El último canto de María la (ex)gordi

17 de Septiembre.- Ayer hizo treinta años que murió Maria Callas, la soprano griega que fue pionera en llevar la ópera a las masas, mediante el procedimiento de llevarse a sí misma a la prensa del corazón. Es un tópico decirlo pero a estas horas ya no se me ocurre mejor manera: la propia vida de Maria Callas dio, en sí misma, para el argumento de varias óperas.
La chica gordita y miope que sale, a empujones de su madre (la clásica madre de artista) de Grecia; una madre que, friamente, diagnostica la situación de su hija y saca cuentas de que, gordita, no se va a comer un colín. La obliga a adelgazar hasta rebanar su peso por la mitad, a base de hacerla pasar hambre como una madrastra de cuento. En un año, la joven Maria pasa de ser una becerrilla saludable de ojos algo idos y tobillos hinchadetes, al huso con cara de pescadilla sorprendida que todos conocemos. A partir de ahí, su ascenso es imparable. Otras tienen mejor voz que ella, pero nadie como la Callas transmite el sentimiento trágico, el weltschmertz que dicen los germanos; y que no es otra cosa que le dominio de la pausa. Aún en las antiguas grabaciones, llenas de carrasperas analógicas, por encima de la manera anticuada de interpretar de sus partenaires brilla, inconfundible, el talento de la Callas: la enorme capacidad de la Callas para transmitir verdad en un medio como la ópera que es, ante todo, artificio.
A decir verdad, el período dorado de María Callas apenas se extendió por una década gozosa para los amantes del Bellcantismo –período en el que Maria se especializó-. Una década de grabaciones inmensas y de alguna anécdota graciosa.
Aquí va una de ellas: como queda dicho más arriba, María Callas era una mujer rompetechosamente miope que, como todos los que llevamos gafas (y más antes de la aparición de las lentes de contacto) se veía obligada a salir al escenario sin prótesis que la ayudaran a ver mejor. Era famosa la rivalidad que la enfrentaba a otra soprano italiana (¿Renata Tebaldi? Escribo de memoria) cuyos celos de la Callas hacían que le entrara una mala leche capaz de agriar un yogur Bio de Danone. Cuentan que, una vez, la Tebaldi, dispuesta a aguarle un triunfo apoteósico a su contrincante, se compinchó con el regidor del teatro en el que actuaba para sustituir el ramo de rosas que la Callas recogía de la boca del escenario al final de la representación, por un manojo de crujientes apios. Entre los focos, los aplausos, los clamores, los bravos, la barahúnda, el aturullamiento, el telón se abrió, Callas se acercó al borde del escenario, hizo una reverencia de las que la habían hecho famosa en el mundo entero y, reclinándose graciosamente, recogió y acunó en sus brazos un espléndido manojo de verduras. En este punto la anécdota no es creible, pero dicen que no se dio cuenta de la sustitución hasta que el público prorrumpió en una sonora carcajada.
Ayer estuve disfrutando de la voz de la Callas –y de algunas otras- en el Santo Spirito, que es un local muy agradable en el que sólo ponen música clásica (cuando lo conoces por primera vez, sobre todo, si eres de Madrid, dices lo que Dorothy en “El mago de Oz”: Totó, me parece que ya no estamos en Kansas). Un sonido exquisito y un ambiente de taberna del siglo de oro (tabernero con coleta incluido). El mejor sitio para pasar una tarde-noche de domingo.
Y no llevo comisión.

Un comentario en «»

  • el septiembre 17, 2007 a las 9:30 pm
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    Has escrito “le dominio”, que queda muy francés y no tiene nada que ver con el weltschmertz. Lo de adelgazar 40 kilos en un año me sigue pareciendo increíble, ¿qué hizo? Si no hubiese sido una cantante famosa podría haber patentado su método de adelgazamiento y venderlo en la teletienda.

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