celebrando en las cercanías, acompañados de la novia de la boda, obviamente „secuestrada“ (esta es una costumbre, la de secuestrar a las novias sacándolas de la celebración de sus bodas, que sin duda merece un artículo).

A esto han aparecido los clones de los Rolling (el único clonado, sin embargo, era el señor que hacía de Mick Jagger) y han empezado a atacar los éxitos del grupo británico, desde la copla del azúcar moreno hasta la de Angelita (Angie).

Los invitados de la boda, que ya iban calentitos, han dejado a los novios que bailaran a los sones de los Rolling Stones (cosa que ambos han hecho como si llevaran puesto un traje de astronauta, que es lo que suele suceder cuando es el día de tu boda e ingieres) y al final, el novio ha tirado el ramo a ver cuál de sus amigos lo recogía (a uno le ha parecido el colmo de molar aquello de celebrar una boda con una borrachera antológica en un concierto de unos Rolling Stones falsos).

Por cierto, que el Mick Jagger de pega ha tardado en calentarse y las primeras tres o cuatro canciones, la verdad, han hecho que echáramos de menos a los teloneros.

Para colmo, el Mick Jagger de pega iba acompañado de una groupie perteneciente a ese tipo de señoras que ya no cumplen cincuenta pero que van vestidas como si fueran a cumplir pasado mañana los veinte. O sea, taconazos, pantalones de pitillo, uñazas, etc. La dicha señora, mientras que su clon de Mick Jagger no hacía más que poner posturitas, no cesaba de fotografiarle con un telefonino. El amor y el fanerío son ciegos.

Mi compañía y yo, antes de que que la fiesta iniciara una cuesta abajo que no queríamos presenciar, nos hemos ido en todo lo alto. Un cuarto de hora más y quizá no hubiera podido escribirse este artículo que se publica en la frontera de dos días.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.