Josef el austriaco

Las malas lenguas dicen que lo de mantener a gente encerrada en sitios se está convirtiendo en una tradición típicamente austriaca.

16 de Octubre.- Al principio, los parroquianos del local pensaron que el joven que les pedía ayuda era un drogadicto. Según parece, tenía el mismo aspecto que Robinson Crusoe cuando le salvaron de su isla. Con barba y con el pelo largo, la ropa que se le caía a trozos sobre el cuerpo. Cuando le prestaron más atención se dieron cuenta de que, aunque estaba algo confundido, estaba sobrio y más o menos en sus cabales.

Les explicó que llevaba una década viviendo en un sótano en una granja apartada, que la luz del sol era mala y que había huido.

Le preguntaron que si era miembro de una secta y el chico dijo que no sabía lo que era una secta.

Esta escena, que parece de ficción, es dolorosamente real. Se produjo en la localidad neerlandesa de Ruinerwold. El propietario del bar del pueblo, después de escuchar al chaval que se había aparecido en su local, llamó naturalmente a la policía, la cual fue conducida por el joven a una granja apartada, oculta entre una arboleda y separada doscientos metros del pueblo, en la que había vivido escondido durante una década, con otros cinco chicos más, bajo la autoridad de un vienés, llamado Josef, que les tenía presos mientras esperaba « el fin de los tiempos ».

La policía de los Países Bajos no ha dicho cómo se encuentran los chicos, pero ha puesto al vienés a buen recaudo. Por lo visto, el tal Josef no es el padre de los muchachos y se desconoce la relación que le unía a ellos. Según algunas fuentes, la madre de los chicos habría muerto antes de este tiempo de encierro. Parece ser también que se mantenían de lo que daba la granja, la cual contaba con un huerto y un par de animales (descontando, naturalmente, al tal Josef).

En Ruinerwold andan todavía flipándolo bastante a propósito de « Josef el austriaco » (le llamaban así porque su nacionalidad era de las pocas cosas que se sabían de él). El tipo parece ser que era bastante esquivo, y que se pasaba el día espantando a la gente que él creía que merodeaba por su granja. Parece ser que alguno de los chavales ni siquiera estaba registrado. O sea eran inexistentes a los ojos del Estado.

En cualquier caso, el aislamiento de los chavales no ha debido de ser total (por lo menos del mayor, el de 25) porque tenía perfil en varias redes sociales, entre ellas Facebook, en donde posteaba cosas a propósito del cambio climático, la huella de CO2 y otras cosas del estilo. También tenía una cuenta en Instagram, en donde sacaba fotos del pueblo (nocturnas, por aquello de que la luz del día era la perdición) aunque por lo visto también publicó una foto de sus hermanos de encierro posando en el huerto de la granja (esta vez a la luz del día).

Quién sabe, quizá por medio de internet tuvo posibilidad de comprobar que el mundo, en contra de todas las previsiones de su carcelero, no solo no se había terminado sino que sigue renqueando como hasta ahora (con tantos problemas como hay no parece muy correcto decir que goce de una salud espléndida).

El caso recuerda mucho al del canalla de Fritzl (en Amstetten, como recordarán mis lectores). Qué manía tiene aquí la gente de demostrarte que te quieren ecerrándote.

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