Taza de café (fuente: web de Eduscho)

El mundo de costumbre
Mas no podrá mi lengua /sus males referir, ni comprehendellos, /ni sin quedar sin mengua/ la mayor parte dellos, /aunque se vuelven lenguas mis cabellos.

21 de Septiembre.- A los vieneses les encanta el café. Como todo el mundo sabe, tienen multitud de variantes, a cual más sabrosa. En Austria, el café es una religión. En primer lugar, desde la presentación. Cuando uno pide un café en Austria –por lo menos en Viena- le ofrecen siempre una bandejita oval con la taza (limpísima), un vasito con agua fría para que se enjuague la boca, y una servilleta para que se enjugue los morretes. En Austria, tirarían el café a la cara del camarero si este, por ejemplo, le ofreciese a sus clientes una taza como la tradicional en los bares de España. Esa mediana con el churretón de café espeso cayendo por un lateral y, en casos extremos, inundando el platillo.
No hay que ser muy listo para suponer que los austríacos odian la cadena Starbucks. Porque les parece (y con razón) una estafa. Porque para cutrez (natural, no esa cutrez de decorador que lucen los americanos) ya tienen ellos una pila de sillas cojas en el café Havelka. Y para café, café, lo que se dice café…En fin.
Porque lo que venden en Starbucks, lectores que me leeis y sabéis que yo antes muerto que mentir, es aguachirri. Un liquidurrio flojucho que, por no poner, no pone ni nervioso.
Fruto de este amor por el café, tienen mucho éxito aquí dos cadenas pertenecientes a la misma empresa que son Tchibo y Eduscho. Dichos establecimientos combinan el placer de tomarse un buen café, con el de hacer unas comprillas.
Y es que en Austria, josmíos, son pijos hasta para poner tiendas de veinte duros. Porque Tchibo y Eduscho es lo que son, al fin y al cabo. Una vez a la semana, el surtido de Tchibo y de Eduscho cambia (de ahí su eslogan que viene a ser “un nuevo mundo cada semana”). Tienen una marca blanca que se llama TCM bajo la cual fabrican desde estupendos albornoces de rizo, hasta una ropa deportiva duradera y práctica.
Tiro de Wikipedia para averiguar que Tchibo nació en Hamburgo,en 1949, fruto de la inventiva de dos señores que atendían por Max Herz y Carl Tchilling-Hiryan. Formaron el nombre de la empresa uniendo las cuatro letras del apellido de Carl –suponemos que el socio capitalista- y las dos primeras de la palabra bohnen (así se llaman en alemán los granos del café). Su idea original era vender café por correo. Pero claro, antes de comprarlo, el cliente querría probarlo. Y así nacieron las cafeterías Tchibo (en Hamburgo, en 1955, nació la primera filial). Durante los setenta se produjo la expansión internacional de la empresa, y leo con sorpresa que hoy pertenecen al Holding Tchibo cosas que tienen tan poco que ver con la idea original como una marca de cigarros e, incluso, un banco, en colaboración con el cual Tchibo está metido en el negocio crediticio.
Eduscho fue fundada en 1924 en Bremen, por el señor Eduard Schopf y refundada poco después de la segunda guerra mundial. A partir de 1969 se instaló en Austria para gran contento de sus nacionales. Durante los ochenta y los noventa, Eduscho colaboró con diferentes panaderías pequeñas y, según la wikipedia que todo lo sabe, consiguió que se creara para su marca un espacio propio, siendo los pioneros de un concepto (primera noticia) que se llama shop-in-shop (la tienda dentro de la tienda). Pero la cosa no debió de ir tan bien, porque en 1997 la empresa Eduscho fue fagocitada, como queda dicho ya, por la marca Tchibo. Y ahora son un águila bicéfala (muy austríaco, como puede verse, aunque el origen de la cosa sea alemán).
Recién llegado yo aquí, hubo un gran escándalo relacionado con estas dos empresas y es que la ORF, en su afán desfacedor de entuertos, emitió un reportaje en el que se mostraba a niños de corta edad y obviamente en condiciones muy precarias de vida, fabricando los productos que los orondos consumidores del primer mundo compraban cada semana a troche y moche. Creo recordar que la fábrica infernal estaba en Bangladesh, que es uno de los países más pobres de la Tierra.
Como siempre sucede en estos casos, salieron a la palestra los seriecísimos representantes de las marcas en la picota para explicar que ellos no tenían ni idea de que se estuviera utilizando mano de obra infantil para esos menesteres. También acudieron a ese argumento tan cínico de que, en cualquier caso, ellos cumplían con las condiciones laborales vigentes en el país (no te jiba, de ahí los precios de risa) y que, en cualquier caso, ellos funcionaban siempre utilizando capataces de esclavos (digo, empresas, qué tonto estoy) subcontratadas. Aunque, por fortuna, cuando la opinión pública se les echó encima, decidieron que iban a aplicar unos estándares más duros y tratar a los obreros con estándares occidentales (por lo menos en lo referente a la edad).
Con lo cual quedó demostrado que lo de “Un nuevo mundo todas las semanas” no era verdad. En realidad era el mismo mundo de siempre. Todos los días.

