Harakiri

Un cuerpo contenía un personaje real y un personaje de ficción. El de ficción ha decidido hoy suicidarse públicamente.

1 de Octubre.- Hoy hace 44 años que Francisco Franco, dictador debido al dudoso sentido del humor (eso que llaman la gracia) de Dios, hizo su última aparición pública.

Era un anciano amojamado al que la voz apenas le salía del cuerpo y que luchaba por contener los temblores de su Parkinson. La censura, aún en vigor en aquella época, no permitió que llegaran a los medios de comunicación (bueno, a la única televisión que había entonces) imagenes de un tirano con tantos desperfectos. Yo me imagino a mi madre embarazadísma de mí en aquellos momentos, acariciándose la barriga y mirando la televisión y pensando en cómo sería aquello de tener su primer parto (parece que, dadas las circunstancias, el alumbramiento, que tuvo lugar una semana más tarde, fue bastante fácil sobre todo teniendo en cuenta que la parturienta era primeriza).

Para mí, ha sido inevitable comparar las dos imágenes, la de Franco, hecho una marioneta de ventrílocuo, asomadito al balcón de la Plaza de Oriente y la de Heinz Christian Strache dando en un restaurante una conferencia de prensa que él mismo había convocado para hacerse públicamente el harakiri (político).

Visiblemente desmejorado, con profundas ojeras, Strache ha comparecido ante los medios para que el mundo se entere de que dimite de cualquier responsabilidad política (no tiene ninguna, pero bueno) y de que se retira también de la vida pública. Naturalmente, para darle un tinte algo honroso a la cuestión, él ha querido pintarlo todo como un sacrificio, el último acto de amor, a costa de evitar más males que se le pudieran achacar.

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Fríamente, su sucesor ha hecho saber a los medios que se daba por enterado de la decisión de Strache. La ruptura, que era privada y solo se había mantenido oculta para preservar las apariencias, ya es pública.

A mí, personalmente, me ha dado un poco de penilla, porque Strache debe de ser en estos momentos un ser humano roto hasta lo más profundo.

Es probable que lo que su mujer dijo el otro día por televisión sea verdad y que haya perdido lo que le daba sentido a su vida. También da pena porque, hasta cierto punto, Strache es un personaje tan de ficción como real. En realidad, es fácil verle como un personaje de ficción que, de vez en cuando, le deja su sitio a un hombre real y ese personaje de ficción ha sido, como villano, una figura muy eficaz. Como JR Ewing, como Angela Channing, como Gaston, como la Srta Rottenmeier. De hecho, probablemente sea la persona de la que más he hablado en Viena Directo.

Es más, uno tiene ahora la sensación de que lo que Strache haya podido tener de malvado ha sido hasta cierto punto tan inofensivo (por irreal) como las fechorías de Cruella de Vil o las de Pierre Nodoyuna y su perro Patán. Tanto tiempo haciendo el mal sin darse cuenta de que el mal, a la larga, pierde siempre.

Puede parecer raro, pero a uno siempre le ha parecido que Strache, como villano, no ha operado nunca sobre la misma realidad que compartimos usted y yo, quizá porque Strache, como personaje de ficción, solo ha seguido un impulso : la búsqueda de afecto y de aprobación. De manera que para Strache las cosas que hacía o que decía eran un poco como operaciones matemáticas, cosas abstractas, porque él no podía verlas en términos de su efecto en las personas del mundo real, sino que las veía calibradas en amor, en afecto, en aprobación. En calor. Porque el interior de un personaje de ficción, si no se llena con lo que los espectadores ponen en él, es un sitio frío y hueco.

Con todo esto, quiero decir también que me da mucho más miedo la maldad que se queda, la de sus sucesores, que sí que ha operado (y operará) en el mundo real, en cuanto le den oportunidad.

Bien viaje, Heinz.

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