¿Que por qué?
Fácil.
Aunque hoy Melchor, Gaspar y Baltasar honran a los niños españoles con su visita, aquí han pasado las navidades. Así que ya tocaba cambiar la imagen de la bolita de navidad por otra más intemporal. Así que nada, mientras fregaba los platos (el lavavajillas ha cogido una enfermedad que esperemos que no sea incurable) me he puesto a trabajar mentalmente con el Corel. Tenía claro que quería tres cosas: a) colores ácidos, b) algo representativo de Viena y c) una foto en la que el flash se viera.
Ha costado encontrar por casa un objeto que cumpliese el requisito de ser representativo de la ciudad que me acoge. Suerte que, entre los cachivaches que hay por casa, había una corona de resina. Era un adorno de navidad, pero servía.
Tras montar el miniestudio fotográfico (un papel de seda para envolver me ha servido estupendamente de fondo) y pelearme con el programa de retoque de imágenes…Voilá.
También me había dado cuenta de que hacía mucho que no tocaba la lista de favoritos. Y aquí ha venido el hartazgo.
Después de quitar el desaparecido blog de Serge, he empezado a bucear por los favoritos de otros blogs esperando que la cadena de recomendaciones me llevase a alguna parte.
El resultado ha sido desolador.
E inquietante.
¿Será mi blog para las personas ajenas –me he preguntado- TAN SUMAMENTE COÑAZO como algunos de los que he encontrado?
¿Conseguiré hacer interesantes/graciosas/llámalo X mis neuras?
Porque me ha costado encontrar, como lo siento lo digo, algo interesante entre los marasmos de textos que me ha tocado leer.
Pobres lectores de las editoriales. Sufridos profesionales.
Tras dos horas (con El Señor de los Anillos de fondo, por cierto, que lo echaban por la tele) todo ha sido un contínuo desfile de treintañeros en plena crisis de posmodernidad, gafapastismo galopante y, sobre todo, una enorme afición a la masturbación mental. Yo te leo, tú me lees, y tiro porque me toca.
Y no sólo esto, sino la extrema planicie de las opiniones, la nula capacidad de perspectiva, la escasísima voluntad de originalidad (ese propósito que siempre hay que albergar, aunque a veces no se consiga) ¿Tan difícil es callarse cuando no se tiene nada que decir?
Y lo peor: ni a mí mismo se me escapa la inutilidad de este desahogo que, probablemente, cae en el defecto que estoy criticando: es muy probable que no le interese a casi nadie.

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