3 comentarios en «»

  • el septiembre 21, 2007 a las 5:41 pm
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    En cierta ocasión, la multinacional en la que trabajé realizó una campaña publicitaria que incluía el regalo de un balón de fútbol, el cual se cosía en Bangladesh. Dicho trabajo lo hacían niñas de entre 10 y 12 años por un salario mensual de unas 300 ptas. Con ése importe podías pagar en España dos o tres cafés; por el contrario, para el depauperado país era una cantidad que permitía que muchas familias vivieran algo mejor. En España, el país más pacato del planeta, se desató una campaña contra los mencionados balones y la utilización de mano de obra infantil. Ante la presión y la mala prensa, mi empresa decidió rescindir el contrato con el fabricante. Después de la cancelación y debido a la falta de ventas, el propietario de la fábrica despidió a la mitad de la plantilla; aproximadamente 60 niñas. Unos meses más tarde, en una convención que se celebró en un hotel de lujo y que duró cinco días, coincidí con el responsable de la oficina parisina donde se había gestionado la firma del contrato. Algunos de nuestros clientes, que habían demostrado una extremada sensibilización social por el uso de mano de obra infantil, degustaron botellas de vino — pagadas por mi empresa, lógicamente— que tenían un precio superior a las 20.000 ptas. En un aparte que realizamos el que firmó el contrato y yo, me interesé por la resolución del acuerdo y las penalizaciones que se habían pactado: no existían penalizaciones y 40 de las niñas habían sido vendidas por sus familias para que trabajasen en burdeles de Bombay y Madrás. Tú lo has dicho: «el mismo mundo de siempre»; pero con botellas de 20.000 ptas sobre las mesas y todos ellos muy concienciados de la importancia de proteger a los niños del tercer mundo: desde el primero, claro.

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  • el septiembre 22, 2007 a las 12:55 pm
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    Hola! Gracias por tu comentario. En cuanto a países pacatos, creo que España debe de estar dentro de la media, sobre poco más o menos. Para mí, la moraleja de tu historia es que la realidad resulta siempre mucho más compleja de lo que parece y, a veces, las soluciones dictadas por las buenas intenciones tienen unos resultados desastrosos. Por un lado, resulta inaceptable que niños (o adultos) trabajen en condiciones tan lamentables. Pero, por otra parte, también resulta claro que aquellos que clamamos contra esa injusticia, a su vez, la estamos favoreciendo a base de comprar productos baratos. Todos estamos, en principio, en contra de lo mal distribuido que está el mundo pero, al mismo tiempo, mientras escribimos textos más o menos flamígeros y nos enorgullecemos de profesar determinadas opiniones que nos parecen las únicas decentes, vamos al mercado y compramos aquellos productos que nos hacen disfrutar del más por menos. Ante esta situación, resulta perentoria primero, una cura de humildad ante la gravedad y la profundidad de los problemas. Y, después de haber bajado a la tierra, la aplicación de dosis ingentes de imaginación para atajar las cosas que no nos gustan. Como el sistema de microcréditos, por ejemplo, que ayuda a las familias de los países más pobres a tener su propio negocio.Hay una película buenísima, un documental austríaco, por cierto, que se llama “We feed the world” que habla un poco de esto.

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