Si acabas de llegar a Austria

Dentro de poco más de un mes hará quince años que vivo en Austria ¿Qué me hubiera gustado que me dijeran antes de venir?

31 de Agosto.- Dentro de algo más de un mes hará quince años que aterricé en Austria para quedarme. Han pasado más de diez años, y la Austria de entonces no era la Austria de ahora (afortunadamente para unas cosas y desgraciadamente para otras). Entre las cosas afortunadas que han pasado en Austria, una que es inevitable porque es el curso de la Historia y no va a haber coronavirus que lo pare: este país es mucho más abierto al mundo de lo que era cuando yo llegué.

De resultas de esta apertura en Austria en general y en Viena en particular, hay más personas que no han nacido aquí pero que hacen su vida aquí.

Los inmigrantes estamos acostumbrados a recibir mensajes negativos y xenófobos (de los del lado de Mordor, ya saben mis lectores) hasta el punto de que los hemos interiorizado y nos parecen hasta casi normales.

Sin embargo, también es conveniente recordar que los que vivimos aquí de manera estable podemos convertir nuestro bagaje migratorio en una gran oportunidad (y no solo laboralmente hablando). He aquí algunos consejos extraidos, si me permiten mis lectores, de mi propia experiencia personal al respecto:

-El primero que se me ocurre es no tratar de ser lo que uno no es. O sea, que la integración debe significar poder disfrutar de lo mejor de los dos mundos. Es decir, integrarse es intercambiar: lo chulo que nosotros traemos en la mochila y lo chulo que el país nos ofrece.

Esto no quiere decir renunciar en ningún caso a lo que uno es y, es más, si uno quiere convertir lo que uno trae en algo valioso, hay que hacer precisamente eso: ponerlo en valor. Delante de la pareja, delante de nuestra familia política, delante de los propios austriacos por la calle. En mi caso, por ejemplo, yo sé que tengo mucho acento hablando alemán y que la gente me nota inmediatamente que no soy de aquí pero, lejos de avergonzarme, me parece que este acento peculiar es parte de mi identidad y que sería absolutamente ridículo si intentara disimularlo lo cual nos lleva

-Al punto número dos que es el de presentarse a uno mismo bajo el prisma favorecedor del sentido del humor. Hay que reirse de uno mismo y hacer chistes sobre cómo somos y sobre los choques culturales que, inevitablemente, se producen. Es la única ocasión, por cierto, en la que es admisible abusar de los tópicos ¿Que nos gusta el aceite de oliva? Pues nos gusta, qué vamos a hacerle ¿Que hablamos raro? Pues hablamos raro.

-El tercer punto que se me ocurre es que, vivir en un país que no es el tuyo es un acto de amor. Y el amor se demuestra, sobre todo, cuando te apetece saber todo lo que puedas del sitio dónde estás. Lo mismo que cuando uno está enamorado de una persona a uno le asalta una curiosidad que es una sed inagotable y uno encuentra pepitas de oro hasta en las informaciones más nimias sobre esa persona a la que quiere.

Vivir en otro país, Austria, en este caso, es convertirse en un cristal. Dejar que la luz del país al que llega le atraviese a uno sin oponerle el obstáculo de los prejuicios. Hacerse preguntas, tratar de contestarlas. No juzgar. O, por lo menos, que ese juicio no se convierta en un tratar de convertir Austria no en lo que es, sino en lo que nosotros queremos que sea. Aceptar la tierra en la que uno vive con el cariño que un padre acepta a su hijo.

Y, como cantaban las viudas de La Corte de Faraón, con estas sencillas nociones de moral que te damos aquí, tú verás como te las compones para ser en Austria feliz.

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